- 30 NOV 2009
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- Vomitivo, lo de Bono
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Recomiendo una detenida lectura del artículo que José Bono publicó en El País el pasado jueves sobre la nueva ley del aborto. Lo pueden encontrar en Internet. Nos caiga bien o mal el personaje, el cargo que ostenta, presidente del órgano que representa la soberanía nacional, obliga a prestarle cierta atención cuando se manifiesta en público sobre asuntos medulares para el futuro de un país. Y la consideración y los límites del derecho a la vida, sin duda lo son.
El artículo de marras no tiene desperdicio. Es en sí mismo un desperdicio, desde el punto de vista político, intelectual y no digamos ya desde el moral o religioso. Porque lo más sorprendente –o deplorable- de su argumento lo observamos en las piruetas retóricas que efectúa para justificar su condición de socialista –más bien de alto funcionario del politburó del PSOE- y de, válgame Dios, seguidor de Jesucristo.
Del texto de Bono se concluye que está obsesionado, por encima de la solidez de su argumentación o de la sinceridad de sus Fe, de su propia imagen personal. Pero hay momentos en la vida que obligan a definirse. A tomar partido y a asumir las consecuencias de la opción elegida. El trance del martirio, sufrido por tantos cristianos a lo largo de la Historia –también hoy- pervive como testimonio imperecedero de coherencia, que obliga a sus correligionarios a manifestar con hechos más que con palabras el contenido real, no aquel que políticamente les conviene, del credo que profesan, sobre todo cuando no exige el sacrificio supremo. Bono se sustrae de esta obligación de coherencia, pero a la vez se proclama heredero de quienes vertieron su sangre para que él pudiera, si quiera, saber quién fue Jesús y qué anunció.
Por sus hechos los conocemos. Y por los hechos sabemos que Bono, realmente, no es cristiano ni socialista. No es de Jesús ni de Pablo Iglesias. Tampoco de la política, noble actividad. Bono es de Bono. Ni frío ni caliente. Y por eso, como dice el Apocalipsis, al leer sus palabras dan ganas de vomitarlas de nuestra boca.
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