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  • 14 DIC 2009
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  • El castellano, la lengua de Guardiola

    Las declaraciones políticas de Guardiola interesarían mucho si no sirvieran para enroscarse la barretina, sino para fomentar la paz.

    El entrenador del Barça, gran profesional y seguramente mejor persona (a mí me lo parece), cometió un desliz. Engañó a los ucranianos y ofendió, quizá sin pretenderlo, a muchos de sus paisanos catalanes y españoles. Durante la rueda de prensa que siguió la semana pasada al partido de Kiev, Guardiola utilizó un bello idioma, el catalán, que el traductor del club anfitrión no pudo descifrar, porque al igual que el 99,9% de los traductores de clubes extranjeros, no tenía ni pajolera idea de catalán. Cuando la prensa ucraniana le preguntó por qué actuaba así, Guardiola respondió: "El catalán es nuestra lengua. Somos un país con una lengua propia. Y cuando salimos de Cataluña, los que la usamos, la hablamos". No debió referirse don Pep a las decenas de miles de catalanes castellanohablantes o a aquellos que, cuando trabajan en el extranjero, lo que tratan, ante todo, es de hacerse entender, ya sea en inglés, español u occitano, no de enroscarse más la barretina. Por educación y sentido común. Seny, que diuen a casa seva.

    La contestación, lejos de molestar, fue jaleada por muchos ucranianos, envueltos en un ambiente de nacionalismo anti-ruso, como ocurre con muchos periodistas catalanes que hacen el anti-españolismo un componente básico de su credo político.

    Pero los idiomas no surgieron como afirmación nacional. Las lenguas se crearon como necesidad del ser humano de cooperar entre sí. El idioma une a las personas: he ahí su grandeza y su verdadera utilidad. El catalán no precedió a la existencia de los catalanes, como es obvio, ni el nahuatl a los aztecas. En algunos territorios del mundo, como Cataluña o Paraguay, han coexistido por siglos dos códigos de comunicación. Lo que debe considerarse una fuente de riqueza cultural, los necios o los amigos de la discordia la emplean como arma arrojadiza o como instrumento de separación entre las gentes. Qué estupidez.

    Al margen del uso que le dé cada uno en su fuero íntimo, nadie que se exprese con tanta fluidez y con tanta frecuencia en varios idiomas debe cometer la necedad de negar en público su íntima unión con ellos. Y menos cuando, al hacerlo, contribuye a excitar pasiones que atentan contra la obligación de fomentar la paz en el deporte.


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