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Se cumplen tres años del triunfo de España en la Eurocopa de Suiza y Austria. El gol de Torres frente a Alemania supuso el cambio de mentalidad de una selección condenada a la derrota y enseñó el camino de los triunfos venideros.
El gran Pacho Maturana dijo un día que el fútbol es un reino mágico donde todo puede ocurrir. La magia, el azar, la suerte son características que se complementan dentro de un campo de juego, alternas y esquivas en la vida real, compañeras y amantes en el vasto mundo del fútbol. Dicen que para amar, necesitas ser amado. La selección, durante toda su historia, ha procurado querer la pelota, que no es más que el eje del fútbol (alrededor de ella fluye todo); pero la pelotita, celosa de su juego, siempre le dio la espalda... hasta un 29 de junio del 2008, ese día España se gustó y gustó, y lo más importante, logró seducir a los hados que le habían sido infieles todo este tiempo. Un 29 de junio de hace tres años, la selección ganaba la Eurocopa en el estadio Ernst Happel de Viena. [Revive el gol de Torres]
Las dudas atenazaban a un país que desconfiaba hasta de su sombra. Corría el año 2006 y Francia nos echaba del Mundial de Alemania. Hamburgo, ciudad portuaria, era testigo de nuestra derrota, otra más. El camino hacia la Eurocopa de Suiza y Austria fue tortuoso, plagado de baches y recovecos; más que un trayecto fue un peregrinaje hacia la nada más absoluta. Nadie creía en si mismo, la Federación recelaba del entrenador; los jugadores desconfiaban de sus cualidades; el país pensaba que era mejor no ir para no hacer el ridículo más absoluto; menos mal que el seleccionador no dudó, y con mano de hierro tomó la decisión más polémica de la historia reciente de España: Raúl, capitán y estandarte nacional, se quedaba fuera de la lista para la Eurocopa. Comenzaba, sin pretenderlo, la era post-raulista.
Locura en Innsbruck
La selección llegó al idílico Hotel Milderer Hof en Innsbruck (Austria). El entusiasmo local que recibió a la “Roja” era inversamente proporcional a lo que acontecía en España. Una repesca ante Noruega no era la mejor carta de presentación para una selección que no había superado unos cuartos de final en su historia (en la de Francia de 1984 se pasaba directamente a semifinales). El azar siempre le fue esquivo, y esta vez ¿qué podría suceder para que no fuera así?
La costumbre adormilece al pueblo. No hay peor receta para el hastío que la rutina de la derrota. En la fase de grupos ante Rusia, Suecia y Grecia la selección demostró que el mejor antídoto es el buen juego, la apuesta futbolística de España sorpendió a todos. Como los Hunos de Atila, la “Roja” fue aplastando uno por uno a sus rivales. Ante Rusia 4-1 para empezar; con Suecia se sufrió más de lo normal pero Villa con un gol en el último minuto hizo que muchos españoles tuviesen la garganta afónica al día siguiente; el partido ante Grecia fue un trámite que mostró a Guiza como perfecto escudero de Villa y Torres. El Tiki-Taka fue el mejor antídoto de los de Luis Aragonés. En el fútbol se pasa de la indolencia al optimismo en 90 minutos, es lo más parecido que existe a la vida misma.
Italia, primer peldaño hacia el éxito
Todo lo que sube tiene que bajar. Otra vez los malditos cuartos de final, la barrera histórica que jamás había atravesado, y ante la campeona del mundo, Italia, nuestra “bestia negra”. El miedo, la mala suerte, o la desiria eran los guardianes de una puerta inexpugnable por un equipo condenado a marcharse a casa antes de tiempo. Pero esta vez el guión fue escrito por otros. Luis Aragonés es el fiel reflejo de la creencia en la suerte. Él piensa que en los grandes momentos es mejor tener suerte que talento. ¿Cuántas veces España había jugado de fábula y se había estrellado frente a la dura pared de la derrota? El partido, frenético como pocos, llegó a la tanda de penalties tras empatar a cero goles. Otra vez los penalties, otra vez la mala suerte, otra vez la desilusión y la derrota, ¿o no? Casillas frente a Buffon, Villa frente a Luca Toni, Xavi frente a Pirlo. El final: dos penalties parados por Casillas, y un gol de Cesc que entrará en la historia del fútbol español. Por primera vez España superó una fase de cuartos de final.
El mejor partido de la Eurocopa
Rusia en semifinales. El rival que se ganó por 4-1 venía de realizar un fútbol maravilloso frente a Holanda. Los Arshavin, Pavlyuchenko y compañía arrasaron a la “Naranja mecánica” con un alarde de buen juego, contrataque, y rapidez en el movimiento del balón. Los jugadores españoles eran conscientes de que no se trataba de la misma situación ni del mismo equipo que en la fase previa.
España practicó un fútbol plástico, efectivo y brillante. Como un concierto de Toscanini, la selección articuló música con sus botas y desdibujó a un joven equipo ruso. El resultado (3-0) fue lo de menos, la gente que presenció ese partido en el Estadio Prater de Viena jamás olvidará la presencia de Senna en la medular, los pases medidos de Xabi Alonso, el toque de Xavi e Iniesta, la efectividad de Villa o el regate y la potencia de Torres. Alemania esperaba en la final.
Una cita con la historia
Era el gran día. La final de una eurocopa, 28 años después del gol de Platiní a Arconada en los Campos Elíseos y Luis Aragonés tenía una premisa clara: las finales se ganan, no se juegan. Era la idea que quiso inculcar a sus jugadores, quería que creyeran en si mismos. Ya habían demostrado que jugaban como los ángeles, ahora era el momento de enseñar a todo el mundo que también sabían llevar el tempo de un gran partido. Piano piano comenzó la “Roja”, tocando y tocando fue desdibujando la artimaña táctica de los de Joachim Löw, como el mítico Brasil de 1970 la pelota era acariciada en la medular con lentitud hasta alcanzar una velocidad frenética según se acercaba al área germana. Corría el minuto 32 de la primera parte. Le llegó el balón a Xavi, dio un pase al hueco, y entre Lahm y Lehamn se coló Torres- 1-0 y victoria de España.
Al igual que Pacho Maturana, Luis Aragonés creyó que en el fútbol todo era posible. El triunfo español en el Ernst Happel de Viena sentó la base de la victoria en el mundial de Sudáfrica. La selección demostró a todo el mundo que con buen fútbol se puede ganar torneos pero sobre todo creó un precedente para el fútbol de este país: que los sueños, a veces, se hacen realidad.
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