- 04 FEB 2012
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- No queda sino batirse
Reverte habla conteniendo el fastidio que le produce que tengamos que oírle, y habla a la velocidad a la que conducía el Señor Lobo, atropellando anacolutos y dándose a la fuga, como Farruquito pero sin acento, porque el de Cartagena se lo dejó en Nicaragua o por ahí
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Supongo que nunca acude uno suficientemente prevenido a un coloquio literario con Arturo Pérez-Reverte, la libreta en la mano, el cinto prieto, las chirucas de suela hueca para la pastilla de cianuro y un tuit avisando de que llamaran a mi medio si no tuiteaba nada al cabo de dos horas. El auditorio de la Fundación March comparecía tan abarrotado que tuvieron que habilitar una suerte de sala de cine en el sótano para proyectar el duelo entre el periodista Sergio Vila-Sanjuán y el padre del capitán Alatriste, excepcionalmente ataviado con fina corbata negra por venir de la Real Academia, donde la corbata resulta tan protocolaria como los signos de puntuación.
De Reverte, a quien hay que reconocer un directo magnético, voto a bríos, lo primero que hay que destacar es el hermoso corte de su cráneo espartano, esa barbita seccionada a cartabón a lo Sean Connery y las comisuras de los ojos fruncidas como trincheras, con sus sacos terreros y todo, que si uno va a allí y se asoma puede encontrarse todavía a un esbirro de Milosevic escondidito. Amén de su mayestático porte nos reconcilia con el académico el tono y la prosodia de su conversación. Reverte habla conteniendo el fastidio que le produce que tengamos que oírle, y habla a la velocidad a la que conducía el Señor Lobo, atropellando anacolutos y dándose a la fuga, como Farruquito pero sin acento, porque el de Cartagena se lo dejó en Nicaragua o por ahí, entre una cajetilla de Celtas, una oreja humana y una cantimplora probablemente llena de su propia orina o bien de la de Chuck Norris. Uno ha aprendido en la vida a desconfiar de la gente que habla claro, despacio y entendiéndosele todo, porque eso trae causa casi siempre de un engranaje paquidérmico, una mente simple y aburrida. Hay casos en que no, como dirían en La vida de Brian, pero yo les aconsejo que se junten con la gente que encabalga subordinadas y digresiones porque si no son profundos, al menos serán oscuros, según pedía Eugenio D’Ors.
—El respeto de un enemigo es más valioso que el de un amigo —suelta Reverte, hablando de oscuridades, en la línea de Mario Puzzo.
Y en las dos horas que durará el coloquio sobrevendrán otras reverteces que –y esta es la clave– no me encajan en la postura del impostor que yo le tenía atribuida: el arquetipo del falso cabreado español. Este género tan nuestro se desenmascara rápido colocando al sospechoso en la tesitura de dirigirse a un público selecto en un marco suntuario perteneciente a una entidad indecentemente próspera: el impostor, indefectiblemente, caerá en la tentación de escucharse, de alargarse, de encenderse, de creerse alguien. Pérez-Reverte miraba el reloj con disimulo, y eso que el entrevistador se cuenta entre sus amigos personales.
Luego está el contenido, su reivindicación de la legitimidad de la literatura de evasión sin renunciar a ciertos mínimos culturales y estéticos, en persecución de su maestro Dumas. Mezclar a Galdós con Slaughter o Morris West, más o menos. Homero y Dostoievski con Tintín y la novela pulp.
—Yo no soy un artista. No intento cambiar la historia de la literatura en cada folio, no me siento transportado por la belleza del acto creador. Yo trato de hacer productos que funcionen.
Un escritor –levantarse a las 7.30 y escribir hasta las 15.00 todos los días– que habla así y que vende 15 millones de ejemplares merece mi respeto. (Dios nos libre de los escritores sin lectores, que son los que se enrolan en todas las causas bastardas para resarcirse, como Azaña). Si ha estado en más de un tiroteo y le han roto la cara en una veintena de burdeles de ciudades en guerra antes de cumplir 30 años, merece además mi atención. La prosa de Reverte será olvidada, pero él ha vivido, combinación muy superior a la de no vivir pero echártelas de Faulkner español sin ser otra cosa que Javier Marías, el hijo de su padre, como lo llamaba mi catedrático Antonio García Berrio.
—Yo detesto mucho este país, esta tierra ingrata vil y desgraciada —revertea Reverte para indignación de una acollarada pensionista que se revuelve a mi lado en la butaca—. No creo en la solidaridad humana, ni en las causas colectivas, solo en el héroe individual. Y hubo un tiempo en que no salvábamos a las focas y en que provocábamos guerras para poder saquear, y lo reconocíamos.
Y no ha dicho nada que no sea cierto. Lo que no comprobé es si se echó luego en mangas de camisa al cerogradismo siberiano de Madrid mientras murmuraba, mirándonos de reojo:
—Frío el que hacía en Mostar en el 93, nenazas.
(LA GACETA, 4-II-12)
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1 Comentario
Anónimo(No registrado)12:36 | 05 de febrero, 2012
A la cuestión, ¡alarma! si el relato carece de toda pretensión épica que no remedia la falta siquiera en prolegómenos por desajuste estricto a los cánones dramáticos elementales de héroe, culpa y catástrofe expiatoria, el autor se perfilaría bajo sospecha de confundir ficción y realidad, revirtiendo valor al falso triste vivo que al auténtico triste muerto, pero enterrado.
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