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  • 15 MAR 2010
  • 5comentarios
  • Política
    Del razonamiento nazi de Bono

    Causa verdadero espanto observar cómo personas de carne y hueso, cercanas a nosotros -al menos por su omnipresencia mediática-, se van progresivamente deshumanizando sin apenas percatarse de su propia deriva hacia el abismo moral. El presidente del Congreso, José Bono, se sigue proclamando cristiano -es decir, discípulo de Aquél que se dejó matar para salvar a todos- tras haber facilitado con su voto la ley que garantiza la muerte violenta de miles de personas cada año. Entre el "decir" y el "hacer" de Bono existe un abismo oceánico. Pero más asombroso de todo es que parece que no se da cuenta. O que no quiere darse cuenta. Su planteamiento resulta tan absurdo como que yo concluyera este artículo declarándome admirador de Bibiana Aído.

    Sin embargo, analizar sus comentarios me ayuda a comprender un enigma de la Historia, que en mayor o menor medida siempre ha intrigado a la Humanidad desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo fue posible algo tan terrible como el Holocausto? Me refiero al proceso moral que lo justificó. Estoy convencido de que algún día, no sé cuándo, los españoles se harán la misma pregunta con respecto al tema del aborto. Y en la búsqueda de respuestas se toparán con declaraciones como las de José Bono, que ha valorado como "un sacrificio" su voto afirmativo a la ley.

    El vericueto psicológico que describe este comentario se parece mucho al que leí acerca de aquellos guardianes alemanes, muchos de ellos anónimos, que observaban desde la ventanilla de las cámaras de gas cómo ancianos, mujeres y niños se doblaban hasta caer fulminados la acción letal del zyklon B. Aquellos esbirros de las SS, muchos de ellos jóvenes, podían soportar el terrible peso moral que debía de imprimir sobre sus conciencias la contemplación del crimen masivo haciendo un ejercicio de... auto-compasión. Sí, sí, lo que leen: de auto-compasión. Para explicarlo mejor: desviaban ¡hacia sí mismos! el natural sentimiento de piedad que les suscitaría la muchedumbre agonizante. De modo inconsciente, muchos de ellos razonaban así: "estamos obligados a soportar estos sacrificios para salvar a Europa de la decadencia bochevique y del imperio del sionismo". No debían de ser muchos los sicarios nazis que disfrutaban ejecutando prisioneros, pero sin embargo perseveraban en el terrible homicidio al entenderlo como "parte de su deber" para la construcción de la Gran Alemania. Pagaban el peaje en nombre de todos los alemanes a fin de obtener un bien superior no para ellos solos, sino también para "las generaciones futuras". El mismo Heinrich Himmler se horrorizó al presenciar los asesinatos masivos de campesinos eslavos tras la invasión de Rusia, y por eso impulsó las más "higiénicas" y silenciosas, amén de asesinas, cámaras de gas. La conferencia de Posen, en la que explicó su solución final al problema judío, está repleta de justificaciones análogas a las descritas.

    ¿No hace lo mismo Bono cuando argumenta que su voto a favor del exterminio de lo que él mismo reconoce como "ser independiente de la madre", ha salvado vidas? "No puedo negar sin mentirme que tengo la convicción de que en el seno materno se alberga una vida humana en formación que es digna de protección", llegó a escribir el "católico" presidente del Congreso no hace mucho en El País.

    Es un drama tan viejo como el hombre: quien no vive como piensa acaba pensando como vive. Y puede llegar a justificar lo injustificable. Sólo así se puede llegar a entender la ideología criminal de los Himmler, Eichmann, Heydrich... y las leyes inhumanas de los Bono, Aído o Zapatero. Nunca he sentido tan cerca de nosotros la ideología nazi como entre los politicos y empresarios abortistas.


  • TEMAS: Política


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