- 04 FEB 2012
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- Un columnista haciendo el idiota en la MBFWM
Es la opinión de un profano sin complejos. Pero el mundo está lleno de profanos acomplejados que piensan exactamente lo mismo, pero no lo dicen.
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Menos mal que se han popularizado las siglas MBFWMadrid para referirse a la pasarela Cibeles de toda la vida. De lo contario, no me cabría nada más en este artículo que el interminable nombre de la feria. Transcurre estos días en Ifema y la contemplo con especial interés este año. Estoy en proceso de profundización en mis conocimientos sobre la materia. De momento ya he descubierto que lo que hay que mirar no es la chica, sino el vestido.
Me aconsejan en mis primeros pasos en la moda grandes analistas, como @_AbigailCampos, @estefaniac2t, @plcuntin, o @AnittaRuiz. Me apresuro a advertir que ellas no tienen la culpa de que yo perpetre esta crónica. Como alumno fiel, tomo nota concienzudamente de sus recomendaciones, y paso noches sin dormir viendo desfiles y más desfiles. Aprendo colores inexistentes, comparaciones imposibles, y descubro las diferencias entre ir bien maquillada o adornada, y los matices entre ir vestido o disfrazado. Delgada línea, en ocasiones. Algunos ejemplos:
- Vestido completo de cebra: disfraz.
- Media cabeza de cebra y nariz de oso: moda.
- Chaqueta y corbata: disfraz.
- Chaqueta y dieciséis corbatas sin anudar sobre camisa abierta: moda.
- Burbuja flotador con cara del Pato Donald: disfraz.
- Burbuja flotador sin cara del Pato Donald: moda.He seguido con atención el desfile de Aristocrazy. Guardo en la retina la imagen de una joven blanquísima, embutida en una tela negra, muy similar a las que vemos en los escaparates de las joyerías. El cuello, infinito, levemente inclinado, soportando el peso –supongo- de un grueso y lujoso correaje. Esas inmensas cadenas de oro tienen un extraño atractivo para mí. Tal vez mi subconsciente piensa en colgarlas en el salón para enseñárselas a las visitas, o en venderlas y comprar una gran línea de moda, para cerrarla. No sé. Pero no me quito de la cabeza la posibilidad de que la joven se desnuque con un simple tropezón. Un mal rato verla desfilar, sinceramente. Cada paso, un sofoco. Más apropiado, en cambio, me parece el collar de esa misma chica, que termina en un aro del tamaño de un melocotón. Bellísimo collar. Todo hay que decirlo.
He disfrutado más de la cuenta con el desfile de Miguel Palacio. Me refiero al de sus modelos. Un desfile que me ha permitido descubrir el color cognac. Después de descubrir el color cognac, me propuse descubrir el color vino. Y así, seguí la apuesta con el color cerveza, el color más cerveza, y el color mucha cerveza. Después pasé al color ron con coca cola, que ya lo conocía, pero estaba interesado en profundizar en sus sutiles matices. El resultado fue inmediato. Enamoramiento total. Flechazo. Me encantan los diseños de Miguel Palacio. Y eso que me crispa que haya que intuir los ojos de las modelos entre esos velos salpicados de lunares negros, que parecen la puerta de un mosquitero en pleno mes de agosto. Qué manera de aparcar la belleza natural a un segundo plano. Los diseñadores deberían saber que el noventa por ciento del éxito de su vestido está en una mirada bonita. De acuerdo, es la opinión de un profano sin complejos. Pero el mundo está lleno de profanos acomplejados que piensan exactamente lo mismo, pero no lo dicen. Prudencia: virtud de la que carezco.
Consumido el color gin tonic y ovacionados todos los modelitos de Palacio, me centré en el desfile de Hannibal Laguna, muy comentado por su negrura, por su lobreguez, y por su nocturnidad. Maravillosa colección de oscurísimos vestidos, sólo ensombrecida –o también- por esos labios negros. El problema de los diseñadores es que son diseñadores. De no serlo, vestirían genial a sus modelos. Veamos. Los labios negros asustan. Comen el espacio. Y parecen sacados de una película de terror. Cuando veo a una chica vestida de negro con los labios negros, me echo las manos al cuello, y salgo corriendo. Todas las películas de terror que he visto en mi vida me rodean y asedian ante la contemplación de una hermosa joven con negros labios. Es instintivo.
Seguir el desfile de Maya Hansen ha sido como ver una película de Disney para adultos. Algunos vestidos rozan el disfraz, y algunos disfraces rozan el vestido. Avanzo en las procelosas aguas de la moda descubriendo estos pequeños detalles. Todo diseñador que se precie debe saber poner la guinda distintiva a su trabajo, a menudo, estropeándolo, pero con estilo. Así, Hansen distingue a muchas de sus modelos con unas cejas que parecen inspiradas en el bigote de Anonymous. Consigue así que no nos fijemos en el resto del modelito. Al fin, la gran conclusión sobre su desfile es que todo era una gran mentira. Todo estaba destinado al colofón. Por eso, la que realmente aparece espléndida, sencilla y bellísima es la propia diseñadora al final de su pasarela. Viejo truco. Pero para ese viaje no necesitábamos alforjas, ni modelos imposibles con cejas bigotudas.
Lo mejor y lo peor que he visto hasta el momento en MBFWMadrid es obra de Teresa Helbig. Salvando algunas excentricidades que justifican –supongo- su presencia en Ifema, y alguna que otra obsesión, como vestir a sus chicas con botas estilo cowboy, de punta de ante en beige y en negro –según me informan mis expertas de cabecera en botas cowboy-, los vestidos de Helbig tienen la virtud de convertir a las mujeres en mujeres, algo que escasea en esta pasarela. Son chicas llenas de feminidad, de humanidad, de romanticismo, y de una cierta naturalidad, dentro de lo que permite un entorno obsesionado por lo artificial. He descubierto entre sus colores el magenta y el negro. El “rosa palo” me lo han tenido que chivar mis confidentes, y en cuanto al “estampado de pata de gallo” aún lo estoy buscando. Repaso una y otra vez el desfile y no lo encuentro. Pero sé qué está. Helbig no puede fallarme. Todos sabemos que Helbig no sería lo mismo si no incluyera un estampado de "pata de gallo" en algún punto de su desfile.
Ion Fiz me resulta inquietante. Por una parte me apasiona esa estética de aviador de los años 40 que imprime en las chicas. La elegancia de una azafata del siglo pasado, vestida de un gris precioso, que supongo que no se llamará “gris”. Y por otra, me aburren los excesos, la pasión por la asimetría, y la aparición en escena del quimono, que nunca debió salir del armario de los karatekas. Mención aparte merece el peinado de todas sus modelos, estilo Cornetto Express. Mencionado queda.
Concluyo acudiendo, ya un poco cansado, a la colección de Davidelfin, ante la insistencia de algunos expertos. Me dicen que es una de las mejores colecciones del diseñador en mucho tiempo. Y acudo –lo prometo- con buena disposición. Intento pasar por alto el hecho de que vista a los chicos con cremosas bermudas y bolso de mujer. Pienso que tal vez se cayó desde lo alto de un cocotero antes de preparar esta colección. No sé. Trato de disculparlo. Intento pasar por alto a una chica a la que disfraza de Lady Gaga en su versión doméstica, es decir, haciendo la compra de comida del mes en alguna boutique de Nueva York, de esas en las que el tendero saca brillo a las uvas cada mañana, una a una. Descubro que su gran idea es masculinizar la imagen de la mujer, y amanerar la del hombre. Y lloro de emoción pensando que esto tan original no se le había ocurrido a nadie antes. El siglo XXI tiene estas cosas. Medito sobre esta gansada hasta que aparece en escena Bimba Bosé. La presión me puede. Huyo despavorido. Cierro definitivamente su desfile.
Sin duda, lo mejor de Davidelfin son los ojos azules de una de las modelos. Pero no estoy seguro de que sean obra suya.
Cierro esta extensa crónica extenuado, agotado, superado por los acontecimientos, y parcialmente bizco. La buena noticia es que he descubierto en el tiempo de descuento el desfile de Juana Martín, que ha conquistado definitivamente mi corazón con sus modelos. Ya tengo diseñadora favorita. De nuevo alguien capaz de respetar la feminidad de la mujer y engalanarla con la belleza que merece la belleza. ¡Viva Juana Martín!
Asumo en la despedida las críticas que vendrán. Justas y merecidas. O no. Asumo especialmente los reproches de mis maestras en la materia. Y mi ignorancia queda de manifiesto en todo su esplendor. Nadie lo dude. Pero confieso, de corazón, que mi primera gran aproximación al mundo de la moda se salda con una sola conclusión en firme: sólo sé que no sé nada. Creo que la frase es de Bimba Bosé. Pero no estoy seguro.
Medito abandonar el periodismo y dedicarme a la moda. Lo medito mientras descubro las veinticinco tonalidades diferentes del color vino.
Sígame en Twitter en @itxudiaz
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