- 31 ENE 2012
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- Conjeturas sobre la fiebre
En el primer día, la tiritera se apodera de tu espina dorsal a ritmo de breakdance y los escalofríos te cruzan el cuerpo como las diagonales de Di María el césped del Bernabéu
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Va uno identificándose tanto con este folio que acaba por incurrir en situaciones canallescas y epatantes sin perseguirlas en absoluto, como en un reverso de la novela de Wilde donde el retrato degenerado de Dorian Gray que ven ustedes maquetado arriba de esta página, y que al principio poco se me parecía, hubiera terminado por superponérseme al milímetro, arrumbando en el desván al inocente muchacho primermundista y desodorado que he sido toda mi vida, según comprobarán ustedes en mi ficha policial. Pero la luna de Valencia me confundió el viernes y en la mañana del sábado llegué a Madrid como podía haber llegado a una casa clandestina de empeños de quincalla orgánica, afiebrado y macilento, tras haber perdido tres AVE consecutivos –con su centenar adicional de napos apoquinados–, humillado por la Policía que me negó el pordiosero alivio de tumbarme en un banco de la estación Joaquín Sorolla, y ya no sé si se puede caer más bajo sin llamar fascista al Supremo. Tiritaba tanto que me dolía la espalda del meneo y en cuanto llegué a casa me encamé a morir, si era voluntad del Señor, en la postura de un armadillo arrepentido.
En todo proceso febril cabe distinguir o establecer tres etapas básicas, correspondientes a grandes rasgos –y sin ánimo de ser exhaustivos, diría Vidal– a los tres primeros días de la enfermedad. En el primer día, la tiritera se apodera de tu espina dorsal a ritmo de breakdance y los escalofríos te cruzan el cuerpo como las diagonales de Di María el césped del Bernabéu. Es un temblor espídico que se comporta azarosamente respecto de tu voluntad y que haría bien en explotar alguna teletienda para vendernos el nuevo método natural de automusculación sin esfuerzo: pille 39 centígrados y verá cómo adelgaza, amigo. Solo nos queda retorcernos como una oruga procesionaria en la chimenea donde las quemaba mi madre cada marzo.
El segundo día viene dominado por el dolor de garganta: una aridez de cristales, un cuarteamiento bajo el buril del daño, una guturalidad cazallera a lo Almu Grandes que asusta a tus amigas e incluso a tu directora adjunta, que ya no se asusta de nada. Al tercer día, al fin, la garganta cede su protagonismo y te embarga un simple malestar general que dibuja una curva de intensidad descendiente sobre el eje de abscisas del sufrimiento, curva de altura simétrica a la línea ascendente de tres días atrás.
Eugenio D’Ors aprovechó una convalecencia para escribir su Oceanografía del tedio, pero uno no ha llegado ni a pergeñar un plan hidrológico del aburrimiento. Es cierto que el tiempo, bajo la fiebre, adquiere una cualidad zen que empuja a la composición de haikus y al deseo de pollo en salsa de ostras, pero quienes aseguran querernos nos confinaban policialmente en el menú de las lonchas de pavo con arroz hervido, aunque al final he comido lo que me ha dado la gana porque no sé hervir arroz, por supuesto.
Me he entregado al visionado de capítulos de The Wire, a la lectura de Curzio Malaparte y a la ingesta arbitraria de paracetamoles, y llegué a almacenar tanto paracetamol en mi organismo que trataba de miccionar en monodosis, para ahorrar. Creo haber conjurado la aparición de escaras, pero de vez en cuando me sacudían tales pinchazos en la espalda que me extrañaba –con ese modo alucinado de cavilar que da la fiebre– de que no culminara de una vez el proceso de mutación y me surgiera ya un par de hermosas alas de murciélago con las que poder ir planeando a la primera sesión de control de Rajoy en el Congreso. Causaría sensación. Pero lo único que parecía crecer a mayor velocidad de la normal eran las uñas, y yo las miraba orgulloso, como un licántropo en su primera luna llena.
—Hablamos de la fiebre del amor, de la fiebre de la gloria, de la fiebre del oro. Todas esas fiebres suponen un afán de lucha, de conquista, el sostenimiento de un estado de ambición noble o bastarda, mientras que la otra fiebre es vencimiento, renuncia momentánea a la acción, retirada de los ruedos donde habitualmente toreamos, y entrada en un mundo de dimisiones, en un limbo que, según sea nuestra suerte y carácter, puede ser una rara patria voluptuosa —nos dice Ruano.
Todo lo bueno se acaba, sin embargo, y pese a que mi mesilla aún parece una prueba pericial de la operación Puerto, mañana amaneceré irremediablemente sano, ruboroso incluso, apto para las fiebres voluntarias del hombre de acción.
(LA GACETA, 31-1-12)
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1 Comentario
Anónimo(No registrado)15:11 | 31 de enero, 2012
Bufanda, martillo, clavo y coñac y encamada de una semana, le oía decir al galeno su fórmula 1 anual para no traicionar los títulos anticuerpos del taller inmunitario a nivel basal. De todos modos, la culpa echémosla, ya no a zapatero que regoza tranquilo y feliz perdonando vidas candidatas, sino a la azafata de turno portavoz del pronóstico meteo-biótico, que nunca acierta ni a la de tres. Ave María prurísima.
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