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LA GACETA se ha propuesto someter a análisis crítico la situación actual de la cultura española, tanto en sus principios como en sus manifestaciones sectoriales.
Ignacio Peyró.
España dio al mundo algunos de sus mayores pintores, poetas, novelistas y sabios: es un país que tuvo un Siglo de Oro, a horcajadas entre el Renacimiento y el Barroco, y que tuvo también una Edad de Plata desde finales del siglo XIX y hasta la contienda civil. ¿Qué queda hoy de todo aquello? ¿Estamos, los españoles de hoy, a la altura de nuestra tradición? Es más, ¿sabemos apreciarla? Aun cuando en nuestro país haya hoy artistas, pensadores, científicos, músicos, arquitectos o pintores de reputación internacional, la sensación de declive cultural es evidente. En todo caso, no por evidente deja de ser explicable, y por eso mismo LA GACETA se ha propuesto someter a análisis crítico la situación actual de la cultura española, tanto en sus principios como en sus manifestaciones sectoriales. Los artículos se entregarán domingo a domingo, contando para ello con el testimonio coral de docenas de personas respetadas en sus campos de saber.
1 El ocaso del intelectual
“La función del intelectual, según la definió Ortega, es pensar en contra”, argumenta Gonzalo Santonja, escritor y presidente del Instituto de las Letras Castellano-leonesas. “Hoy, con las becas, las subvenciones y ayudas, está claro que ese pensamiento que no nada a favor de la corriente, cotiza a la baja”. Según comenta Javier Gomá, filósofo y director de la Fundación Juan March, “antes, el intelectual era alguien que destacaba en un campo del saber, y por esa autoridad podía opinar de otros ámbitos. Hoy no es fácil distinguirlo de opinadores que no han sobresalido en nada”. En todo caso, como sentencian el escritor Jon Juaristi y el ensayista Tom Burns, en nuestros días no disponemos de referencias como un Ortega, precisamente, o un Marañón, o un Unamuno, aunque sea porque –según afirma el politólogo y miembro del patronato de la Fundación Príncipe de Asturias, Benigno Pendás–, “buena parte de nuestros mejores pensadores son poco mediáticos”. Ciertamente, tal y como indica el ensayista e historiador Fernando Castillo, “el intelectual a la francesa” –aquel que parecía ejercer un dictado sobre las conciencias- “ha desaparecido”, un desapego que, por ejemplo, Tom Burns considera “sanísimo”, en tanto que, en opinión del escritor Valentí Puig, “muchos intelectuales fueron cómplices de los totalitarismos” y, por tanto, “no han estado a la altura de su responsabilidad moral, que es la libertad”. Así, indica Juaristi, “su figura ha perdido la dimensión oracular”, si bien su sustitución es problemática: como señala el profesor de ciencia política José Luis González Quirós, “tomamos por intelectuales a los actores y demás porque somos un país con poco sentido crítico, donde los que creen saber se conforman con saber poco”. Por otra parte, abunda el intelectual que, en palabras del crítico de arte Enrique Andrés Ruiz, busca un imposible: “ejercer la crítica y situarse al sol que más calienta, hacerse famoso y obtener rentas fecundas”. En consecuencia, el tono intelectual de esta hora de España pasa por un declive en la calidad, más que de las grandes cabezas, de “esas segundas filas” que configuran o no una gran edad. “Tenemos mucho trabajo pendiente”, afirma Benigno Pendás, “buscar la excelencia y la responsabilidad”. Puig lo corrobora: “para recuperar el glamour de la literatura y el arte, hay que optar por el talento y el esfuerzo”. Así, frente a la figura del gurú, hay que volver al “intelectual honesto y reflexivo” que postula Pendás. En un tiempo en que, a diferencia de lo que ocurría antaño, “los medios marcan la cultura”, como señala Fernando Castillo, “reinventar o redefinir la figura del intelectual” –dice Valentí Puig- “es un proceso imparable, por simple higiene”.
2 Un humanismo en declive
“Antes había más respeto por el pensamiento, más conciencia del mérito intelectual”, afirma Olegario González de Cardedal, premio Ratzinger de Teología. En un sentido similar, José Jiménez Lozano, premio Cervantes, no duda en afirmar que “décadas atrás, quienes más apreciaban la cultura eran precisamente las gentes que ni siquiera sabían leer”. Ese respeto reverencial, el aura de prestigio de la cultura, es algo en buena parte perdido: como recalca el escritor Valentí Puig, “toda la idea de transmisión de saberes y valores ha pasado por un grave deterioro,como memorizar en las aulas, dibujar en las escuelas de arte, o respetar a quien educa porque es quien más sabe y por eso educa”.
En estudios clásicos, en concreto, el filólogo, poeta y académico de la Historia Luis Alberto de Cuenca señala que “en unos pocos años, hemos pasado del todo a la nada”. Claro que, según se pregunta el crítico de arte Enrique Andrés Ruiz, “¿para qué van a querer Humanidades […] tras promover el éxito competitivo como único sentido de la vida?”. Hoy, regresando a De Cuenca, hasta “en las facultades de letras hay más profesores que alumnos”. Y, retomando la idea expresada en LA GACETA por Marc Fumaroli –“la educación, en nuestras sociedades actuales, vive humillada”–, el académico lamenta que “el hombre culto pueda pasar por raro y por enemigo del sistema”. El paso del humanismo a las culturas del pop ha implicado una “desvertebración cultural” más acusada en España que en los países de nuestro entorno. Así, comenta Jiménez Lozano, “las referencias se han perdido, y la transmisión cultural se ha hecho imposible. La única vara de medir es lo contemporáneo”.
3 La tradición como malestar
“La tradición intelectual española es una tradición sincopada, sin continuidad”, afirma Javier Gomá, quizá porque “el español no ha estado muy atento al quehacer de sus intelectuales” –Puig– y el trabajo intelectual no forma parte del “paisaje moral” –Arcadi Espada– del país. En todo caso, según señala Jiménez Lozano, “nuestra tradición nos es extraña, extranjera”, en buena parte porque, tras rendir culto a nuestro Siglo de Oro durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX –afirma de Cuenca–, ese “vínculo patrimonial” con nuestra tradición se empezó a disolver, según opina el experto en literatura aurisecular Ignacio Arellano. En consecuencia, “la Literatura, en España, no goza del mismo grado de estima popular que en Francia o en el Reino Unido, ni de su proyección simbólica como elemento de identidad nacional. Shakespeare o Montaigne son objeto de culto en una medida muy superior a Cervantes”, afirma Jon Juaristi. Algo que, en parte, entronca con lo que dice Tom Burns: que España, la Historia española, “no tiene una narrativa ampliamente compartida por los propios españoles”. Súmese a esto –comenta Gomá– que, más allá de Luis Suárez y de Ortega y Gasset, “nuestro pensamiento está fragmentado en la poesía, en el teatro...” Falta, en opinión de Valentí Puig, “esa idea de continuidad en el tiempo que se convierte a la vez en parte de la memoria como vínculo con el pasado, como vínculo entre los ciudadanos de hoy y entre las distintas generaciones”. No opera, por tanto, ese sentido del honor hacia la tradición literaria que, en el caso francés, dice Puig, “tiene un efecto de autoestima que impregna a toda la sociedad”
Para Olegario González de Cardedal, nos movemos, en definitiva, en los términos de “un desapego de la Historia que nos lleva a empezarlo todo de nuevo generación tras generación. No asumimos nuestra tradición, nuestro pasado, en su integridad, sino que escogemos dentro de él. Y esa escisión de conciencia nos lleva a no conocer y valorar nuestra Historia”. Claro que “sería raro que existiera ese respeto por la tradición literaria en un país en el que toda tradición ha sido laminada”, conjetura Enrique Andrés. De ahí que, conforme señala Castillo, hayamos dejado de buscar inspiración en nuestros clásicos patrios. E incluso en el mercado del arte, señala el galerista José Ramón Ortega, “estamos muy por debajo de nuestra tradición pictórica”.
4 La nación, de puerta cerrada
“Los intelectuales españoles han tenido que hablar siempre de lo mismo, por ejemplo del “problema de España”, perdiendo preciosas energías en debates de nivel europeo”, glosa Benigno Pendás. Cierto es que, con casi siete millones de personas nacidas fuera del país y residentes en él, España ya no es ese viejo país ensimismado y cerrado al mundo, afirma Tom Burns, aunque no olvida advertir que “nuestros empresarios están más abiertos que nuestros políticos o pensadores”. Con todo, afirma González Quirós que la antes mencionada desadhesión a nuestras tradiciones provoca una internacionalización de la bibliografía manejada, por ejemplo en temas de pensamiento. Y, de la Filosofía a los medios, Arcadi Espada menciona que “vamos de ida a muchos debates cuando otros ya están de vuelta”. Es la vigencia, siempre según Espada, de viejos mitos como el de “que inventen ellos”, aunque Valentí Puig matiza: “quizá sí nos dejemos llevar por modas y mimetismos, pero la cerrazón al pensar, la España negra, no se corresponde con la realidad”.
Según el poeta Enrique García-Máiquez, la poesía ha sido un campo privilegiado para esta apertura, recibiendo históricamente el influjo de las poesías italiana, francesa, inglesa y –hoy– polaca y oriental. Con todo, el crítico musical Francisco García-Rosado afirma que todavía los músicos han de salir fuera para triunfar, y en un sentido parecido, sólo que en lo referente a la investigación científica, se manifiesta el premio Príncipe de Asturias Manuel E. Patarroyo. ¿Y en arte? “Las galerías españolas, internacionalmente, pintamos muy poco”, señala J. R. Ortega.
5 De lo popular a lo pop
“Hay que abrir camino a una cultura selecta y popular a la vez, lo que algunos llamamos alta divulgación”, afirma Jon Juaristi respecto a las desmemorias de la cultura pop o cultura de masas. Para Valentí Puig, este es “un determinismo de nuestro tiempo”: el eclipse de un público de clases medias ilustradas puede llevar a “una divisoria entre quien lee y quien no, lo que se llaman élites cognitivas”. Sin embargo, Javier Gomá considera que “no va a haber minorías con superioridad moral; más bien la tendencia es la contraria”. Como rasgo propio de esa cultura pop –“una cultura de lo fácil”, según Enrique Andrés– destaca que “al estar hecha para el consumo, detesta el filisteísmo del esfuerzo”, siempre conforme al mencionado autor. Con todo, esa “educación congénita” (Gomá), ese caudal de sentido común y valores transmitido de generación en generación, en buena parte está “perdido”. Y eso que, antes, según recuerda Jiménez Lozano, eran las clases populares las que guardaban el legado básico de una cultura a modo de vertebración para la vida.
6 Déficit de opinión pública
“Como decía Albert Camus”, afirma José Jiménez Lozano, “hoy hay más facilidades que nunca para decir cosas sin responsabilidad ninguna”. Por su parte, Benigno Pendás habla de la “falta de sosiego” a la hora de interpretar la realidad: en parte, son los tiempos que impone nuestra edad mediática, en confrontación con el análisis lato de los asuntos. “La vida no es geométrica”, argumenta Pendás, “no todo puede ser blanco o negro”. Al tiempo, según subraya Valentí Puig, nuestra vida pública y nuestra opinión pública se ven envueltas “en un creciente emocionalismo que tuvo un hito con la muerte de Lady Di y que no analiza lo que realmente ocurre. Entramos en la política sentimentalista. Sin saber de Gadafi, le vemos en televisión y pedimos que se le haga la querra.
7 El cainismo y sus mitos
Cuadros como la Lucha a garrotazos de Goya han cuajado en el imaginario popular los rasgos del cainismo como algo propio del espíritu de la nación. Es algo que, en términos de opinión pública, se sustancia en una “dialéctica de amigo/enemigo, conforme opinan Jon Juaristi, Benigno Pendás y Tom Burns. “Sin duda, existe esta dialéctica, aquí y en otros lugares”, indica Burns, sólo que “aquí puede que más que en otras sociedades avanzadas”. Uno de los reflejos de ese cainismo afecta a la historia: la falta de honra a nuestros referentes intelectuales, adscritos a distintas banderías. En opinión de Benigno Pendás, esa dialéctica de amigo/enemigo ofrece una fácil “simplificación” de la realidad en los medios.
8 Un adiós a la belleza
En el mundo del arte, ¿qué espacio queda para la noción clásica de belleza? Según refiere José Jiménez Lozano, al considerarnos “en la cumbre de los tiempos”, podemos sentirnos superiores y mirar con condescendencia a todos aquellos que nos antecedieron. De ahí que la búsqueda de la belleza tenga ahora la consideración de un afán entre el kitsch y la reinterpretación irónica. ¿Y el paradigma de la provocación? Según Juan Manuel Bonet, escritor, crítico de arte y antiguo director de instituciones de cabecera, “en provocación está ya todo inventado o casi. Es un aburrimiento pardo”. Para Cristóbal Toral, uno de nuestros artistas más cotizados, la provocación, “ha dado muy buenos resultados publicitarios. Lo malo es que se ha pretendido confundir lo publicitario con lo creativo. De todas formas, la provocación cada vez provoca menos porque se repite tanto que ha terminado academizándose”.“Los happenings, las performances y otras exhibiciones en esta línea son puro espectáculo. La pintura es otra cosa muy distinta”, concluye el pintor. En un sentido similar se pronuncia Enrique Andrés Ruiz, para quien el hecho de provocar, “hasta ahora, ha dado buenos réditos, o eso creen al menos las instituciones políticas que la financian, del color que sean. Con una diferencia: el progresismo lo hace a sabiendas –“sabe” de su eficacia pedagógica– y la derecha, naturalmente liberal, lo hace sin saberlo (para que no digan de nosotros) y porque suele tener a lo contemporáneo por neutro o inocuo, como si fuera mera cosa de los tiempos y no lo que es: una acción política deliberada”.
9 La escena, en convulsión
La provocación no sólo afecta a las artes plásticas, también a las escénicas. Para Isabel Rey, una de nuestras cantantes líricas más internacionales, el público no sólo dejará de ir al teatro “si los espectáculos le desagradan”. Ante todo, opina la soprano, “hay que respetar los montajes operísticos como se respetan las pinturas del Museo del Prado. No se debe seguir vulnerando el derecho del público a ver esas obras tal y como fueron concebidas, en aras de una cierta modernidad”. Por el mismo camino abunda Valentí Puig: los montajes estrafalarios e impactantes dan cuenta de “un cierto resentimiento con la tradición, con el hecho de que Lope o Verdi deban ser interpretados según un canon y no llenando el escenario de inodoros o esvásticas”.
Tanto en las artes plásticas como en las escénicas y la literatura en general, conviene, según Santonja, buscar un equilibrio entre la tradición y la vanguardia. Con todo, predominan ciertas imposturas, a juicio de Jiménez Lozano: el vanguardista Dalí, sin duda, “sabía dibujar”, cosa que no siempre saben hacer tantos presuntos ultramodernos. Como fuere, la ausencia de belleza tiene que ver con algo profundo: la nula perspectiva de sentido, un descrédito de los grandes relatos que podían nutrir una vida intelectual, moral o artística. De esta perspectiva de pesimismo histórico -residuo final de un proyecto ilustrado optimista y confiado- lo que nos queda, dice Jiménez Lozano “son la fealdad y los desechos”.
10 Descrédito de las instituciones
Tras varios años en que el mayor galardón de la pintura española, el premio Velázquez, recae sobre artistas neoconceptuales –que nunca han cogido un pincel–, Juan Manuel Bonet se lamenta de que esa sea hoy “la línea oficial dominante”, y se pregunta “¿cómo se pueden hacer ciertas cosas en nombre de Velázquez? Quizá lo mejor fuera que le cambiaran el nombre al premio. Porque lo sorprendente del caso es que la opinión pública parece anestesiada: habría polémica si el Cervantes, por ejemplo, galardonara siempre a autores de una misma línea. Crítico con unas instituciones culturales “a las que les falta criterio y personalidad, que quieren demostrar lo avanzados y vanguardistas que son”, Cristóbal Toral está seguro de que “si Velázquez pintase en el siglo XXI, no le darían el premio que lleva su nombre”.
Con excepciones, el descrédito de nuestras instituciones culturales es evidente. Carlos Pujol se pregunta quiénes son los Gobiernos para opinar oficialmente sobre arte o literatura. Juan Manuel Bonet señala que el “sarampión museístico” ha conseguido que muchas pinacotecas “se hayan quedado en la carcasa”, y que surjan “museos clónicos”. La Biblioteca Nacional, recuerda de Cuenca, ha sido capitidisminuida administrativamente. E instituciones que, como la universidad, “deberían dar cauce a tanto talento disperso, desvertebrado, que va por libre”, en palabras de Benigno Pendás, “necesitan percibir que fuera de los campus existe vida inteligente” (Juaristi), “para que no siga por el camino que lleva, ser una versión ampliada de la Formación Profesional”. En investigación, el problema es algo distinto: “por un cierto populismo”, dice el doctor Patarroyo, “queremos investigar en todo, consiguiendo instituciones mediocres, cuando lo que deberíamos hacer es establecer prioridades”.
La percepción melancólica es universal. Así, en música, Isabel Rey critica un modelo de conservatorios obsoleto, por estar llevado por funcionarios que han de conservar su trabajo eduquen bien o mal a instrumentistas y cantantes. Y diversas instituciones de cabecera –García-Rosado se fija en el Teatro Real– se salen del repertorio que se lleva a escena en las tablas más importantes del mundo, de Londres a Nueva York. ¿Y las escuelas de Bellas Artes? J. M. Bonet lo dice todo al afirmar que “sigue habiendo, por suerte, mucho artista que no ha considerado necesario pasar por ellas”. A modo de triaca de este descrédito, Antonio Bonet Correa , director de la Academia de Bellas Artes, recuerda el papel de las Academias como “bastiones de ejemplaridad”.
11 Las letras, sin crítica
Pocas cuestiones suscitan mayor consenso que la mala situación actual de la crítica literaria: “pasamos un muy mal momento en crítica”, dice Gonzalo Santonja; “no sé si lo ha habido bueno en los últimos decenios”, afirma Luis Solano, premio Nacional a la Mejor Labor Editorial. Para Darío Villanueva, secretario general de la Real Academia, el hecho de haber tenido grandes críticos en nuestro país no impide que la crítica no sea “la institución potentísima que es en Francia, Inglaterra o Alemania”. “Por ejemplo, en televisión, los programas sobre libros de Bernard Pivot han llegado a emitirse en horas de máxima audiencia”, cosa que aquí no se ha dado.
A Solano le desconcierta la ausencia de “críticos de referencia”, la escasez de “voces fiables” en la crítica literaria, cuando “sí la hay en cine, por ejemplo, o en teatro”. En parte es “por falta de formación y por no distinguir el grano de la paja”, que no haya en los medios “ni espacio suficiente ni criterios de selección” para ejercer esa fundamental labor de acompañamiento y mediación que realiza la crítica entre la obra y el lector. Así, no es de extrañar que, cada vez en más ocasiones, lo que merezca credibilidad sea la editorial, más que el crítico, pues los problemas de la crítica “generan desconfianza en el lector y en los libreros que, al no poder orientarse, desconfían”.
Para Javier Gomá, hay mecanismos que, no por prosaicos, dejan de determinar de modo muy marcado nuestra crítica: “Los pocos cientos de personas que hacen la vida cultural del país se conocen. Nos conocemos, entre todos. Estamos muy cerca, demasiado, de modo que la crítica pierde en impersonalidad, no logra el necesario desinterés y distancia del objeto tratado; en definitiva, todo va en merma de la objetividad”.
En opinión de Carlos Pujol, que coincide con Santonja en calificar de “disparate” la superproducción de libros, la crítica es culpable de “establecer cánones fijos, inamovibles”, que “convierten a la literatura en penosa obligación”, generando “idolatrías” hacia autores que muchas veces no las merecen. Santonja, con un punto de ironía, se pregunta cómo es posible que se nos vendan “cuarenta obras maestras imprescindibles cada semana y, sin embargo, en los resúmenes anuales, se nos diga que no ha habido nada que mereciera la pena”. Para este erudito, un paradigma rescatable es el de Azorín, partidario de “una crítica tentativa y dialógica, no enfática y afirmativa”, una crítica que “al dudar, genere debate”. Y, sobre todo, urge recuperar un rasgo previo: “el placer de la lectura”, anterior a todo análisis.
12 Leer, no leer, qué leer
En tiempos de Gracián, según recuerda Ignacio Arellano, uno de nuestros grandes expertos en Siglo de Oro, el ideal literario era la “docta dificultad”. “Ahora”, afirma el profesor, “no creemos que un texto pueda ser a la vez bueno y difícil. Por eso, en los planes de estudios prima lo contemporáneo”. Así, “el prestigio de la lectura, de la cultura en general, se pierde, y se dificulta la labor de educar”. Con todo, mientras vamos todos hacia lecturas más fáciles, menos exigentes, “la crítica tiende, por su parte, a ser cada vez más hermética”, menos accesible incluso para personas cultas pero no especializadas.
“Como en todas partes, hay mucho best seller”, afirma Luis Solano, “lo único malo es que parezca que todo compite con todo, porque no es así”. “En general”; continúa el editor, “no deberían compararse ni compartir las mismas páginas los libros con cierta voluntad literaria y los que no la tienen”. Para Solano, buena parte del desajuste está en los escaparates de las librerías: “faltan librerías de fondo; hay que seleccionar y algunos libreros no pueden hacerlo, dada la cantidad de novedades que reciben, porque editamos más de lo que el mercado absorbe, como si compráramos con cada libro publicado un billete de lotería. Lamentablemente, la única manera de tener una clientela fiel es que el librero seleccione, pero hoy llega todo mezclado, aparentemente indistinto, lo bueno y lo malo”.
13 El peso de la ficción y la no ficción
“En la literatura española, por tradición, no ha habido una voluntad clara de contar historias, si la comparamos con continuidades narrativas como la inglesa o la francesa”, afirma Luis Solano. “Los escritores españoles se han fijado más en la voluntad de estilo, en los adornos. Así son más difíciles de traducir, y por otra parte también sus obras envejecen antes. A lo largo de todo el siglo XX, no hemos dado un novelista equiparable a Galdós. El predominio de las novelas de experimentación o de tesis tampoco ha ayudado”. Preguntado por si hay un peso excesivo de la narrativa en las librerías, por comparación con otros géneros, Solano recalca la tradicional vertiente “hedónica” del libro, el hecho de que, si hay más novelas, se debe simplemente a la demanda del público lector, mientras que para Fernando Castillo, este sobrepeso narrativo existe y “no está justificado”.
Para Darío Villanueva, catedrático de Literatura y secretario general de la Real Academia, “la novela, desde el siglo XIX, es el género rey, y ha resistido bien otras narratividades, del cine a la televisión o el cómic”. Por eso, “nunca se ha publicado más ni se ha leído más novela”. Villanueva, sin embargo, reconoce que la novela participa de la “redefinición” que aguarda a toda literatura: “una posliteratura, una literatura mediatizada por la industria cultural, basada más en el marketing que en la crítica”. De distinto cariz es la observación de Carlos Pujol, para quien “el siglo XX ha conocido un punto de agotamiento en lo novelesco. El papel social que tuvo la novela en el mundo occidental de entonces se lo ha entregado al cine”.
La crítica que plantea Arcadi Espada a la ficción es de fondo: para él, la hipertrofia de la narrativa “es característica de un país culturalmente subordinado”, porque “lo ficcional no puede ser la piedra angular de un debate”.
14 Política cultural, entre subvención y localismo
“Uno de los males de nuestro Estado taifal ha sido la generación de una subdivisión de la cultura subvencionada y localista”, comenta Arcadi Espada, para quien subvenciones y localismos “alteran el mercado y, en definitiva, constituyen una trampa”. En opinión de Enrique Andrés Ruiz, la figura de los intelectuales locales –“algunos muy pesados y otros muy amenos”– ha sido tradicional, pero “lo que hay hoy no es eso, sino las sucursales autonómicas, locales o localísimas del “contemporaneísmo” universal”. En una línea similar al planteamiento del reputado crítico de arte, Valentí Puig subraya que “lo nuevo ha sido el sistema de recompensas”, por el cual la política “suplanta al Estado en sus más nobles funciones”.
En términos más generales, la política cultural –“un artificio muy reciente”, en opinión de González Quirós–, debería centrarse en la promoción de la conservación. Si no, según recuerda este analista, se llega a la situación por la que un grupo de música actual lamentaba “lo difícil de no ser asumidos por el poder”. En un planteamiento paralelo, el premio Cervantes José Jiménez Lozano advierte de los peligros que representan las políticas culturales en manos del poder, en tanto que le permiten a este manipular la cultura a su antojo y hacer de la misma “lecturas ideologizadas”.
En lo que respecta a las subvenciones al cine, el siempre cinéfilo Luis Alberto de Cuenca lo tiene claro: “Cuando en el mundo se hacía buen cine, España no era una excepción, pero ocurre que antes las películas eran mejores. En España no hay industria, es artificial porque todo está subvencionado, y en algún momento alguien tendrá que decir un ‘hasta aquí hemos llegado con las ayudas’. Por otra parte, el sistema de subvenciones ha sido muy injusto: siempre reciben los mismos el dinero; hay artistas que llevan años sin poder hacer una película, por mucha gloria que nos hayan dado, y otros están muy mimados por el poder”.
15 Un nuevo modelo de hombre
“Hoy existe, sobre todo”, afirma Benigno Pendás, “un error en los modelos que proponemos para la admiración”. Una admiración que, en palabras de Jiménez Lozano, en buena parte se ha perdido, “porque la posmodernidad es eso, que todo dé igual”. Así, lo que se logra es una “uniformidad del hombre”.
Y nada hace esperar que todo vaya a mejor; según el catedrático José Penalva, el actual modelo vigente en la educación generalista, la Logse, “nace con la voluntad de acabar con la cultura tradicional”. En el fondo de este “desgobierno de las cabezas”, de este “revolutum” (Jiménez Lozano), lo que late es “una rebelión contra los maestros y los padres”. Sin referencias ni anclajes, perdida la Filosofía “como propuesta de sentido vital” (Cardedal), llegamos a un relativismo que, al abandonar todo fundamento, conlleva consecuentemente que “todo esté abierto”. Así, en un mundo en el que había verdades ciertas, “teníamos el pudor de asumir que quizá no teníamos razón”; por contra, cuando las opiniones valen lo mismo, no hay razón para no darles un valor absoluto. Y esta “laxitud de la conciencia colectiva” que genera el relativismo no deja de conllevar a su vez, según Gomá, un “mal uso de la libertad privada”, que no es otra cosa que la definición de la vulgaridad. Es decir, todo lo contrario de lo que entendemos por cultura.
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3 Comentarios
La libertad en su máxima expresión, la republicana, da la opción de que cada cual exprese su opinión, sin que por ello pueda ser acusado de sectario ni de rojo ni de fascista. Y respeta la historia de los antepasados tal como fue. Y en ningún caso impone opinión alguna, solo el respeto.
Pero en último en España pretendiendo ser demócratas imponemos la opinión de las minorías a las mayorías, las anulamos y borramos toda aquella historia que las honra. Aquí vivimos la cultura de la anulación sectaria, en unos casos de los incultos y en otros de los incultos y locos.
Y esa es la cultura y la historia que se quiere quede. La de los locos.
España de seguir como va será la patria de los locos. España será un manicomio gracias a los locos que la gobiernan.
So. Andrés Castellano Martí. Gracias.
Mal se puede analizar nada si se parte de un presupuesto falso. Si leemos el artículo, podemos apreciar que todos los que opinan como intelectuales son personas que están encuadradas en campos de las humanidades. Ese es y ha sido el gran problema de España, considerar únicamente intelectual a los escritores, filósofos, pintores, teólogos,..., despreciando a los que se dedican a las matemáticas, física, biología, ingenierías,... Y así nos ha ido, mientras que todo el mundo puede citar escritores, pintores, músicos,... españoles mundialmente conocidos, ¿cuántos científicos españoles son conocidos en el extranjero o en la propia España?. La educación en España se ha fundado siempre en una hipervaloración de las materias humanísticas en los currículos, despreciando al resto. No es raro leer a esos intelectuales humanísticos reconocer sin ningún rubor su ignorancia en los más elementales contenidos científicos, y a todo el mundo le parece de los más normal. Si un supuesto intelectual reconoce que no sabe calcular un porcentaje, se le ríe la gracia con condescendencia, pero, ¿cómo se le trataría si reconociese no acordarse si tal palabra es con v o con b?.
España en su historia es unica ahuque se queda corta en algunas materias devido a la precaria cultura de la que son responsables nuestros malditos governantes (pocos se salvan) pintores,escritores artistas en general (no los titiriteros) se puede recuperar con una buena cultura continuada,la que esta ahi es nuestra historia unica, que tratan de minimizar ¿que niño en la escuela ,en toda españa, no se sentiria orgulloso de nuestros esploradores de nuestros conquistadores? hay que enseñarselo,es muy facil, una cultura comun,bastaria.
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