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    Douglas Sirk durante un rodaje
    Se cumplen 25 años de su muerte

    Douglas Sirk, el hombre que popularizó las lágrimas

    06 FEB 2012 | G. García.

    El director de ‘Escrito sobre el viento’ fue el rey del melodrama en el Hollywood de los cincuenta.

  • “¿Quién conoce a Douglas Sirk? Es el autor más desconocido de todo el cine americano, pero una de sus personalidades más apasionantes”, escribió en 1988 el crítico francés Patrick Brion. Y hoy, cuando se acaban de cumplir 25 años de su muerte, el rey del melodrama de Hollywood sigue siendo objeto de interpretaciones tan diversas como contradictorias. Tal vez porque, como él afirmó, “la inseguridad y la vaguedad de los objetivos del hombre son el centro de mis películas”.

    El propio director de filmes como Imitación a la vida y Escrito sobre el viento fue alguien difícil de definir. Autor de un cine popular que partía de materiales propios de telenovela, Douglas Sirk era en realidad un artista refinado. Nacido en Alemania y de padres daneses, se crió en un ambiente culto y exclusivo: estudió Derecho, Filosofía e Historia del Arte, asistió a cursos de Einstein, fue conocido de Kafka, tradujo sonetos de Shakespeare y trabajó desde los 20 años en el puntero teatro alemán.

    De ahí pasó al cine, dirigiendo varias películas para la UFA –la productora del Tercer Reich–, hasta que en 1937 decidió huir a Francia junto a su segunda mujer, judía. Llegó a Hollywood poco después, de la mano de la Warner Bros, para dirigir un remake de uno de sus filmes alemanes. Pero empezó con mal pie: el proyecto no vio la luz y Sirk tuvo que sobrevivir durante dos años criando pollos y cultivando alfalfa en una granja...

    Poco a poco, sin embargo, se abrió paso en el mundo del espectáculo, primero como guionista –aunque ninguno de sus libretos logrará filmarse– y luego como director de varias películas independientes y modestas. Y en 1950, al inicio de la década con cuyo espíritu conectó mejor que nadie, le llegó la oportunidad en forma de contrato con la Universal, donde se convertirá en uno de los directores más famosos –y menospreciados– de su época.

    El melodrama fue su género. Filmes repletos de giros argumentales increíbles, protagonizados por actores algo limitados que le imponía el estudio, como Rock Hudson y Dorothy Malone, y que, según él mismo dijo, “trasladaban al medio de la burguesía todo lo que antiguamente ocurría entre los reyes y los príncipes”. El propio Sirk era consciente de la debilidad del material que tenía que rodar: “Me daban un guión y me decían: ‘Aquí tienes esta historia, trata de sacar algo de esta basura’. Y esto hace que tu imaginación se ponga a trabajar”, confesó una vez.

    Por eso, se autodenominó “doblegador de historias”. Supo sacar el máximo partido a estos guiones y a sus actores y convertir lo sentimental en intenso y lo tosco en sutil. En las entrevistas que mantuvo con el historiador Jon Halliday, recogidas en el libro Sirk on Sirk, declaró: “Hay una distancia muy estrecha entre el arte serio y el de pacotilla, y este segundo, cuando contiene la suficiente locura, puede transformarse en el primero”. Unas enseñanzas que han aplicado sus principales discípulos, como Fassbinder y Almodóvar.

    En 1959, con el fin de la década, Douglas Sirk opinaba que su época ya había pasado y se retiraba en la cima de su carrera, regresando definitivamente a Europa, primero a Alemania y luego a Suiza, donde enseña cine y vuelve a trabajar en teatro. En esos años, sus películas, consideradas hasta entonces como la quintaesencia del Hollywood comercial, comienzan a ser reivindicadas por los críticos de Cahiers du Cinema. No sin excesos. Como señala Bertrand Tavernier en su libro 50 años de cine americano: “Ya que resultaba incómodo celebrar un autor de melodramas, se trató de probar a toda costa que su obra era una revisión de los clichés del género, una destrucción de sus reglas, llegando al contrasentido de decir que algunas de sus intrigas lacrimógenas eran en realidad comedias hilarantes. Pero intentar convertir sus películas en lo que no son, sólo las aporta un prestigio superficial”. Y que no necesitan. Porque, en cualquier caso, lo cierto es que sus filmes siguen conservando la misma extraña fuerza que poseían hace medio siglo.

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