- 10 FEB 2012
- 4comentarios
- Esta apartada orilla
El enamoramiento convierte al tipo más avinagrado en un paquete de golosinas.
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El amor es un sentimiento extraño. Todo el mundo está enamorado. Al menos, en algún momento de su vida. El amor se ha descrito como una mariposa que revolotea en el estómago –espeluznante imagen- , se ha querido confundir con el sexo, y se ha cantado de mil formas. Pero lo único cierto es que es tan largo como la vida, aunque no sea tan constante como el sol. Por el amor pasa el tiempo como las estaciones, del cálido verano al gélido invierno, renaciendo en alguna que otra primavera, y ahormándose al corazón serenamente entre los tonos dorados de cualquier otoño. Así se fragua. Así se gana. Así se lucha el amor.
Por influencia del arte, muchos confunden el amor con los primeros violines de lo que los cursis de antaño llamaban el flechazo. Pero el flechazo es al amor, lo que el ruido del chorrito de ron sobre los cubitos de hielo al cubata. Una premonición de felicidad, a lo sumo.
Se dice que el amor rejuvenece y es verdad. El enamoramiento convierte al tipo más avinagrado en un paquete de golosinas. Envía de nuevo al hombre maduro a la infancia, a esa extraña situación en la que cualquier estupidez es motivo de risa nerviosa. Por eso es aconsejable vivirlo con cierto pudor. Porque el enamorado deforma hasta tal punto la realidad que pierde el sentido del ridículo. Subirse a un cocotero para cantar Clavelitos puede resultar increíblemente divertido y romántico para el novio y la novia, pero constituye un acto estéticamente deplorable para el resto del mundo. Se mire por donde se mire. Sea cuál sea la pareja, uno contempla la escena, y desea inevitablemente una urgente ruptura: o la del noviazgo, o la de la rama del cocotero.
Se ha escrito que el enamorado vive en las nubes. Comenzado el idilio, tarda varios días en comunicarse con el resto de los mortales. Camina por la vida danzando con el aire, y se vuelve incluso capaz de canturrear en la redacción de un periódico, como Jack Lemmon en Primera plana. El enamorado guarda cada instante de soledad para traer a su memoria la imagen de su amada. Y olvida las cosas más básicas. Se le ve ausente. Y lo está. Hagan la prueba. Ofrézcanle un clavo ardiendo a un recién enamorado –“sostenga aquí un instante, por favor”- y en menos de dos minutos lo verán salir corriendo hacia el hospital más próximo, con la mano abrasada pero sin perder la sonrisa. Rumiando en su interior: “¡Verás cuando se lo cuente a mi alhelí!”.
Al mundo de la música se le da mejor el desamor. Tal vez porque lo que busca el oyente es complicidad en la soledad, y el enamoramiento es precisamente el estado más opuesto a la soledad. Los enamorados creen vivir rodeados de gente. Los objetos de casa cobran vida. El enamorado puede sorprenderse a sí mismo bailando en el salón, utilizando un paraguas como micrófono. Si tropieza y se parte la frente contra un espejo, no importa. Porque está enamorado. Nada puede con él, salvo su querida. Un simple gesto de desaprobación de su chica convierte al enamorado en un montón de ceniza. Basta un leve soplido del viento para ver sus sueños perderse entre la bruma de la ciudad.
El amor es siempre un lío. A veces, una perdición. Y otras, en las más felices ocasiones, una bendición para toda la vida. El amor es fruto del amor, y punto de partida para el amor. Los niños son amor. Los niños son amor. Hay que escribirlo dos veces, como mínimo, en este tiempo en que una parte de los novios creen que son felices paseando al perro al atardecer y esterilizándose. Las parejas que cierran la puerta a la vida, cierran el grifo al amor. Viven a medias y no lo saben. Nada más estúpido que tener la felicidad al alcance de los dedos y no querer alcanzarla.
Escribo esta semana del amor –seguro que lo han adivinado-, con motivo del próximo 13 de febrero, que como saben es San Benigno de Todi, un mártir que se dejó torturar hasta la muerte por amor a Cristo. Un enamorado de Cristo. Del 14 de febrero, ni me hablen. Cuando desaparezcan esos corazones rosas saltarines de los escaparates, se me pasen las náuseas, y los niveles de azúcar en sangre vuelvan a sus parámetros normales, volveremos sobre San Valentín, que es por cierto el santo más injustamente tratado por la tradición popular. Mientras tanto, que San Benigno de Todi nos proteja del mal gusto. Y que nos enseñe a amar tanto como los festejos comerciales del Día de los Enamorados nos enseñan a volvernos un poco más gilipollas.
Feliz día de San Benigno de Todi.
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4 Comentarios
Lo censurado con ********** lo pongo en lunfardo: taidio
Mira que fácil de resumir:
El que se enamora
no lo nota
pero, poco a poco
se vuelve *****.
-Lo bueno si breve, dos veces bueno-
Saludos, y ¡cuidado!
Vamos a ver el amor en està epoca ,digamos que es una combinaciòn entre la tristeza y la alegria es decir un mix de mala leche combinada con pasteles de Cupido que lanza sus flechas y algunas rebotan en la espalda de los enamorados.
España no està para tirar cohetes ni estamos en epoca de romanticismos y algunos salvo regalar las papeletas del paro con mucho amor , poco màs pueden hacer.
De facto el Corte Ingles se ha vuelto en un Everest social y escalarlo conlleva dejarse la piel a tiras, y claro ahora eso de enamorarse no toca ahora toca estar en la cola .. de paro...por supuesto
El 14 de febrero todo el mundo sabe, y cuando digo "todo el mundo" se entiende que me refiero a los que de verdad saben, se celebran San Cirilo y san Metodio, Patronos de Europa. San Cirilo inventó la escritura que en honor de su nombre se llama cirílica. ;)
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