- 02 DIC 2009
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- La horterada de Laporta
No parece que Laporta se preocupe por los comentarios que pueda suscitar su patética fiestorra, más propia de un borrachín que del presidente de un club como el Barça.
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Escribo una Verdad indiscutible, aquí y en Chichicastenango: el presidente de un club como el Futbol Club Barcelona o Real Madrid -y cualquier jugador, por supuesto- es más conocido en el mundo que el 99% de nuestros políticos.
Hagan la prueba, si no me creen. Tomen un vuelo hacia Guatemala, por ejemplo, desplácense a Chichicastenango, paren al más humilde campesino que encuentren, pregúntenle quién es Zapatero y a continuación hagan lo propio con Laporta. Apuesto medio metro cuadrado de mi nariz a que su interlocutor ignorará por completo la identidad del primero pero acertará la del segundo. Es posible, incluso, que le discuta las jugadas polémicas del último clásico. Y no se extrañen si les entona las primeras estrofas del himno del Barça en perfecto catalán con acento quiché. O que venga de plantar frijoles o milpa vestido con la elástica blaugrana.
El Barça, desde luego, es más que un club. Lo mismo ocurre con el Madrid y, en menor medida, con Atlético, Sevilla, Betis, Valencia... Cualquier español que sale de su país se puede enorgullecer de compartir filiaciones deportivas con muchos aficionados de razas y nacionalidades tan distintas. Lo cual bastaría por sí solo para que los dirigentes de los clubes deportivos más conocidos del mundo se comportaran, en público y en privado, a la altura de dicha popularidad.
Las fotos que publica LA GACETA revelan que Laporta, ese perfecto desconocido en el planeta Tierra hasta su llegada a la cúpula blaugrana, no se preocupa mucho si abochorna al simpatizante de la nobilísima y centenaria institución que lidera. Por una pataleta ante el detector de metales de un aeropuerto, el mismo que a todos nos molesta, se quitó los pantalones y mostró sus calzoncillos al resto de los pasajeros, señoras y niños incluídos, lo que motivó la intervención de la Guardia Civil. Ahora, el reportaje gráfico de La Gaceta demuestra que el todavía presidente blaugrana no tiene reparos en exhibir su faceta de borrachín, patán, hooligan y, en definitiva, hortera. A Laporta le traen al fresco los comentarios que pueda suscitar, por su condición de presidente, su patética fiestorra tras resultado contra el Madrid. Ni que pueda exacerbar los ánimos de aquellos aficionados afines o del eterno rival que, cuando celebran, se comportan con mayor brusquedad que él. Si el presidente del Barça celebra así, ¿qué se supone que debemos esperar de un Ultra Sur o un Boixo Noi cuando brinde por sus victorias? A ningún culé, directivo o aficionado, se le puede privar de una celebración digna del triunfo cosechado el domingo. Pero tampoco a ningún presidente de una institución que respaldan cientos de millones de personas en todo el mundo -y repito esto de cientos de millones de personas- se le puede escapar que, al menos en público, existen palabras, gestos y comportamientos completamente inapropiados para la dignidad que emana del cargo que desempeña. Al igual que los jugadores, por mucho que se vean asistidos por la razón, el ambiente o los hechos, no deben insultar a los árbitros, realizar gestos obscenos contra el público rival o encararse con un entrenador, bajo pena de multa o sanción, tampoco el presidente del Fútbol Club Barcelona debe comportarse de cualquier manera cuando le rodean cámaras o extraños.
Pero esto a Laporta, perdón por la rima, no le importa. Como tampoco que a millones de culés les fastidie el uso espurio que hace de su imagen, agigantada gracias al Barça, para causas personales de carácter político ideológico, totalmente extrañas al deporte y a la inmensa mayoría de los seguidores culés, que ni siquiera viven en Cataluña o en España, sino en el mundo entero. Está visto que Laporta considera que el éxito, los títulos o el dinero le dan patente de corso. Lo mismo que un nuevo rico. Lo mismo que un hortera.
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