- 14 ENE 2012
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- José Luis Martín Vigil, AMDG
La muerte le salió al encuentro hace casi un año, si bien no se han tenido noticias hasta ahora.
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Aquellos sanfermines del 36 le sorprendieron en Madrid, donde era estudiante de Ingeniería Naval, carrera que expresaba una frustración: no haber ingresado en la Armada por causa de sus dioptrías. La guerra, que hizo con fervor de cruzado, la vivió como una aventura. Allí aprendió a mandar -fue alferez de la Legión- y perdió el sentido fúnebre de la muerte: cada vez que volvía a casa de permiso, le anunciaban la exequias de un amigo; en tres años murió la mitad de sus compañeros de bachillerato.
En la guerra también aprendió a darle un sentido práctico a la Teología antes de cada combate: “Si muero, muero en gracia de Dios, con que ningún problema; y si no muero... ¡pues cojonudo!”. Y es probable que con este pensamiento en la cabeza -cuatro veces perforada por otras tantas intervenciones quirúrgicas- le saliera al encuentro la parca hace un año, aunque no se hayan tenido noticias hasta ahora.
Los que, ya al final, le visitaban en su apartamento del Retiro podían comprobar que la única vanidad con que entretenía la espera era comparar su desastre -derrame cerebral, parkinson, silla de ruedas- con el de Annual. Iba cuesta abajo en la rodada. Él, que había sido héroe de guerra, capitán de la juventud, cura de moda, escritor de best sellers...
Pronto probó las mieles del púlpito. A su misa de doce de los domingos iba el todo Salamanca. Allí se hizo amigo de Tierno Galván, de Ruiz Jiménez, de Dionisio Ridruejo... Hubo quien malpensó -dime con quién andas...- si no sería uno de esos curas rojos. Pero no era eso, no era eso. Era que no había hecho él una guerra de las Galias para que falangistas de primero de abril que nunca pisaron el frente se colgaran las medallas. Y que creía que otra España era posible.
Decía Martín Vigil que predicar sermones y escribir novelas son actividades que, por sí solas, dan para llenar la vida de un hombre, pero juntas pueden acabar con ella. Tuvo que elegir y eligió ser, temporada tras temporada, el autor que más ejemplares firmaba en la Feria del Libro. Quizá por eso los críticos apenas hablaban de él, salvo para caricaturizarle como “Curín Tellado”, como si le importara.
El ninguneo del mundillo literario nos priva del recurso fácil de decir que su nombre saltó, sin solución de continuidad, de las páginas de Cultura a las de Sucesos: el asalto a su casa por un comando de ultraderecha, cuando intermedió en la entrega de cinco grabados de Picasso robados por un raterillo al que oyó en confesión, la denuncia aquella de un menor por abusos sexuales (que siempre negó)...
Qué empeño algunos -Lamet, De Villena- en vendernos un desenlace amargo, con un José Luis abandonado por todos y añoranzas del Drugstore de la calle Velázquez. Y qué chasco cuando se enteren -y es testimonio de los que estuvieron a su lado hasta el final- de que murió con el sentido del humor intacto, hijo de la Iglesia y de la Compañía, confiado en la intercesión de María y guiñándole un ojo a Dios, su “compañero de piso”. Ad maiorem Dei gloriam.
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1 Comentario
Sus libros nos ayudaron a muchos jóvenes de los 70. Ahora,sólo una oración por su alma y ese testimonio de confianza en el Dios de la misericordia es lo importante. AMDG.
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