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    Haciendo amigos por Itxu Díaz

  • 26 ENE 2012
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  • Corregir mata

    Mi teoría es que las faltas de ortografía y mecanografía en un texto son infinitas. Y que cuando logras llegar hasta el infinito y más allá limpiando errores, se reproducen.

    No creo que haya en el mundo entero una profesión más ingrata que la de corrector. Tediosa, rutinaria, carente de toda emoción. Desconozco los honorarios, pero confío en que, al menos, esté bien pagado; contando ya con que la mitad de los oficios de letras no están pagados, y la otra mitad salen carísimos, entre operaciones de hígado, lesiones de espalda, y antidepresivos varios.

    Miro a los ojos a un corrector y no vibro. Me recuerdan al clip animado que marcó una era en Microsoft Windows. Su labor silenciosa tal vez sea reconocida en el cielo de los clips –que no creo que exista-, pero en la tierra es ingrata y aburrida. ¿Alguien sabe de qué se reía ese maldito clip con cara de Bill Gates? No encuentro nada excitante en descubrir un 'echo' que debería llevar una enorme hache delante. Tampoco me atrae ese olfato afilado capaz de detectar la falta de un acento a cientos de miles de kilómetros. Aborrezco el olor del tippex, y todo lo que me gusta subrayar en rojo son las fechas de las largas vacaciones escolares en el calendario, para hacerme la ilusión de que algún día llegarán. Digo yo. Son varios años esperando. Pero no me malinterpreten: comprendo que haya clips correctores virtuales, y gente que se gana la vida corrigiendo textos. Su labor resulta imprescindible. Los autores deberíamos besar el suelo por donde pisan.

    Pero si corregir textos ajenos es un espanto, examinar los propios es una experiencia que conduce a la locura. Cierto es, también, que la mayoría de los que nos dedicamos al oficio de las teclas ya estamos mal de la sesera de origen, por lo que la demencia no supone una gran novedad en el camino. Estoy convencido de que leer y releer lo que uno mismo ha escrito es la primera causa de muerte entre los escritores y periodistas, después de la depresión post bancarrota, de la puñalada de colega a colega, y de la ingesta masiva de alcohol y pizza, mezclada con fármacos de colores.

    Nada más aburrido que corregir. Nada más angustiante que revisar lo propio. Nada más aterrador que leerse una y otra vez, buscándose defectos. Y lo que es peor: encontrándolos. Sólo una vanidad inconmensurable puede aliviar el dolor de inspeccionarse durante una tarde entera. Sólo una soberbia perfecta, trabajada y mimada durante décadas, puede hacer de la corrección de textos propios una tarea llevadera, sin desembocar en la orilla sin retroceso de la chifladura.

    Escribo esto porque he dedicado las últimas dos semanas a corregir el manuscrito de mi próximo libro. Se trataba de corregir sobre la corrección. Tengo la sensación de no haber hecho otra cosa desde marzo de 2010, cuando escribí las primeras líneas. Han sido noches de poca luz, cerveza fría y folios arrugados. Noches de tachones, anotaciones en rojo, y grandes exclamaciones. De dudas, abismos, y náuseas, al enfrentarse de nuevo en solitario a los mismos capítulos. La ironía mayúscula es el humor que invade el texto. Lo gracioso ya parece un pantano de arenas movedizas que te engulle poco a poco después de tantas relecturas. Pero al fin, ya está terminado; supongo. Porque no queda otra solución. Porque nunca está.

    Mi teoría es que las faltas de ortografía y mecanografía en un texto son infinitas. Y que cuando logras llegar hasta el infinito y más allá limpiando errores, se reproducen. Tal vez por esporas. Esto aún tengo que investigarlo. Por lo pronto, por si acaso los gazapos ortográficos fueran como los gremlins de la asquerosa película que tanto nos gustaba en los 80, esta tarde he sumergido el manuscrito en agua durante horas. El resultado, inmejorable. Ni una falta de ortografía. Se han desintegrado. El único problema es que tampoco encuentro el texto. Pero no desesperen los amigos. No descorchen aún sus botellas los enemigos. Mala prensa nunca muere. Aprendí de U2, de Bunbury, de Madonna y de otros tantos inocentes que olvidaron su ordenador portátil con sus próximos trabajos en la barra de un Starbucks, después de comerse en una tarde lo que el dueño de Megaupload es capaz de devorar en diez segundos. Aprendí de todos ellos. Y ahora llevo copias del original corregido hasta en el forro de la chaqueta. No me cogerán de nuevo con el tippex en la mano. No, no, no. Si he de corregir algo más en esta vida, que sea ya mi epitafio.

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  • TEMAS: correctoresescritoresLibroPeriodistas


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