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El escritor de Nueva Jersey presenta en Barcelona ‘Diario de invierno’, su memoria autobiográfica.
Como una estrella del rock fue recibido ayer el escritor norteamericano Paul Auster en Barcelona. Acompañado en todo momento por Jorge Herralde, patriarca de la editorial Anagrama, presentó su último libro: Diario de invierno. En él se estudia a sí mismo como a “una rata de laboratorio”, al creer que como ejemplo de ser humano su vida puede servir a los lectores para desentrañar los misterios de estar vivo.
El 3 de enero de 2010 faltaba un mes exacto para el 65 cumpleaños de Auster. Era pleno invierno en Nueva York, donde no paraba de nevar y hacía mucho frío. Se disponía, como cada principio de año, a escribir un nuevo libro. Es un hecho incontestable que ya no es joven y, como el tiempo pasa rápido, pensó que quizá había llegado el momento de dejar de lado sus historias e intentar analizar cómo ha sido vivir en su propio cuerpo. Si en su libro A salto de mata rememoraba sus años juveniles de aprendiz de escritor, en este Diario de invierno parte de la llegada de las primeras señales de la vejez para evocar algunos episodios de su vida; no todos.
Así, se suceden las historias como una especie de fenomenología del respirar. Auster se propone recordar las sensaciones exactas que le han permitido sentirse vivo. Hacer un inventario de las heridas del cuerpo, de las marcas de una vida, las dulces y las dolorosas, los vicios y las virtudes, de los enamoramientos y de las muertes. Un catálogo de las casas y las ciudades donde ha vivido y de los amores y los afectos con quien las ha compartido.
El autor reveló ayer que concibió la obra como una composición musical, que fue tomando forma mientras pasaban los días, porque al principio “no estaba muy seguro” de lo que quería. Más sobrio de lo que había planeado en un primer momento, el resultado final es una no ficción de casi 250 páginas en la que tanto descubre que de muy pequeño se desgarró la cara con un clavo que salía de una mesa en unos grandes almacenes como que su manera de percibir el mundo cambió completamente cuando a los 14 años un amigo cayó fulminado junto a él por un rayo.
Reconoció que le ha supuesto un gran esfuerzo mirarse desde fuera. “Es verdad –precisó– que tengo el impulso de escribir cosas sobre mí y no porque piense que lo mío sea más interesante, sino porque creo que si comparto mis experiencias con el lector, este se puede ver reflejado”. Y tras mirarse en el espejo para elaborar este diario, insistió en varias ocasiones que no ha inventado nada de lo que narra, y que lo que se ve es “la persistencia de ciertos recuerdos”. “También veo que hay un empate entre las cosas buenas y las malas que me han ocurrido en la vida, lo que quizá nos ocurre a la mayoría de nosotros”, apuntó.
El resultado final, según la crítica unánime, es un magistral autorretrato con la pasión y la ejemplar viveza de la prosa y señas de identidad de Paul Auster, que recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006.
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