- 20 ENE 2012
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La última vez que entré en uno de esos museos de Arte Moderno tuve que recorrerlo entero tres veces para encontrar una obra de arte.
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La última vez que entré en uno de esos museos de Arte Moderno tuve que recorrerlo entero tres veces para encontrar una obra de arte. Tras admirarla durante largo tiempo, fotografiarla, exaltar su increíble realismo, y analizar la expresión templada de su mirada, la obra de arte echó a andar y alcanzó el mostrador de entrada al museo. Recuperado del susto, seguí sus pasos y confirmé las peores sospechas. Era la azafata de Recepción. Belleza ibérica, tal vez, pero no, no era de escayola.
Comprometido con la causa de la vanguardia más extrema, volví sobre mis pasos y recorrí con la mirada cada esquina de cada sala, en busca de los secretos artísticos de tan distinguido lugar. Tengo corazón de artista, me dije. Sé de esto. No me rendiré hasta empaparme de este gran manjar de la cultura internacional, de esta fiesta de la innovación.
Al entrar en una de las salas, me detuve frente a un enjambre de cables que colgaban de un interruptor, en el centro de la pared. Lo tengo, murmuré. Acerqué la nariz, me deleité en cada uno de sus colores, en todas las trenzas de aquellos maravillosos hilos de cobre recubiertos de plástico, y comencé a analizar, en voz baja, el inteligente mensaje que me quería transmitir aquel artista. La vida corriente, pensé. No, demasiado simple. La importancia de tener buenos enchufes. No, demasiado zafio. El cableado, es decir, el enfado de un chino. No, no creo. Las trenzas de la sociedad conectada. Sí. El siglo XXI y sus diferentes destinos. Sí. Esto me suena mejor. Y así, en pleno éxtasis de interpretación artística, me sorprendió la visita del jefe de seguridad del museo.
- ¿Le ocurre algo? – preguntó, escrutándome de arriba abajo.
- No. – respondí extrañado.
- ¿Algún problema con los cables?
- ¡Cómo que con “los cables”! – exclamé indignado, tratando de defender la dignidad, el valor, y el honor de aquel artista ausente.
- Sí, los cables. Que deje en paz los cables. -interrupió- Que está prohibido tocar los cables. Que no toque los cables. Y que además, se va a electrocutar con los cables, se va a quedar pegado a los cables, y yo no voy a ser el guapo que lo separe de los cables, antes que se le pongan tiesas hasta las curvas de las arterias por tocar los cables.Dicho lo dicho, el responsable de seguridad se perdió por uno de los pasillos del museo, y al tiempo, un obrero se sentó junto a los cables, reposando su caja de herramientas, y comenzando a reparar aquel enchufe. Comprendí que había vuelto a errar el tiro artístico. Aquello tampoco era una obra de arte. No había voluntad del artista –supuse-, la clave del arte moderno. De hecho, no había ni artista. Sino un operario que, por cierto, estaba tocando los cables, y corría el riesgo de electrocutarse con los cables, y quedarse pegado a los cables.
Resignado, me lancé a recorrer de nuevo el recinto. Al fondo, esta vez sí, la gran obra esperada. El no va más. Por fin. Ante mis ojos, una preciosa puerta blanca hecha de madera y tela, con forma de arco, y miles de matices alrededor de su pomo envejecido, maravillosamente conseguido. Me acerqué a ella y admiré cada pequeño detalle. Elevé la vista desde lo más bajo, donde destacaban unas huellas negras de zapatos, hasta lo más alto, el arco, cumbre de toda perfección escultórica. Epigrama de la vanguardia. Cima de la inteligencia creativa. Curvatura de la insinuación. Beso de la sutileza. Metafórico. Inalterable al paso del tiempo. Solemne. Genial. Y sobre él, levantando la mirada, un letrero de fondo verde y gruesas letras blancas: “Aseos”.
Contrariado, acudí a la misma azafata que previamente había confundido con una escultura, para suplicarle su ayuda y consejo, para poder descubrir aquel tesoro oculto a mi torpe entendimiento. Y entonces, esta vez sí, me llevó a la sala estrella del recinto. Asomé la nariz, emocionado. Ante mis ojos, un conjunto de arte conceptual llamado “Nada”. Nada. Nada. Y en efecto, allí no había nada. Pero nade de nada. Nada. Ni los cables.
La joven azafata me miró, miró a la sala vacía, me miró de nuevo, se encogió de hombros y comentó, con enorme aburrimiento en su voz:
- Ya... No me diga.Y no le dije.
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TEMAS: Arte modernoMuseosVanguardia
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