- 06 FEB 2012
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- Las tristes aventuras del Buscón don Pablos, contadas por don Francisco de Quevedo
Pícaros y buscones pertenecen a todas las épocas y países. Unos tienen mejor suerte que otros; pero casi siempre es mala.
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Como dice otro personaje de Quevedo, evocando, culto, anécdotas de los antiguos, al que roba poco lo llaman ladrón y lo meten en la cárcel, y al que roba imperios lo coronan.
El Buscón, una de las obras fundamentales de la novela picaresca, es un relato de la vida del pícaro don Pablos desde su infancia a una proyectada fuga a Indias con que termina la obra. Entre estos dos polos se sitúa una serie de aventuras, casi siempre catastróficas para el personaje, que fracasa en su búsqueda de medro económico y social, y cuyos fingimientos de nobleza son desenmascarados sin cesar.
¿Qué fortuna cabe esperar para este hijo de ladrón y hechicera, cuyo padre es ahorcado por un tío que desempeña el oficio de verdugo? El desgraciado Pablos, cuya suerte está determinada por su genealogía y condición social, solo conoce humillaciones mientras camina del hambre en el pupilaje del dómine Cabra a las burlas en la Universidad de Alcalá, y de la vida buscona con la cofradía de los bribones que viven en la corte de milagro, a la frustrada boda con una damisela a quien ha mentido una hidalguía falsa, desenmascarada por su antiguo amo don Diego.
El Buscón es un relato de suma crueldad, de un humor negro y violento sin resquicios, no apto para sensibilidades dispépticas. En una ocasión Pablos va a recoger la herencia de su padre, delincuente ahorcado por su propio hermano, que desempeña el infame oficio de verdugo. En un grotesco banquete que ofrece el verdugo a su sobrino y a varios amigos, comen unos pasteles de carne, a los que echan primero un responso por los difuntos que pueden haber usado en su fabricación (a los ajusticiados los hacían pedazos y los ponían por los caminos para escarmiento: sugiere el tío de Pablos que algunos de esos pedazos los han recogido los pasteleros para hacer sus pasteles). Un crítico francés, Peseux Richard, tomó este chiste brutal —pero chiste al fin y al cabo, dirigido contra los pasteleros de la época—, literalmente, y se escandalizó de las costumbres españolas de comerse en pasteles a los muertos... No era aquello la nouvelle cuisine…
Quevedo no simpatiza con Pablos, cuyos embustes denuncia con acidez. No solo los de Pablos: toda la galería de personajillos (venteros ladrones, hampones y rufianes, poetas locos, falsos nobles, timadores de todas las categorías) que asoman por estas páginas pertenecen a la misma clase de bergantes, y para su retrato emplea el escritor sus mejores armas idiomáticas. Recordemos el famoso dómine Cabra, el avariento que duerme de lado para no gastar las sábanas, en cuya casa empieza a estudiar Pablos, aún tierno:
Él era un clérigo cerbatana, largo solo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y escuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás...
El estilo de Quevedo en este libro es de un ingenio desbordado, extendido en una prodigiosa floración de juegos mentales y verbales nunca igualada en la literatura española, y que en su brillante pirotecnia burlesca produce sin remedio la risa. Es una risa como la que el propio Quevedo describe a propósito de otro libro suyo, La hora de todos y la Fortuna con seso, una risa como la que provocan las cosquillas, «que hace reír con enfado y desesperación».
Pero como todos los grandes libros El buscón puede ser leído de muchas maneras: revisión de un proceso mediante el cual un niño se convierte en un pícaro a través de su deshonra familiar, sus complejos y frustraciones; meditación moral en torno al pecado y al delito; defensa política del sistema aristocrático contra los ataques a los fraudes del linaje y de la clase; denuncia de la corrupción de la justicia, de las falsas apariencias, del poder del dinero, etc.
Para quien se acerque a la obra como lector de literatura (de primordial dimensión estética) sin duda brillará en primer lugar la portentosa exhibición verbal como obra de arte del lenguaje.
Aquí se halla:
El Buscón, edición de Fernando Cabo, Barcelona, Crítica.
El Buscón, edición de Ignacio Arellano, Madrid, Espasa Calpe.
El Buscón, edición de Victoriano Roncero, Madrid, Biblioteca Nueva.
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1 Comentario
Floritura del lenguaje, pero de regusto agridulce al finalizar su lectura. Por mi parte, prefiero el Estebanillo
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