
Poeta, diarista, novelista: el autor es una de las plumas más influyentes de la literatura actual. Ultima ahora una nueva novela, ‘Para mí no es la guerra’, y anticipa la continuación de ‘Al morir don Quijote’.
Es uno de los escritores –y editores, críticos, tipógrafos...– más influyentes de las últimas décadas. Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) es, quizá, conocido del gran público por novelas como Al morir Don Quijote o por ensayos como su celebrado Las armas y las letras; sin embargo, sus diarios –bajo el título global de Salón de pasos perdidos– y sus libros de poemas son, quizá, los principales responsables de su influencia en nuestra joven literatura actual.
-Habría que hacerle varias entrevistas sucesivas: al poeta, al diarista, al ensayista, al novelista, al tipógrafo, al editor, al crítico, al articulista, al bibliófilo… ¿Cómo lleva usted ser tantos?
-Cada cual ha de hacer aquello, mucho o poco, variado o no, que ha venido a hacer, y hacerlo de una manera cabal, lo mejor que pueda y sepa. Ahora, con casi sesenta años, comprende uno con cuánta humildad ha de decir: soy poeta. Nada más. Y el poeta lo es a tiempo completo, porque mira las cosas como un poeta, convencido de que en todas ellas hay enterrado un misterio que alude al nuestro, y que descubriéndolo en ella, descubriremos el nuestro. Es posible que no hayamos nacido para ser felices, pero la dicha nos la procura ese estar atentos a aquello que no siempre es visible, a lo que suele permanecer escondido.
-Preguntaré primero por su último libro, ‘Capricho extremeño’ (una antología de momentos en su casa de Trujillo recogidos de sus ‘Diarios’). ¿Cuánto hay en su visión del campo de pura literatura, de urbanita de vacaciones y de nostalgia de su infancia, bastante campesina?
-Al leer Capricho extremeño, una antología que han hecho otros, los lectores van a tener una idea un poco falseada de la obra general y de mi vida particular, eso es seguro. Para mí y para mi mujer, y también para mis hijos, el campo, este campo, y la naturaleza, con su cadencia propia, también han sido determinantes. Nuestra comprensión del campo no es la de quien nació aquí y vive de él. No es ni mejor ni peor, sólo distinta. Y podría verse como una mirada hacia la naturaleza, tan desprestigiada hoy en la cultura contemporánea, como un testimonio que acaso señale un camino de humanización.
-Parece que a usted la tradición le rejuvenece. Y viceversa.
-Se han dicho muchas cosas sobre la tradición, incluso durante el sarampión vanguardista. La tradición no es más que presente vivo, o no es nada. “Debemos irnos ahora, yo a morir, tú a vivir. Qué es mejor, sólo el dios sabe”. Diríamos que estas palabras podrían haber sido escritas hace un momento, pero lo cierto es que son con las que se despide Sócrates en la Apología. Así que quien escribe lo hace también para Sócrates, para Platón, para los muertos que esperan de nosotros algo que mantenga vivo su legado. Las etiquetas son cosa, luego, de los entomólogos.
-Su defensa de la tradición, en la que le acompañaron los mejores poetas de su generación, quizá fue aceptada sólo como un “tradicionalismo”, en el sentido de un “ismo” más. ¿Tiene la percepción de que esa postura no ha sido bien entendida por la crítica?
-Hemos de tener presente la crítica mejor, hablemos de Nietzsche, de Juan Ramón o de alguien cercano cuyo juicio fundado, libre y desinteresado respetamos, y esa crítica, de una u otra manera, acaba comprendiendo la naturaleza de las obras, sean estas del pasado o de sus contemporáneos, incluidas las nuestras. Y a esos “amigos” deberíamos someter nuestras obras y “oír” sus comentarios, sus observaciones o sus objeciones que, en definitiva siempre son verdaderas aportaciones, lecturas en su más noble sentido. Incluso los amigos más próximos me desaconsejaron vivamente titular Las tradiciones a mi segundo libro de poemas. Lo encontraban una provocación de orden vanguardista. Y en cierto modo hubo algo de eso. Pero también respondía a una necesidad de volver a las fuentes. Tradición en aquel momento eran autores desprestigiados u orillados: Cervantes y Juan Ramón, por ejemplo, lo eran. Ambos habían inaugurado una cierta modernidad en sus respectivos tiempos, pero las corrientes literarias españolas de hace 40 años los ignoraban o los hostilizaban. Consideraban que sólo servían como temas de tesis universitarias. Así que uno debe beber de aquellas obras y aquellos autores que abren caminos.
-Junto a su defensa de la tradición, yo subrayaría la consolidación de una manera de entender la intimidad y la vida familiar a través de sus diarios. ¿Cómo cree que se ha canalizado esa influencia y cómo cree que se canalizará en el futuro?
-Ese reproche iba parejo, en efecto, de otros. En 1978 viajamos mi mujer y yo a Grecia. En aquellas fechas estaba de moda que la gente peregrinara a Nueva York, así que algunos conocidos nos tomaron por unos provocadores, aunque otros, la mayoría, me temo, pensó que sólo éramos unos presuntuosos. Era algo así como un acto de desobediencia o de rebeldía a las convenciones sociales del momento. Aunque daba la impresión de que en el fondo encontraban reprobable y propio de una conducta antisocial el que planeáramos estar solos durante mes y medio, sin ver a nadie, como una insolencia. Volvió a suceder más tarde, cuando en las páginas del Salón de pasos perdidos empezaron a menudear escenas de nuestra intimidad. Una intimidad muy recatada, por otro lado, y pudorosa, hay que decir. Creían ver en ellas, quizás, un alegato a favor de la familia y, por tanto, “reaccionario”. Digamos que puede uno contar en un poema cómo se emborracha o se droga, pero nunca, por nada del mundo, cómo permanece al lado de la cuna de su hijo hasta que este se duerme, sin comprender que eso, “el tema”, es acaso sólo un modo más delicado de decir lo mismo que un desgarro.
-Usted se considera de izquierdas y ha prestado especial atención a escritores de derechas como Sánchez Mazas, Gómez de la Serna, Leopoldo Panero, Miquel Villalonga, González-Ruano..., que en buena medida ha rescatado. ¿Ha sido una labor ingrata? Mientras que en la izquierda hay quien no se lo perdona, para una derecha preocupada sólo por la economía son autores bastante incómodos…
-Que la gente no conociera y, por tanto, no estimara a Leopoldo Panero hace cuarenta años, era hasta cierto punto lógico, consecuencia de los malentendidos, de los prejuicios o de su familia. Ahora, lo incomprensible es que habiendo leído a Juan Ramón Jiménez, Castellet o Gil de Biedma dictaminaran eliminarlo de la poesía española. Una estupidez que sólo podía nacer, según Kant, de corazones malvados. ¿O no lo habían leído? Por su parte, cierta izquierda, que pretende arrogarse la exclusiva de la tradición ilustrada, ha creído tradicionalmente que la cultura es una franquicia suya y la ha administrado como un cortijo, por lo mismo que cierta derecha, de raíz antiilustrada, se jacta de despreciar todo lo que tenga que ver con la cultura. Así que adentrarse en la historia de la literatura reciente ha sido, desde luego, como hacerlo en un campo de minas. Fue arriesgado, es verdad, pero también bastante divertido. Y claro, sin olvidarnos nunca de quiénes son los grandes escritores españoles, que lo son, recordemos, para gentes de izquierda o de derecha: Unamuno, Machado, Juan Ramón, Baroja, Azorín, Ortega, Valle… Si tratáramos de definir políticamente a cada uno de ellos nos meteríamos en más de un atolladero. En Las armas y las letras ha hablado de los escritores de los dos bandos de la guerra civil con una constante intención de objetividad.
-¿Ha tenido la sensación de no contentar del todo a nadie?
-Creo francamente que la más disgustada ha sido una izquierda que vivía de mitos como el de Alberti en régimen de monopolio. Esa izquierda había perdido la guerra, pero había ganado la propaganda. No les ha gustado que 70 años después tampoco la propaganda les haya funcionado como entonces. Pero tampoco ha habido grandes reacciones, sino más bien silencio, o sea, lo normal cuando no pueden rebatirse hechos ni conductas. En cuanto a la derecha de hoy, sigue sin aceptar por lo general la raíz antiilustrada y cerril de la derecha de ayer. Por esa razón creo más importante presentar las cosas de otro modo: ¿quién ha salido ganando con ese estudio? Sin la menor duda eso que hemos dado en llamar la tercera España, Juan Ramón Jiménez, Chaves Nogales, Morla Lynch, José Castillejo, Clara Campoamor, el propio Azaña, Albornoz, Unamuno, Américo Castro y toda una serie de figuras como Baroja, Azorín, Ortega, claramente antitotalitarios, que trataban en todo momento de hacer prevalecer el sentido común.
-¿Teme que ‘Hemeroflexia’, su nuevo ‘blog’, afecte de algún modo a sus diarios, llamados ‘Salón de pasos perdidos’?
-De momento los asientos van apareciendo cada día en el blog. No es exactamente lo mismo que el Salón de pasos perdidos. Son proyectos diferentes. El blog se ocupa de hechos más o menos próximos y actuales. Pienso en él como en un almanaque. Me ha gustado siempre la idea de ser un escritor de almanaques. Me gustaría, si se publica un día en papel, que llevase sus fotos, sus ilustraciones, en fin, algo muy tipográfico. El Salón de pasos perdidos es, en cambio, una novela, donde la realidad se pasa por el cedazo de la ficción. El blog está a medio camino de mis artículos de periódicos y del Salón de pasos perdidos.
-¿Continuará con la novela ‘Al morir don Quijote’ o con ‘El arca de las palabras’, dos libros suyos que podrían crecer, y casi lo piden?
-Al morir don Quijote tendrá una continuación, El final de Sancho y otras suertes, que empezaré a escribir cuando termine la novela que ultimo estos días y que se titula Para mí no es la guerra. Trata de la ida de Sancho y de sus amigos a América, lo que no se le permitió hacer a Cervantes, y de lo que en América les sucede. En cuanto a El arca de las palabras, que también se escribió día a día durante un año, sigue creciendo y corrigiéndose porque las palabras crecen también, como las criaturas, y los libros no pueden cerrarse tampoco nunca. En realidad ningún libro está nunca terminado. Los abandonamos, pero no los terminamos. Por eso a veces dan tanta pena, en el mejor sentido.
-¿De cuál se siente más orgulloso y de cuál menos?
-No sé decir. Todo lo mío me parece a medio conseguir, ha dicho uno muchas veces. Y así es. Me gusta, sí, para qué negarlo, el atrevimiento y la audacia de haber querido escribir la continuación del Quijote. Saber que si salía mal sería una catástrofe, y que no me importara. De esa actitud, sí me siento orgulloso. ¿Y menos? Más que de libros, de lo que se siente uno poco orgulloso a veces es de las cosas inexactas que he dicho de ellos o de otras cosas en estas entrevistas. Porque yo soy alguien que lo poco o mucho que ha querido decir, lo ha querido decir por escrito, no hablando.
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