- 04 ENE 2010
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- ¿No habría algún modo de recibir a los divorciados a la comunión?
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Estoy seguro que este artículo me va a acarrear hasta lapidamientos. No lo entendáis como exigencia alguna, ni siquiera como reclamación. Yo estoy a lo que la Iglesia diga. Y en todos sus términos. Pero me encuentro, nos encontramos todos, con casos de personas que se sienten católicas y que por circunstancias diversísimas de la vida se hallan en un segundo matrimonio, civil por supuesto, viviendo el otro cónyuge y sin poder participar de la comunión. Enfrentándose además con graves preocupaciones de condenación eterna.
Me refiero a personas con fe, que en su día fueron culpables de la ruptura de su matrimonio o que se encontraron con ella sin comerlo ni beberlo, y que ahora han estabilizado su situación afectiva con otra persona y hasta en muchos casos con hijos de esa nueva situación. Y que verdaderamente quisieran vivirla en la Iglesia. Sin las restricciones de hoy.
Y ahora mi pregunta: ¿No sería posible un indulto que legalizara ante la Iglesia esa situación? No digo que un nuevo matrimonio sino una excepción que les permitiera a un tiempo una vida matrimonial sin gravar su conciencia y poder comulgar en misa.
Y eso en base a aquello de "por la dureza de vuestros corazones". O de algún otro pasaje que ahora no se me ocurre.
Por supuesto que se deberían exigir toda clase de garantías. Diez años, o veinte, de estabilidad en la nueva situación. Lo que se estime conveniente. Pero, ¿cabría ese camino? Si fuera posible muchísimas conciencias se aliviarían y serían felices por poder vivir católicamente.
El matrimonio contraído en su día es irrecomponible. Y romper la situación actual podríamos decir que también es imposible. Con amor y en no pocos casos hijos por medio. Y ya en edades abocadas a una tristísima soledad. Ya sé que cabe una convivencia como de hermanos que permitiría el acceso a la comunión. Pero sigo pensando que tal vez hubiera otro camino. Tal vez... La Iglesia es la que tiene que decirlo y repito que yo estaré con lo que diga.
Y ahora me coloco como San Esteban. A recibir las pedradas. En mi caso, que no en el de él, posiblemente muy merecidas.
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