
En ‘El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia’, el novelista argentino aborda la historia de su familia. “Intenté dejar de escribir, pero fracasé”, cuenta.
G. García. Madrid
Hace unos años, Patricio Pron decidió abandonar la literatura. “Pensaba que estaba haciéndoles perder el tiempo a los lectores y a mí mismo. De modo que me marché a una ciudad alemana muy pequeña, con la esperanza de que nunca nadie volviera a saber nada de mí. Pero fracasé”, cuenta. Porque la literatura no quiso dejar a este autor argentino, afincado en Madrid, que ahora publica El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Mondadori), donde rinde homenaje a la generación de sus padres, “que creó un legado ético y político que merece ser reivindicado”, afirma.
-¿Ha sido duro escribir sobre los propios padres?
-Desde luego. Fue una enorme responsabilidad. El libro fue escrito para ellos, aunque en última instancia relata el resultado de una experiencia colectiva. En los momentos de desfallecimiento, cuando pensaba que era una historia más dolorosa y difícil de escribir que ninguna otra, pensaba que tenía una responsabilidad para con aquellos que, siendo hijos de activistas políticos en la década de los setenta, están en este proceso de hacer memoria. Quería comprender cuáles fueron sus motivaciones y cuánto del espíritu de transformación que presidió su experiencia política podía ser útil hoy.
-¿Comprender a los padres es una obligación?
-Es una tarea ineludible y que, por tanto, es mejor que sea hecha cuando están vivos. Estoy muy feliz de que mi padre haya podido leer esta historia. Todos los hijos son los detectives de los padres.
-Usted dice que es un escritor político, pero afirma que “el poder de transformación de la palabra es ínfimo”...
-A corto plazo sí. Los escritores somos poco influyentes en la vida política de las sociedades, pero mucho en el ámbito de la historia de las mentalidades. La literatura produce transformaciones a un ritmo muy distinto del de los periodos electorales que, a los que creemos que el mundo está mal aquí y ahora, puede parecer decepcionante y lento.
-¿Y a largo plazo?
-Nuestro mundo está conformado por textos que han sido muy influyentes. El mundo contemporáneo, por ejemplo, le debe mucho más a Lolita, de Nabokov, que a aquellos políticos norteamericanos que en su momento quisieron censurarlo. En cierto sentido, la literatura tiene un poder de transformación superior al de la política cotidiana.
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