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    En la barca de Pedro por Mario Ortega

  • 26 FEB 2012
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  • En medio del desierto, el oasis de la caridad

    COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA. CICLO B

    1ª Lectura: Génesis 9, 8-15
    Dios dijo a Noé y a sus hijos: “Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganados y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.” Y Dios añadió: “Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive en vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.”

    Salmo 24: Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

    2ª Lectura: I Pedro 3, 18-22
    Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos --ocho personas-- se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo de bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro, que llegó al cielo, se le sometieron los ángeles, autoridades y poderes, y está a ala derecha de Dios.

    Evangelio: Marcos 1, 12- 15
    En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás, vivía entre alimañas y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creer en el Evangelio.”

    EN MEDIO DEL DESIERTO, EL OASIS DE LA CARIDAD

    Cuando uno viaja a la Tierra Santa y visita la ciudad de Jericó, cerca de la cual fue bautizado el Señor en el río Jordán, puede ver muy cerca el desierto montañoso al que Jesús se retiró después de que Juan le bautizara. Tal como relatan los Evangelistas.

    Pero más allá de esta localización geográfica, en el breve Evangelio de hoy – sólo cuatro versículos – descubrimos la característica esencial de nuestra vida. Nuestra vida aquí es un tiempo pasado en el desierto. Jesús, permaneciendo cuarenta días en soledad, rodeado de tentaciones, nos está mostrando la realidad de nuestra vida. La vida en este mundo es constante lucha y fatiga. Lucha contra el pecado, contra el mal que nos oprime; y fatiga al comprobar una y otra vez que los que quisiéramos ser todopoderosos y “todofelices” somos, en realidad, muy débiles y limitados.

    Jesús, que vino del Padre y al Padre ascenderá resucitado y victorioso, nos muestra, al asumir una vida mortal como la nuestra, que esta vida no es el Paraíso, por mucho que nosotros la adornemos y tratemos de olvidar nuestra frágil condición. El Paraíso terrenal lo poseyó la humanidad salida de las manos del Creador, hasta que el pecado acabó con él. Y el Paraíso definitivo lo podrá poseer la humanidad salida de las manos del Redentor, cuando el hombre venza al pecado. Pero la verdad es que mientras estamos en esta vida, estamos atravesando un desierto, como Jesús; rodeados, también como Jesús, de continuas tentaciones.

    La Cuaresma nos ayuda a vivir esta realidad de un modo nuevo; nos invita a pasar por la experiencia del desierto con esperanza. Es desierto, pero está Jesús. Hay tentación, pero la tentación la podemos vencer con Cristo. Se hace larga, pero la travesía por el desierto no es eterna; eterno sólo es Dios; y el Cielo, porque el Cielo es estar definitivamente con Dios.

    Se entienden así, tras el silencio de Jesús en el desierto, sus primeras palabras al salir de allí: “Convertíos y creed en el Evangelio”. Convertirse significa poner nuestra vida cara a Dios y no de espaldas a Dios; significa cambiar completamente los esquemas, porque a través de la experiencia de nuestra desértica vida, descubrimos la única fuente de agua viva que es Dios. Se nos abre una senda de amor, porque en Cristo, compañero de viaje, hermano y Maestro, recibimos el amor de Dios.

    El Evangelio es el camino de la esperanza para quienes atravesamos el desierto. El mundo nos ofrece falsas esperanzas, aguas que refrescan momentaneamente para luego tener más sed. La Cuaresma contiene, pues, un mensaje positivo: Nuestro fin es Dios. No el desierto, no el egoísmo, no la esclavitud de lo puramente material y pasajero.

    No hay mensaje más positivo y esperanzador que el saber que somos amados por Dios. Y que estamos llamados a compartir ese amor. Este es el camino de la conversión, de la Cuaresma. Por ello, el mensaje del Papa para este tiempo cuaresmal, ha sido dedicado este año a la caridad; “La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.”

    Emprendamos el camino de conversión personal, que es la senda del recibir el amor de Dios y de compartirlo con los demás. En medio del desierto, el oásis de la caridad.

    Con María.
     


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