- 22 FEB 2012
- 0comentarios
- Una forma de hacer la compra
Alguien como yo, de natural espartano, acostumbrado a alimentarse de cosas que harían vomitar a una cabra, colocado frente al satinado brillante de tantos envases ofreciéndose en competitiva pasarela experimenta siempre la parálisis de sus órganos decisores
-
Le puede pasar a cualquiera. Un día abres la nevera y sólo te saludan los de siempre: un plátano ennegrecido de Canarias –como de la parte submarina de El Hierro– y una litrona demediada de Mahou que no te decides a tirar por pena, ni tampoco a beber, por si te gusta. Entonces caes en la cuenta de que te faltan víveres, de que necesitas avituallamiento, de que no resistirás muchos días más sin comer. De que hace más de un año que no vives con tu madre y eso te convierte en el responsable de tu propia nutrición. De que tienes que visitar urgentemente el Carrefour, Bustos.
Tardo unos minutos en cubrir todas las postas mentales de esta cadena semántica inexorable hasta extraer la vinculante consecuencia de echarme a la calle a hacer la compra del mes. Les voy a explicar a ustedes mi manera de hacer la compra del mes, que no tiene por qué ser, en principio, peor que otra cualquiera. Yo agarro la bolsa de deportes azul –la Adidas negra que me regaló mi ex novia la olvidé en el maletero de un taxi entre las 2 y las 3 de la madrugada, según le expliqué a la pasma, quizá con un deje de excitación en la voz–, me la cuelgo en bandolera y bajo por Alcalá hasta el cruce con Barquillo, donde se yergue, exuberante y preñado de amenazas como selva precolombina, el Carrefour Express.
El interior de un Carrefour es lo más parecido al ala grecorromana de los Museos Vaticanos, un coto de paganismo disoluto contra la morigeración que mandatan Merkel y De Guindos. El mismo cuerno de la abundancia se nos alarga en cómodas y tentadoras hileras de un manierismo exultante, simetría occidental y policromía bollywoodiense. Alguien como yo, de natural espartano, acostumbrado a alimentarse de cosas que harían vomitar a una cabra, colocado frente al satinado brillante de tantos envases ofreciéndose en competitiva pasarela experimenta siempre la parálisis de sus órganos decisores, atraviesa un verdadero tormento volitivo. ¿Kiwis o mandarinas? ¿Apostar por la línea continuista que representa el plátano o atreverse con la exótica pulpa de la chirimoya?
Y las uvas envasadas, ¿serán menos ricas en glucosa que las de los racimos que cuelgan rozagantes? Cuestiones de esta índole –y otras peores– se me plantean a cada paso en escolástica insoluble, y a veces tengo que sentarme en el suelo o pedir ayuda al encargado. Cuando logro reponerme, meto lo primero que tengo a mano y avanzo por el pasillo, ignorando la cámara siniestra de las verduras, hasta detenerme frente al módulo de las latas de conserva, que es como detenerse frente a tu mecánico más de fiar, ese que ni te pregunta si quieres la factura con IVA.
Cargo sardinas y sardinillas, berberechos y magro de cerdo, espárragos y mejillones, a veces incluso pimientos rellenos. Enfrente está el frigorífico de los fiambres: queso, pavo en lonchas, foie, salmón ahumado con mayonesa –uno de mis platos estrella– y, si tengo el día, compro también ibérico de bellota y un espetec que siempre acabo devorando a mordiscos como un salvaje. Mi momento preferido tiene lugar en la esquina de la charcutería, donde procuro demorarme sopesando bandejas de contramuslos de pollo para que me vea alguna soltera que coincida conmigo haciendo la compra y aprecie que sé freír el pollo perfectamente, sin vacilaciones de ningún tipo. Alguna vez me dejo llevar y echo a la cesta un par de doradas evisceradas; no las sé cocinar, pero cualquiera se sustrae al femenino embrujo que mana de su ciclópeo ojo de gelatina.
Claro que hasta ahora no he adquirido otra cosa que aperitivos: la base de mi pirámide dietética la obtengo en el último pasillo, con un movimiento fugaz y vergonzante, como se sacrifica a un perro infestado de garrapatas. A manotazos furtivos y deshonrosos atiborro la cesta hasta el desborde con paquetes de comida precocinada: macarrones boloñesa, pollo en salsa con arroz, ensalada de pasta, filetes rusos con guarnición... Luego lo cubro todo con sacas de pan de molde sin corteza y afronto los ojos policiales de la cajera dominicana, que me ve descargar todo en la cinta y me suelta:
—Soltero, ¿eh?
Pago aquello como quien retribuye a un sicario exitoso y dispongo la manduca en mi bolsa azul, que luce reventona, no menos de 20 kilos a plomo sobre el hombro. Camino entonces cinco manzanas hasta mi piso penosamente encorvado, cambiándome cada poco el muerto de hombro, rehuyendo la mirada a la conmiseración de los viandantes que al cruzarse conmigo se preguntan por qué cojones no me caso, o al menos por qué no contrato el servicio a domicilio.
(LA GACETA, 22-II-12)
-
Tweet
TEMAS:
Para comentar debes registrarte
Si quieres entrar en el debate debes estar registrado en nuestra comunidad.
Si ya lo estás, debes iniciar sesión.
Si aún no lo estás, regístrate aquí.
Recuerda que tu comentario puede ser votado por el resto de los usuarios que estén registrados.
Revisa nuestras normas de conducta si no quieres que tu comentario sea moderado. Acceder al manual.
Sepa más sobre nuestra política.