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    JRR Tolkien fumando su famosa pipa.
    Desde el Polo Norte

    Las cartas que cada Navidad Santa Claus escribía a los hijos de J. R. R. Tolkien

    25 DIC 2011 | Pepe Álvarez de las Asturias

  • J.R.R Tolkien no fue solamente uno de los más grandes escritores de la literatura fantástica, inglesa y universal, además de afamado lingüista, conferenciante, ilustrador, catedrático en la Universidad de Oxford -entre otros muchos cargos y honores- y gran defensor y divulgador de los valores cristianos. Fue también orgulloso padre de cuatro hijos, a los que no se limitaba a contar un cuento antes de dormir; para ellos escribió e ilustró, a lo largo de 23 años, una de sus más deliciosas creaciones: Las Cartas de Papá Noel.

    El día de Navidad de 1920, el pequeño John recibió una misteriosa carta en su casa de Oxford, fechada el 22 de diciembre. Tenía restos de nieve y había llegado desde el mismísimo Polo Norte; estaba escrita con letra temblorosa, decorada con bellos dibujos y firmada por el mismísimo Papá Noel. Como el pequeño John aún no sabía leer -tenía tres años- su padre, John Ronald Reuel, leyó las palabras que Papá Noel le había dirigido expresamente a él: “Me he enterado de que le has preguntado a tu papá cómo soy y dónde vivo. He hecho un autorretrato y he dibujado mi casa. Guarda bien el dibujo. Ahora mismo me marcho a Oxford con el saco lleno de regalos (algunos para ti). Espero llegar a tiempo: esta noche la nieve es muy espesa en el Polo Norte. Con cariño, Papá Noel”.

    A partir de aquella misiva, año tras año, cada día de Navidad los hijos de J.R.R. Tolkien (después de John llegaron Michael, Christopher y Priscilla) recibían su particular carta de Papá Noel -de manos del compinchado cartero o entre sus regalos navideños-, en la que relataba a los niños toda suerte de avatares, acontecimientos y anécdotas que sucedían en su morada del Polo Norte. Papá Noel les contaba cómo era su día a día, el proceso de empaquetado de regalos, los múltiples quehaceres de sus ayudantes, de qué forma se divertían en los ratos libres o las constantes meteduras de pata de su fiel Karhu (un enorme y patoso Oso Polar).

    Sacar buenas notas

    Conforme sus hijos crecían, Tolkien fue introduciendo otros personajes fantásticos: gnomos rojos, muñecos de nieve, osos de las cavernas, elfos rojos y verdes, trasgos malignos “que aullaban como silbatos de locomotora” y los dos sobrinos de Karhu, Paksu y Valkotukka, que aparecieron un día de visita y allí se quedaron; y, ya en las últimas cartas, su imprescindible secretario personal, el elfo Ilbereth (que en ocasiones también escribía algún párrafo, con trazos elegantes y ligeros).

    Los niños aprendían que el trabajo de Papá Noel no era en absoluto sencillo y él y sus amigos se veían envueltos en no pocos peligros y dificultades. El frío, las tormentas, la guerra con una horda de trasgos picapleitos que vivían en unas cuevas debajo de la casa, el día en que se soltaron todos los renos de los trineos y desperdigaron los regalos por doquier o las sempiternas torpezas de su principal ayudante Karhu...

    “Mis queridos niños, el pasado noviembre un día muy ventoso se voló la leña y fue a parar en lo alto del Polo Norte; le dije que no lo hiciera, pero el Oso Polar trepó hasta la delgada cima para bajarla… y lo hizo. El Polo se rompió por la mitad y cayó en el tejado de mi casa y el Oso Polar cayó por el agujero y aterrizó en el comedor, con la leña sobre su nariz, y toda la nieve cayó del tejado y se heló y apagó todas las chimeneas y se extendió por todos los almacenes donde tenía los juguetes de este año (…) Os envío un dibujo del accidente y de mi nueva casa (…) Si John no puede leer mi vieja y temblorosa letra (1925 años) debe decírselo a su padre. ¿Cuándo va a empezar Michael a aprender a leer y a escribirme sus propias cartas? Mucho amor para vosotros dos y para Christopher”.

    En algunos episodios, Tokien ya dejaba entrever ecos de las historias que estaba elaborando para su legendarium, en el que elfos y trasgos son parte esencial: “Supongo que recordarás que hace unos años tuvimos problemas con los trasgos y que pensábamos que todo estaba arreglado. Bueno, pues este otoño volvieron a la carga, y peor que en los últimos siglos. Hemos librado varias batallas, y durante unos días mi casa estuvo sitiada. En noviembre empezó a parecer plausible que la invadieran y se llevaran mis bienes, de modo que todos los Calcetines de Navidad del mundo se iban a quedar vacíos…”.

    Los relatos estaban impregnados de fino humor y multitud de detalles, tanto de los personajes como de los paisajes, detalles que se acompañaban con bellísimas ilustraciones explicativas, realizadas con maestría por el propio Tolkien, que proporcionaban una gran verosimilitud a la historia (además de la letra temblorosa y los sellos y matasellos del Polo Norte). Pero también las aprovechaba el escritor para lanzar (explícita o implícitamente) el obligado mensaje de todo padre responsable a sus hijos: qué tenían que hacer los niños para poder recibir muchos regalos, esto es, portarse bien, obedecer a papá y mamá, ayudar en casa, ser aplicados y, claro, sacar buenas notas.

    'El señor de los Anillos'

    La maravillosa tradición de la familia Tolkien perduró hasta que la pequeña Priscilla cumplió catorce años, en 1943; aunque, como señala Ilbereth en la última carta, “conservamos siempre los nombres de los viejos amigos y sus cartas, y esperamos volver algún día, cuando sean adultos y tengan casas y niños propios”. Tres años después de la muerte de J.R.R., en 1976, las Cartas de Papá Noel fueron editadas en un cuidadísimo libro por la segunda esposa de su hijo Christopher, Baillie, que incluía las cartas manuscritas de puño y letra de Noel/Tolkien y las ilustraciones originales. Una obra deliciosa que muestra su genial capacidad imaginativa y, sobre todo, su inmensa capacidad de amor y entrega hacia sus cuatro hijos. Sin duda, el regalo más entrañable que recibían cada Navidad.

    Pero JRR Tolkien no sólo se debía a sus hijos, sino también a su pasión literaria, y de paso a sus amigos literatos. Con ellos estableció también una fructífera tradición que, a diferencia de las cartas de Papá Noel, no se repetía cada día de Navidad, sino todos los jueves en la habitación de su amigo C.S. Lewis y los martes en el pub The Eagle and Child de la calle Saint Giles. Allí, en el confortable rincón junto a la chimenea conocido como The Rabbit Room (el “Cuarto del Conejo”), Tolkien se reunía con sus amigos escritores y académicos de Oxford, en su mayoría de arraigadas creencias cristianas, para debatir con entusiasmo sobre mitología, religión y literatura, y compartir las obras que estaban escribiendo y alguna que otra cerveza.

    Entre los miembros del selecto club, que fueron bautizados como los Inklings, además de JRR Tolkien (“Trollers” para los amigos) y C.S. Lewis (“Jack”), se encontraban su hermano mayor W. H. Lewis (“Warnie”), Robert A. Harvard (“Humphrey”), Charles Williams, Owen Barfield, Adam Fox, Percy Bates, Hugo Dyson y muchos otros intelectuales de prestigio. Un círculo privado del que, a lo largo de treinta años (desde 1931 hasta 1960) saldrían a la luz referentes literarios de la fantasía universal como El Señor de los Anillos, Las Crónicas de Narnia o Todos los Santos.

    En su rincón favorito de The Eagle and Child (que ellos llamaban coloquialmente The Bird and Baby) podía escucharse, por ejemplo, a Tolkien recitando en primicia su poema Errabundo (“Había un viajero alegre/un mensajero y marino…”) mientras los oyentes degustaban una pinta de cerveza; o a C.S. Lewis desvelando las claves del planeta rojo de Malacandra donde es enviado el doctor Ramsom por el malvado Weston, en El Planeta Silencioso.

    A la ronda de lecturas le seguía un debate en el que cada cual daba su opinión o ejercía su derecho a la crítica, siempre constructiva. A continuación se votaban las obras y si se consideraba la contribución suficientemente buena, se anotaba en un libro de registro que el propio Tolkien tenía a su cargo; aunque, en teoría, “los Inklings no eran ni un club ni una sociedad literaria, si bien participaban de la naturaleza de ambos. No había reglas, oficiales, agendas o elecciones formales”. En efecto, las reuniones no siempre eran del todo serias. Entre lectura y lectura, los Inklings sabían divertirse con competiciones de lo más sorprendente: apostando, por ejemplo, quién de ellos era capaz de leer durante más tiempo sin reírse la reconocida mala prosa de Amanda McKittrick.

    Además de los martes en el pub, los Inklings se solían reunir también los jueves por la noche en la habitación de C.S. Lewis; nada extraño teniendo en cuenta que, en realidad, esta original sociedad nació en 1931 en la habitación de un colegio mayor, la del por aquel entonces estudiante Edward Tangye-Lean, cuya ambición era crear una asociación literaria estudiantil más duradera que las habituales, y a la que se unieron desde el primer momento algunos docentes como Tolkien y Lewis. Cuando Tangye-Lean se graduó en 1933, J.R.R. y C.S. se hicieron cargo del club y lo mantuvieron vivo -y brillante- muchos más años de los que su fundador habría imaginado jamás.

    Notion Club

    En uno de los relatos del propio Tolkien publicados en La Historia de la Tierra Media, existe un club de nombre Notion Club claramente basado en los Inklings (‘inkling’ y ‘notion’ son sinónimos en inglés: significa intuición, pensamiento vago).

    La vuelta a casa de C.S. Lewis

    Desde muy joven, C.S. Lewis había cambiado la fe por la mitología pagana y el romanticismo, frustrado por la muerte de su madre, que sus oraciones no lograron evitar. Durante años de confusión y conflicto espiritual tachó toda religión de “sinsentido” e “invención del hombre”. En 1926 acudió a estudiar a Oxford, y conoció al profesor J.R.R. Tolkien, devoto católico y apasionado de la mitología y de la literatura nórdica, con el que congenió rápidamente. Poco a poco, Tolkien le fue reconduciendo hacia la religión, utilizando a su favor los valores de la mitología. Años después, cierto día de septiembre de 1931, tras pasar toda la noche debatiendo sobre la verdad de la religión junto a otro amigo anglicano (Hugo Dyson), los argumentos de Tolkien pesaron más que las dudas de Lewis y éste emprendió su feliz camino de regreso a la fe perdida, que ya no abandonó. Gracias a la mitología y a la amistad JRR.

     

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