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  • 12 MAR 2010
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  • Espejismos de hielo

    31 años de vida y sólo 5 días de Antártida… ¿Suficiente para transformar a una persona y volverla del revés? No, pero admito que lo que he visto ha sido suficiente para darme cuenta de que una estancia más prolongada sí que podría producir algún cambio. Empiezas a encontrar cierto sentido a esas hazañas épicas de aquellos que dieron sus primeros pasos en este continente, (algún truco tenía que haber para atraer a tanto aventurero iluminado), antes de  venir no podía sino preguntarme el porqué de esos viajes imposibles, volver una y otra vez a una tierra que se confabula para ¡liquidarte! Hay muchos locos en la historia de la Antártida… Y ahora ya hay una más! Ahora lo sé, hemos pisado tierra de héroes.

    La vuelta a la normalidad se está haciendo poquito a poquito… Ya más descansados, nos hemos dedicado a pulular por Ushuaia para hacer distintos menesteres, el más interesante de todos ha sido la visita al CADIC (Centro Austral de Investigaciones Científicas), un curioso lugar! Es el punto de partida de muchos de los trabajos que se realizan en la Antártida, donde vi la oportunidad para preguntar acerca de las últimas noticias relacionadas con el continente helado: aumento de temperaturas, desprendimiento de glaciares del tamaño de países, subida del nivel del mar… ¿Qué está pasando? Aprendí dos lecciones (de las que ya había oído hablar, pero que en tierra ajena se interiorizan aún más): todo es relativo y hay que mirar más allá de los hechos puntuales. Sí, el calentamiento global es un hecho (lo que no tienen muy claro es hasta qué punto es determinante la “gentil” mano del hombre), pero, por ejemplo, en lo relativo al agua, hay otras cositas interesantes en las que poner el ojillo: no tanto en su temperatura o cantidad (también importantes), sino en la contaminación y reparto de la que nos queda.

    Más allá de estos encuentros científicos, nos hemos vuelto a convertir en turistas (no ha faltado la visita al Museo Marítimo, la antigua cárcel de Ushuaia)… Mmmm, no me gusta! Hubiera querido ser un poco más exploradora, pasar un poquito más de frío, hacer más equilibrios en las piedras para llegar hasta los nidos de escúas, dar un par de botes más en las zodiacs, subir otra colina de nieve, ponerme otra vez las botas para visitar una nueva base... Las fotos que ahora vemos nos parecen de otro mundo, espejismos. No han pasado ni dos días y las experiencias vividas empiezan a tener la consistencia del sueño, sin embargo, aunque las imágenes se desdibujen, queda una extraña sensación de alegría desconocida, de nueva energía, de espíritu de aventura!

    Mañana volvemos, voy a pasar el fin de semana en un avión… Pero antes de regresar, y de volver al mundo real, os dejo una pequeña reflexión dedicada al sonido… Creo que en la tierra existen ambientes extremos, totalmente vírgenes, donde el hombre sólo debería escuchar. Se me ocurren, por ejemplo, la selva, los desiertos, la cumbre de una montaña, una playa remota o el cráter de un volcán… La Antártida combina muchos de ellos al mismo tiempo. Sonidos irrepetibles que se completan con el sonido de trueno de los glaciares rompiéndose en algún lado. Cuando esto sucede, se produce una doble reacción: por un lado miras al horizonte y buscas el origen del sonido, por otro, el instinto te hace mirar irremediablemente al suelo que pisas, para ver si sigue allí... Si a esta sinfonía natural, profunda y primitiva, le añades el eco de los seres vivos que la habitan, su riqueza se multiplica. Las ballenas con sus soplidos espumosos, los bramidos incansables de los pingüinos, los cantos ahogados de las focas… Y lo mejor de todo, el silencio. Hay muchas razones por las que me gustaría volver, pero entre todas ellas hay una que me atrae especialmente, dicen que aquí se puede escuchar el silencio.


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