- 26 ENE 2012
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- Azafatología
Esta ramplona utilización de la mujer como reclamo comercial me parece intolerable. ¿Por qué llenar una exposición de coches y mujeres cuando se puede llenar únicamente de mujeres?
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Las puertas batientes del saloon se pliegan y aparece, recortada contra el polvoriento blancor del mediodía, una figura envuelta en sombra de la que sólo se destaca un centelleo argentino. Es la estrella de sheriff de Gallardón, que ha llegado a la ciudad y viene a imponer la ley. Pero como todos los periodistas de España –¡incluido su archienemigo Federico!– glosarán hoy el imponente advenimiento de un Wyatt Earp al Ministerio de Justicia, uno eligió cubrir la exposición que ha plantificado Volkswagen en la Plaza de Callao para celebrar el lanzamiento del último Beetle. Ya lo recomienda Forbes y lo corroboraría Strauss-Khan: hay que diversificar.
Uno además se sentía concernido por esta muestra en la medida en que es orgulloso propietario de un Volkswagen, un Polo rojo cuya letra dejé de pagar en diciembre de 2010, momento que solía emplear el español medio en decidir comprarse otro coche. Pero eso era antes de que tuviéramos que ir a merendar al Carrefour abriendo con disimulo las Matutano en los estantes. Yo asocio mi Polo a dos nociones tan justamente aplaudidas por los poetas como la libertad y el amor, y a otras como la anarquía no tan aplaudidas por los esbirros de Pere Navarro, quien probablemente no sea capaz de recitar un solo verso de memoria, puesta como tiene siempre la vista en el contador draculiano de los radares.
Al llegar a la carpa esperaba encontrarme dos cosas: coches relucientes y azafatas no menos luminosas apoyadas en los coches. Esta ramplona utilización de la mujer como reclamo comercial para vender vehículos –o galletas–, esta irrompible vinculación rijosa entre neumáticos de automóvil y azafatas neumáticas, este combo reincidente entre pibón y buga con que se apela al pantalón –con bolsillos incluidos– de las mentes más primarias me parece intolerable. ¿Por qué llenar una exposición de coches y mujeres cuando se puede llenar únicamente de mujeres, y si eso escaparnos después con ellas en transporte público, que es el preferido por mentes sensibilizadas con el ozono como la nuestra? Efectivamente, aquello se presentaba convenientemente adornado por media docena de esculturales odaliscas con una mano en la cintura y la otra en el capó. Como para mirar el capó, oigan. El de marketing sabía lo que se hacía, porque había colocado a la más despanzurrante apoyada en el último modelo: el que al fin y al cabo se trata de vender.
—Como ven, el último Beetle mantiene la silueta, que es la silueta de coche que dibujaría un niño —nos explicaba una de comunicación corporativa, aunque no era la del Beetle la silueta que mirábamos nosotros, que a su vez tampoco era la que debería dibujar un niño. Al menos un niño de los de antes.
La exposición, de montaje innegablemente vistoso, se remonta al primer modelo de Volkswagen Escarabajo –alumbrado en 1946– para luego trazar el correlato entre la historia de la segunda mitad del siglo XX –y la primera década del XXI– y los lanzamientos de la totémica marca alemana, sirviéndose de iconos gruesos para unir la línea de puntos como en los cuadernos infantiles: Mao, Marylin, Elvis, el hula hoop, Alí, Gento, los hippies de Woodstock, Martin Luther King, el Apolo 11, Lennon, la rueda dimisionaria de Nixon, Bill Gates y Steve Jobs, Travolta en Fiebre del sábado noche, Indiana Jones, Michael Jackson agitando el cementerio, el gol de Señor, el vuelo de Jordan, el niño de Tiananmen, la caída del Muro, el flechazo incendiario de Barcelona 92, Mandela, el puto euro, Los Simpsons, Obama e Iniesta. Todos estos nombres desfilaban cronológicamente por el vídeo promocional amenazando con constituirse en Bachillerato oficial de España; confiemos en que Wert no lo vea.Vuelvo la vista a las azafatas, que se aburren soberanamente sobre sus augustos tacones y se intercambian señas discretas como el sónar de los delfines, mientras siguen posando con resignación de objeto bello. La que mejor lo lleva es la mecánica espacial, a la que descubro un delicioso antojo en el tobillo, aunque la sonrisa más natural corresponde a la hippie del modelo 1963. La de 1952 exhibe un tedio oceánico, contrayendo los labios en un ademán irresistible de desprecio. Y ojo al gesto soñador de la soldado de 1971, gesto como de leer a Benedetti o de haber visitado recientemente La Masía.
Azafatas. Qué campo inagotable para la I+D.
(LA GACETA, 26-I-12)
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1 Comentario
Anónimo(No registrado)15:26 | 26 de enero, 2012
Hecha la pertinente consulta de azafatas buenas en una buena guíadeazafatas·dot·com, obsérvase que la exigencia más ceñida es portar un carácter de postín sobre tacones puntiagudos, nada peregrina anchura de andares y hasta el punto de poseer el exquisito gusto adquirido de amar el olor a caucho de goma neumática desprendido de rozamiento y rodadura al asfalto tendido supino, pero no se nos advierte del cambio sustancial que se produce en tan loma grupa cuando esas gomas se elevan y pléganse cual tren de aterrizaje, cruzan el charco a veinte mil pies de altitud y por efecto "jet lag", también conocido como descompensación horaria, disritmia circadiana o síndrome de los husos horarios, la auxiliar de vuelo o azafata se nos convierte en aeromoza volante bien identificada. Cosas inauditas del mecanismo bisagra evolucionado en oscilobatiente cano de segunda mano.
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