- 19 SEP 2011
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- Política
- Dilma la incorruptible
La presidenta de Brasil, en apuros. Dilma Rousseff se enfrenta a su primera crisis seria. En el camino ha dejado cinco ministros y ha perdido el apoyo del Partido de la República. A cambio, cuenta con la sonrisa de todo aquel brasileño que quiere que los que ostentan el poder sean honrados.
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No lo tenía fácil. Dilma Rousseff era la primera mujer que alcanzaba la presidencia de Brasil. Y lo hacía tras ocho años de Lula da Silva, el sindicalista sin estudios que terminaba su mandato con un país menos probre, con más empleo, más importante, líder indiscutible de Latinoamérica y posicionado como la “B” del acrónimo BRIC, que aglutina a los cuatro principales gigantes emergentes del mundo. Pero la presidenta va superando la alargada sombra del ex presidente. También su falta de experiencia política. Rousseff, ex guerrilera, va de frente y convence.
La presidenta se remangó la camisa y se puso a trabajar nada más tomó el mando. Las políticas finales de un electoralista Lula y la persistente crisis de los países desarrollados están produciendo desequilibrios importantes en su economía, cuyos mayores consecuencias se sufren en forma de subida continuada de precios, pérdida de competitividad, estancamiento de su industria y apreciación de su moneda, el real, entra las divisas más sobrevaluadas del mundo. Junto a su ministro de Hacienda, el belicoso Guido Mantega, y el presidente del Banco Central, Alexandre Tombini, Rousseff diseña, anuncia y toma medidas para equilibrar los desajustes. No lo tiene fácil con la que está cayendo.
Guerra a la corrupción
Pero lo que nadie esperaba es que Rousseff, a diferencia del permisivo Lula, se enfrentara sin contemplaciones a la corrupción. En algo más de nueve meses ha perdido ya a cinco ministros, cuatro de ellos por esta causa. Primero fue su mano derecha y jefe de su Gabinete, Antonio Palocci, quien diseñara los inicios de la política económica del ex presidente Lula da Silva. Un mes más tarde, en julio, el que tuvo que abandonar el barco fue el ministro de Transportes, Alfredo Nascimento, quien tras destituir a sus más allegados presentaba su dimisión. Los muchos fraudes en las licitaciones necesarias para organizar el Mundial y las Olimpiadas terminaron con el ministerio casi al completo. Y por si fuera poco, provocó que uno de los partidos junto a los que gobierna Rousseff, el Partido de la República, saliera de la coalición del Gobierno. En agosto era Wagner Rossi, ministro de Agricultura. Y en septiembre, Pedro Novais, ministro de Turismo. Una dimisión que puede ocasionar más enfrentamientos en la frágil coalición que gobierna Brasil.
Pero pese a que en lo político esta lucha contra la corrupción no le está beneficiando en absoluto, Rousseff se está ganando el corazón de los brasileños, que le brindan una popularidad cercana a la de Lula y una simpatía creciente. Las iniciativas para apoyar la lucha de la presidenta se multiplican a lo largo y ancho del país. Una lucha de la que podrían aprender un gran número de dirigentes latinoamericanos, que no hacen nada por acabar con un problema que ataca a la raíz misma de sus jóvenes democracias.
En twitter: @luisor9
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TEMAS: PolíticaBrasilCorrupcióneconomÃalula da silvapaloccipopularidadRousseff
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