- 16 JUN 2010
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- El ataque a Intereconomía, al pan de mis hijos y a su público
Quieren cerrar la empresa que me paga y eso me toca las narices, que ya es mucho tocar.
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Como tantos, yo vivo de lo que me pagan por mi trabajo. Les puedo demostrar con números y facturas que la mayor parte de mi sueldo no me fundo yo. Ni la santa de mi mujer. Se lo funden cuatro criaturas -así las quieren llamar, ¿no?- que comen, beben, visten, van al cole y además piden chuches los domingos y regalos de Reyes en Navidad. Hasta ahí, todo normal, como millones de españoles. Yo trato de explicarle todos los días a mis pequeñas termitas que estamos en crisis y que, como dice nuestro presidente del Gobierno, ha llegado el momento de la responsabilidad. Pero ellos me mandan, en su idioma, a hacer puñetas. Cuando tienen hambre, comen. Y si no les das de comer, me pueden morder a mí. Son como pirañas. Ahora estoy entendiendo por qué mi padre nos repetía tantas veces, a mí y a mis hermanos, aquello de... "¡mis nietos me vengarán!". Pues... ¡vaya que si lo hacen!
Sirva la introducción para que advertir a Bibiana Aído, al diputado Tardá, al ministro de Industria Sebastián, a la consejera Marina Geli y a sus falomaníacos colaboradores que, si pretenden cerrar Intereconomía -porque eso es lo que quieren al presentar todo tipo de querellas y escritos en el Congreso- este servidor se lo toma como agravio personal. Porque su propósito significa, en lo que a mí respecta directamente, que quieren quitarme el pan de mis hijos. Bien, pues se lo reitero: yo defiendo el pan de mis hijos como una pantera a sus cachorros. He trabajado ya en varias empresas, nacionales y extranjeras, y tengo capacidad para distinguir aciertos y errores individuales y colectivos. Los fallos de mi compañía no son los míos, lo sé, pero de sus aciertos, que tampoco son los míos en su totalidad, yo también me beneficio. Nadie me obliga a trabajar aquí ni nadie, fuera de sus responsables, me va a obligar a dejarlo por mucho que desee cerrar mi empresa. Ni Tardá, ni Sebastián ni mucho menos Bibiana Aído.
El Gato al Agua ha sido y es un acierto de la compañía en la que me gano el pan de mis hijos. El Gato al Agua funciona por el excelente trabajo de Antonio Jiménez, de su equipo, de la empresa que lo respalda, Intereconomía, y de sus excelentes colaboradores, entre ellos Eduardo García Serrano. Eso no me lo ha dicho nadie. Eso es obvio. Tan obvio, que lo saben hasta los diputados. Aprovechar un fallo cometido en El Gato, que no se puede ni siquiera comparar a las burradas que se escuchan a diario en todas las televisiones, y que además ha sido sobradamente lamentado, para incoar expedientes que sólo esconden el objetivo de cerrar la cadena que me paga, aparte de una actitud miserable y dictatorial, supone un ataque a la estabilidad de cientos de familias de bien. La mía, para más señas. Si los particulares no deben perder el sentido de la proporción, y deben disculparse cuando lo hacen, menos derecho tienen los Estados y sus instituciones y representantes, para miccionar fuera del tiesto.
Y aparte del pan de mis hijos, que en realidad es lo menos importante aunque para mí debe ser lo más, huelga decir que no se puede violentar la elección libérrima, legítima y legal de millones de personas -aumentan día a día, y quizá eso es lo que les fastidia- que conectan Intereconomía, simplemente, porque les gusta. No se extrañen que ellos, que en el fondo son los últimos dueños del cotarro, también se lo tomen como un agravio personal.
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