09:32 | 18 de diciembre, 2009
Etiquetas:
palma gámiz
Aquella mujer, de unos sesenta años, hipertensa y diabética, fue metida en tromba en la sala de urgencias del hospital. Los médicos de guardia lograron recuperarla de la parada cardio-respiratoria. Unos minutos antes la policía la había rescatado, inconsciente, en un supermercado cercano. La ciudad se encontraba bajo una de sus peores nevadas. El diagnóstico era a todas luces sombrío. Hemorragia intracerebral masiva. Coma grado IV. Electroencefalograma plano. Muerte cerebral. Irrecuperable. Después de cuarenta días de angustia y otras tantas noches en vela, la familia; desesperada y desesperanzada, consiguió la autorización del juez para que fuese desconectada del respirador que la mantenía con vida (?). Yo era entonces un médico residente en aquel hospital universitario de la ciudad de Montreal (Canadá). Pasaba mi entrenamiento rotatorio en Neurocirugía. Una dura experiencia.
Transcurrieron dieciocho agónicos minutos entre la desconexión del respirador y la parada cardíaca definitiva. Fueron los dieciocho minutos más biológicamente incomprensibles y más emocionalmente tensos de toda mi vida; llenos de angustia, de zozobra, de dudas. Cuando todo enmudeció, ninguno de los que intervinimos en aquella escena dijimos palabra alguna. En realidad, poco había que decir.
No hace mucho, un colega americano que trabajó en los servicios médicos de un penal me contaba que, a veces, los ajusticiados por inyección letal tardan hasta 20 o 25 minutos en alcanzar la tan deseada parada cardíaca. Nadie sabe qué sienten durante ese tiempo. Los venenos con los que se ceba la jeringa mortífera componen una explosiva mezcla de anestésicos barbitúricos (thiopentotal sódico), paralizantes musculares (bromuro de pancuronio), y cloruro de potasio que paraliza el corazón. En buena lógica, su acción letal debería de ser fulminante pero, en ocasiones, el momento final difiere mucho de lo esperado. No, desde luego que no; esta forma de ajusticiar no debe ser tan “humanitaria” como inicialmente la describieron.
En estos últimos tiempos se debate intensamente sobre la eutanasia tanto activa como pasiva, hasta se hacen películas sobrecogedoras sobre este asunto tan espinoso. Se están preparado leyes. Se crean comités. Se empieza a “concienciar” al ciudadano a través de mensajes sibilinos minuciosamente orquestados. Se está creando el necesario caldo de cultivo para que, llegado el momento, la propuesta se acepte de una manera, tan dolorosamente indolente y tan éticamente repugnante, como se ha hecho con la última ley del aborto.
No me hizo falta leer ni jurar ningún código hipocrático para comprender que el médico está sólo para preservar la vida y en los casos más desesperanzados para asistir al enfermo en su último tránsito procurándole una muerte digna y libre de sufrimientos, pero nunca para inducirla o precipitarla. Por eso; cuando veo y oigo a algunos compañeros de profesión, a políticos, a juristas, a filósofos, a sociólogos e incluso a estetas hablar con tanta superficialidad sobre este doloroso tema, sin que pueda remediarlo, se me viene a la cabeza aquella mujer canadiense a la que hubo que desconectar del respirador después de 40 días en coma depassé y pienso en el sufrimiento indescriptible de los más de mil ajusticiados por inyección letal, que no es sino una forma “justa y aceptable” de una eutanasia legal.
Hay que reflexionar desde el sosiego y la experiencia para evitar una toma de posición errónea y errática creyendo que con ello la sociedad se adapta a las exigencias por las que dicen, mintiendo, claman las mayorías. Nada posee el hombre tan valioso como la vida para que con ella se juegue, tan frívolamente, desde los cómodos escaños de un hemiciclo donde unos legisladores deciden sobre la vida y la muerte de sus votantes. Nos hemos convertido en uno de los países europeos con las más permisiva, amplia e injusta ley para el aborto en contra del nasciturus. Con esta ley Aído sobre el aborto en la que se permite que una menor se deshaga del feto sin el conocimiento paterno, se ha pisoteado una de las más antiguas leyes jamás escritas; la ley de la consanguinidad y la del derecho de los padres a la tutela de sus menores. Mucho me temo, además, que si las cosas no cambian, acabaremos por imitar a países como Suiza u Holanda donde el turismo de ocio ha ido perdiendo terreno en favor de un siniestro turismo eutanásico. Sería trágico que en Benidorm la música de “Los pajaritos” quedase ahogada por los cantos funerarios. Ojalá que más pronto que tarde nos entre a todos un poco de cordura. En ello nos va la vida.