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    ¡A los molinos! por Jorge Bustos

  • 01 FEB 2012
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  • ¿Usted no saca libro sobre la crisis?

    Un libro sobre la salida de España de la crisis no es exactamente un libro sino ya un género. Se han publicado tantas recetas anticrisis que uno sospecha que los autores son los mismos que hundieron Lehman Brothers solo para vender libros

    El Hotel de Las Letras de la Gran Vía madrileña es un establecimiento idóneo para presentar libros o para impresionar a una doctoranda que esté haciendo la tesis en Literatura Hispanoamericana. Ayer no encontré a mano a ninguna estudiante desvelada por Leopoldo Lugones, así que la razón de mi presencia en el Hotel de Las Letras tuvo que fundarse, por fuerza y por desgracia, en la presentación de un libro. El encanto del lugar se debe no sólo a las citas de Cortázar y Rulfo que engalanan las paredes, o a la compatibilidad desconcertante entre un spa y una biblioteca, o a la grata mezcla de vestigio señorial e interiorismo de vanguardia, sino principalmente a la ausencia visible de clientela. Un hotel sin huéspedes resulta siempre mucho más acogedor y confortable, evidentemente, que uno atestado de viejos playboys adinerados que temen pasar desapercibidos y parejas de adúlteros que temen no pasarlo lo suficiente.

    Uno fue allí a la presentación de un libro sobre la salida de España de la crisis, lo cual no es exactamente un libro, sino ya un género. En los cuatro años que dura esta contracción general del bolsillo se han publicado tantas recetas contra la crisis –la internacional y la endémica, con sus intertextualidades excusables y un fascículo de regalo sobre la sociedad civil– que uno sospecha que los autores son los mismos que hundieron Lehman Brothers sólo para vender libros, al contrario de lo que le sucedía a Flann O´Brien, cuya ópera prima –explicaba el genial irlandés– había disgustado tanto a Hitler que este se vio obligado a declarar la II Guerra Mundial para perjudicar la difusión de la novela.

    El autor del libro que se presentaba, Eduardo Serra, es un hombre seguramente bienintencionado y con un currículo admirable, incluyendo la cartera de Defensa, la presidencia de una porción del Ibex y hasta de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, cosa mucho más seria que la publicación de libros sobre la crisis. A decir verdad, uno acudía mayormente atraído por el telonero que anunciaba la nota de prensa, que no era otro que Don Concha, que es como Umbral llamaba al nuevo director del Instituto Cervantes. Pero Don Concha se excusaría en la defensa del español –a botepronto no es mala excusa para, por ejemplo, hacerte perdonar unos cuernos con una sudamericana: “Pero cariño, estaba defendiendo la universalidad del español...”–, porque allí no apareció en ningún momento, negándome la posibilidad de preguntarle si pensaba contar con Juan Magan para la tarea ecuménica.

    Y entonces sobrevino la logomaquia del tópico invicto, el diletantismo del emprendedor en teoría, la canonización de la perogrullada en pelotas, la sintaxis escolar de coordinada y copulativa que contornea esa burbuja seudoacadémica denominada management, esas homilías secularizadas en las páginas salmón destinadas a los tontos que han hecho dinero merced a no despegar en diez años la vista de un Excel y que, claro, al elevarla y topar con dos sentencias sonrosadas de galleta china, ponen los ojos como bolitas de alcanfor, mientras el gurú se lleva su queso. Aplicado a la macroeconomía, el género reza así, según fui anotando:

    —Estamos en un impasse del que hay que salir.
    —La palabra del futuro es concordia. Saldremos mejor de la crisis en concordia que en discordia.
    —El único centro de gravedad de un país moderno son sus ciudadanos. O cambiamos todos o no cambiaremos el país.
    —Nuestra democracia es muy joven y debemos pasar a un estadio de madurez.
    —Gramaticalmente, el enemigo del consenso es el disenso. Ontológicamente...
    —La discrepancia es esencial, pero hay que potenciar lo que nos une, que es más que lo que nos separa.
    —En todo pacto, si ninguno cede, nunca se llega al acuerdo.
    —Si los políticos son los representantes, la sociedad civil serían los representados. ¿Objetivo de la sociedad civil? Las cuestiones de interés general.
    —La crisis ha generado una mayor dependencia de ayudas económicas.
    —La crisis es una buena oportunidad.

    Y el conferenciante, luego de alentar a los parados con este programa, se marcha al cercano Museo Chicote porque es la hora del vermú y del descanso del guerrero.

    (LA GACETA, 1-II-12)


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