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Dice el chiste que el arte es morirte de frío. Y algo de eso hay en el arte contemporáneo.
Los museos son más fríos cuanto más modernos. Animales conservados en formol, artistas desnudos sentados en un taburete que afirman ser en sí una obra de arte y cráneos humanos forman parte de un mercado que mueve miles de millones cada año, y que genera casi tantas preguntas como polémicas.
A veces las mejores metáforas se encuentran en la realidad cruda, despojada de toda metáfora. Si no, atienda a esta historia. Ocurrió en Dortmund, donde aparte de un equipo de fútbol, hay una ciudad. Con sus calles, sus comercios y sus museos. Y ocurrió precisamente en uno de sus museos. Tras la hora del cierre, una limpiadora se afanaba en desempolvar cada esquina del recinto. Se dedicaba con especial esmero al cepillado de una zona que parecía estar en obras. Supuso, con buen criterio profesional, que donde hay obras, hay más polvo, y por tanto, más trabajo para una limpiadora responsable. Con insistencia germánica, repasó los alrededores de una suerte de andamio de madera, que se alzaba sobre una negra palangana manchada de cal. Limpió la estructura por dentro y por fuera, dejándola como los chorros del oro, y se detuvo especialmente frotando esas horribles manchas de cal en la palangana. La señora razonó para sí que la cantidad de mugre acumulada en la palangana solo podía explicarse como fruto de la dejadez de sus predecesoras, que al menos desde finales de los 80 no habrían metido la bayeta a esa asquerosa palangana. Satisfecha, después del trabajo bien hecho, se marchó a casa canturreando felizmente los grandes éxitos de Katja Ebstein por las oscuras calles de Dortmund. Bonita noche. Museo limpio. Conciencia limpia. Merecido descanso.
A la mañana siguiente, el trueno, la explosión, el sofoco, el desmayo. El director del museo comprobó con espanto que la obra del difunto artista alemán Martin Kippenberger, Cuando empieza a gotear el techo -de verdad, se llama así- había resultado irreparablemente dañada. Alguien podría volver a manchar la palangana de cal, pero jamás quedaría exactamente como el artista la había concebido originalmente, y eso, indican los expertos, es una desgracia colosal.
Un acalorado debate
Cuentan que el director lloró amargamente frente a la palangana. Los chinos, que cuando hacen turismo y visitan museos europeos sonríen mucho porque no entienden nada, se sacaban fotos con él, y las subían a Facebook bajo el rótulo “artista llorando”, como si todo fuera parte de una performance. Especialmente institucional se mostró en su comparecencia de prensa la señora Dagmar Papajewski, portavoz de Cultura de la ciudad alemana, nada más conocerse la noticia. Primero aludió a que normalmente las limpiadoras de un museo saben lo que deben tocar y lo que no, y finalmente apostilló: “Es igual que en casa, cuando se les dice: ‘Limpie todo, pero no me toque la mesa del despacho”.
La empresa de limpieza, por su parte, se limitó a mostrar su sorpresa por lo ocurrido, asegurando que sus empleados tienen órdenes de no acercarse a las obras a menos de 20 centímetros, espacio suficiente para que ninguna limpiadora, ante -pongamos- la emergencia de un estornudo espontáneo, rompa de un cabezazo una escultura de medio millón de euros.
La señora de la limpieza fue noticia en periódicos de todo el orbe por haber confundido una pieza artística con forma de estructura de obra de albañilería, con una estructura de obra de albañilería. De ahí las últimas declaraciones de la acusada: “Pensé que estaban pintando o arreglando una gotera”. Declaraciones que, por otra parte, provocaron en el director del museo una nueva crisis nerviosa. No en vano, la mayoría de los periódicos han obviado la parte más importante de la noticia: Cuando empieza a gotear el techo estaba valorada en 800.000 euros por la compañía aseguradora que cubría sus posibles accidentes. Se desconoce si después del destrozo, las ruinas de Cuando empieza a gotear el techo se han revalorizado o devaluado, al mantener escuetas diferencias con las ruinas originales.
En la comunidad artística internacional se ha abierto un acalorado debate sin precedentes, entre los partidarios de que la obra de arte ya no existe, y por tanto no debe exponerse, y los nostálgicos que creen que el fallecido Kippenberger no se merece su expulsión del museo por un accidente. Un tercer grupo de críticos, sin duda más malvados, eluden el debate razonando que el 99% de los visitantes no notarán si la palangana está tan guarra como había previsto el autor o no.
Los retretes del Prado
Lo ocurrido en Dortmund ha desatado de nuevo una vieja discusión sobre la decadencia o genialidad del arte contemporáneo. Desde Cuadrado negro sobre fondo blanco de Kazimir Malevich en 1913, y el urinario de Duchamp de 1917, llamado La fuente, hasta nuestros días, la colección de genialidades o vaciedades expuestas en los museos se ha multiplicado por mil, y mueve millones de euros cada año.
Animales conservados en formol, una habitación completamente vacía donde se enciende y se apaga una luz, el vídeo de una operación de cirugía estética, cuadros pintados con excrementos de paloma o una rana crucificada son algunas de las obras que admiran los visitantes de algunos de los museos de arte contemporáneo más famosos del mundo. Resulta especialmente llamativa la predilección de los artistas modernos por aquellas obras que puedan resultar hirientes para los cristianos, aunque siempre niegan que su propósito sea la ofensa. La rana crucificada del artista alemán Martin Kippenberger -¿les suena de algo este nombre?-, que saltó a la prensa en 2008 tras las protestas del obispo de Bolzano, no es el único ejemplo. Años antes, Hirst, del que hablaremos ahora, ya había desollado y crucificado a un ternero, según él, para escenificar la “visceral brutalidad de la muerte de Cristo”. También los responsables de la galería que expuso la rana de Kippenberger justificaron en su momento la escultura afirmando que es en realidad un autorretrato del artista “en un profundo estado de crisis”; algo que, por otra parte, los observadores más agudos ya habíamos notado.
Para los profanos no resulta sencillo encontrar explicaciones racionales a muchas de estas obras. Casi siempre, las declaraciones de los propios autores nos ayudan a despejar las incógnitas. Ahí es donde encontramos las razones. Joseph Kosuth es uno de los padres del llamado arte conceptual. Hace unos meses visitó Madrid y el Museo del Prado, regalando suculentos titulares a los periodistas, al afirmar que pintar un Velázquez ya no es arte. En opinión de Kosuth, el artista que quiera ser pintor hoy no debe utilizar a Velázquez como modelo, ni siquiera como inspiración, porque si lo hace, su obra no será realmente artística, al no estar conectada “con su tiempo y con la sociedad”. Un cuadro de Velázquez, zanjaba el estadounidense, “culturalmente, es una obra de arte completamente muerta”. Dicho esto, Kosuth se quedó muy a gusto, y continuó exponiendo sus teorías, explicando que ser artista significa ser investigador, y que el creador de hoy debe alejarse de canales obsoletos como la pintura y la escultura, y buscar otros lenguajes artísticos que le permitan “cuestionar el poder político y económico”. Sin más, se montó en el avión y regresó a Nueva York, quizá para contarles a los norteamericanos que lo mejor del Museo del Prado son los retretes de los cuartos de baño.
En un acercamiento al arte contemporáneo resulta imprescindible detenerse en ciertos protagonistas que han hecho de la provocación su principal vehículo artístico. Sin duda, el más famoso es Damien Hirst, que es además el artista más rico del mundo, por delante de otros multimillonarios como el pintor estadounidense Jasper Johns, o los cantantes Mick Jagger y Paul McCartney. Hirst es conocido internacionalmente por su habilidad para diseccionar animales y conservarlos en formol. Lo que diferencia al gran artista Hirst de un vulgar estudiante de Biología es que, tras introducir los bichos en formol, les da un título sugestivo, les pone un precio nunca inferior al millón de dólares y los expone en museos, o bien los subasta en Sotheby’s. En ocasiones, incluye alguna novedad, como en El becerro de oro, un animal al que también introdujo en formol, no sin antes cambiar sus pezuñas naturales por otras de oro.
Revoluciones culturales
Una de sus obras más famosas es el cadáver de un tiburón conservado en un gran estanque, que se expone en el área de arte contemporáneo del Met de Nueva York. Esta obra o instalación se titula La imposibilidad física de la muerte en la mente de un vivo. La anécdota, que no está de más, es que Hirst tuvo que reemplazar el tiburón en 2006, porque con el paso del tiempo y el efecto del formol, el animal se había deteriorado más de lo que el artista había concebido en su idea original.
Hirst dio un paso más allá en 2007 cuando decoró un cráneo humano con 8.601 diamantes. El anuncio de la galería londinense que estrenó la obra señalaba en gruesas letras que se trataba de algo “sin precedentes en la historia del arte”, y eso, sin duda, es un mérito que nadie le puede arrebatar. Indagando, se descubre otro detalle que no parece menor: Hirst no es el artista. O sí. Es decir, él tuvo la idea, pero fue uno de los joyeros más caros de Londres quién se encargó de llevarla a cabo. Sea como sea, el cráneo está valorado en 75 millones de euros. En tono jocoso, Hirst comentó que el cráneo recubierto de diamantes no corre peligro de descomponerse como sí ocurrió con su obra La imposibilidad física de la muerte en la mente de un vivo -o sea, el tiburón-.
El lenguaje de los críticos de arte ha evolucionado en paralelo a las recientes revoluciones culturales, ofreciendo ilustrativos ejemplos a quienes, a pesar de todo lo anterior, no entienden lo que se está cocinando. Hasta hace unas décadas, la expresión “fin del arte” hacía alusión a la finalidad que pretende una obra artística. Hoy, cuando un artista alude al “fin del arte”, todos sus colegas saben que se está refiriendo exactamente a eso, al final del arte, a la muerte del arte. El debate entre lo que es arte y lo que no lo es suscita hoy más preguntas que nunca. Por eso, en ocasiones, algunos críticos prefieren confrontar dos conocidas imágenes, para que el observador saque sus conclusiones: la bóveda de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, y la obra Mierda de artista, la lata de excrementos que el artista conceptual Piero Manzoni facturó en 1961 como la creación cumbre de su carrera.
Mancha de grasa
La limpiadora del museo de Dortmund engrosa ahora una lista de heroínas que han luchado accidentalmente contra el relativismo artístico con la tozudez de la realidad. Esta lista la encabeza desde mediados de los 80 otra señora de la limpieza, acusada de atentado contra el arte contemporáneo. Los hechos sucedieron en la Academia de las Artes de Düsseldorf una mañana de 1986. La limpiadora se encontraba realizando su trabajo en una de las salas del museo cuando encontró una horrible mancha en el techo. Sin pensarlo dos veces, se encaramó a una escalera y limpió a fondo la mancha con ayuda de abrasivos productos de limpieza. Al fin, ni rastro de suciedad en el techo. Ni de la limpiadora, que tuvo que desaparecer una temporada cuando leyó en la prensa que lo que había limpiado era en efecto, una mancha, pero no una mancha cualquiera. Era nada más y nada menos que la Mancha de grasa del distinguido artista alemán Joseph Beuys, que se exponía en el techo de la sala de la Academia de las Artes de Düsseldorf.
El Estado tuvo que correr con los gastos del incidente, que ascendieron a 20.000 euros. Beuys, por su parte, falleció en 1986, pero no he logrado documentar si el óbito se produjo antes, después o durante el borrado de Mancha de grasa.
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