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Desde hace unos días, la cartelera norteamericana propone J. Edgar, la película en la que Leonardo DiCaprio interpreta a quien controló la vida interna de Estados Unidos durante medio siglo. De los presidentes hacia abajo, nadie se libró de su chantaje. Pudo con el crimen organizado, dejó caer a McCarthy y quiso destruir a Luther King.
En 1919, tras la I Guerra Mundial -a cuyo final había contribuido de forma decisiva-, Estados Unidos saboreaba su nuevo estatus de gran potencia. Sin embargo, dentro de su territorio, tenía que encarar un fenómeno, hasta entonces desconocido, que amenazaba con desestabilizar el país si se expandía. Era la agitación roja, por entonces en pleno apogeo en las democracias occidentales a raíz del éxito de la Revolución de Octubre en Rusia.
El método preferido por sus promotores eran las huelgas salvajes sin descartar del todo la violencia pura y dura. Y sin pararse en barras: el 2 de junio, la casa de Mitchell Palmer, fiscal general de Estados Unidos -equivalente a ministro de Justicia- era devastada por un incendio. Palmer encomendó la recolección de datos sobre los radicales en todo el país a un empleado de su Departamento cuya edad no sobrepasaba los 24 años.
Tienda de ultramarinos
El joven no perdió el tiempo: en tres meses ya disponía de 150.000 nombres de peligrosos activistas; dos años después, de 450.000. La aplastante eficacia no solo logró sus objetivos, sino que supuso el nacimiento de la leyenda de John Edgar Hoover -J. Edgar para la posteridad-. Aún planea en el subconsciente de millones de norteamericanos. No es para menos: durante 48 años -so pretexto de velar por su seguridad- controló sus vidas.
Lo hizo al frente del la Oficina Federal de Investigación -FBI en sus legendarias siglas- y de los organismos que le antecedieron. Nunca, en dos siglos de historia, un funcionario público tuvo tanto poder en Estados Unidos. ¿La prueba? Ni uno de los ocho presidentes a los que sirvió -de Calvin Coolidge a Richard Nixon- se atrevió a cesarle.
Según su biógrafo Richard Powers, la acumulación de archivos y de fichas le dio un semimonopolio sobre un tipo de información tan difícil de obtener, de alcance tan amplio y tan inaccesible, que convertía en imposible la comprobación de su veracidad.
Asimismo, esta excepcional longevidad en tan estratégico cargo se debe a una no menos excepcional personalidad -para lo bueno y para lo malo-, forjada desde su más tierna infancia. Último retoño de un funcionario federal, vino al mundo el día de año nuevo de 1895.
No nadó en la abundancia, pero nunca le faltó de nada. Pero, como niño avispado que era, con 12 años decidió que ya era hora de ganarse un dinerillo: se situaba delante de las tiendas de ultramarinos y proponía a los clientes llevarles a sus casas parte de la compra. “Me pasé la infancia corriendo”.
No solo por las calles exhibió sus dotes físicas. Este brillante alumno se sentía justiciero y no dudaba en hacer uso de su fuerza para dirimir peleas en el patio del colegio. Lo hacía por exhibición y porque aplicaba los principios que le inculcó una madre de rígidas convicciones protestantes: respeto escrupuloso de las reglas, castigo ejemplar a quien las violase y premio a la obediencia. Los aplicó, a su manera, durante el tiempo en que controló la seguridad interior de su país.
El empeño que puso en sus primeros años en la Administración Federal, unido a la corrupción y la ineficacia que imperaban en los ambientes policiales en tiempos de Warren Harding, fue aval suficiente para que Coolidge le nombrase, con 29 años, director de la Oficina de Investigación (todavía no era el FBI). Una de las primeras medidas que tomó fue la erradicación total del consumo de alcohol entre sus agentes en la época de la Ley Seca.
El rabo entre las piernas
Tras los agitadores comunistas -los consideraba el mayor peligro que se cernía sobre Occidente desde las invasiones bárbaras-, el primer colectivo que se las vio con Hoover fue el de los grandes gánsteres que atemorizaron a la población -sobre todo en el Medio Oeste- desde finales de los 20 hasta mediados de los 30. Dicho esto, antes de ganarles, sufrió varios reveses.
Uno de ellos, fue la muerte de cuatro de sus agentes, en Kansas City, a manos de tres sicarios del mafioso Frank Nassh. Otro fue la muerte de tres inocentes cuando intentaba arrestar al cabecilla John Dillinger.
Pero el desánimo y la resignación no formaban parte del universo de Hoover. Tras el incidente de Kansas, pidió -y obtuvo- que el Congreso votará rápidamente nueve leyes contra el crimen organizado. Éstas ampliaban sus competencias y aumentaron el presupuesto a su disposición. Los resultados no se hicieron esperar. Dos meses después, sus hombres arrestaron a los secuestradores del magnate del petróleo Charles Urschel sin disparar una bala.
Hoover, cuya capacidad de manipulación de la opinión solo era superada por su ansia de publicidad, explotó el éxito hasta la saciedad y lo repitió las veces que hizo falta. Si bien en una ocasión -el secuestro y posterior homicidio del hijo del aviador Charles Lindbergh- volvió con el rabo entre las piernas. Hoover quiso participar en el arresto de los asesinos pero Norman Schwarzkopf -jefe de la policía de New Jersey y padre del general del mismo nombre- le dijo que el caso no era de su incumbencia.
Le daba igual, pues ya disponía de una red de periodistas cortesanos. Uno de ellos, Courtney Cooper, escribió 33 artículos en American Magazine, a cada cual más mitificador de las hazañas de Hoover.
Así las cosas, su reputación ya estaba asentada cuando llegó el primer presidente al que supo seducir para mantenerse en el cargo. Pocos apostaban por una compatibilidad de caracteres entre Hoover y Franklin Roosevelt. Sin embargo, congeniaron desde el primer momento y las competencias de Hoover se ampliaron aún más.
El favor no fue óbice para que Hoover mancillara para siempre las famas de quienes le estorbaban en el entorno presidencial. Por ejemplo, la influyente mujer de Roosevelt, Eleanor. Tras un incidente entre ambos , Hoover decidió neutralizar a Eleanor. Difundió el rumor de su supuesto lesbianismo basándose en un mero cotilleo que, sin elementos, concluyentes, circulaba por Washington. Y funcionó.
Acabó con la carrera de Sumner Welles, alto cargo del Departamento de Estado. ¿Su crimen? Le hacía sospechoso de haber hecho, un día de borrachera, una leve insinuación homosexual a un empleado de los ferrocarriles.
En los prostíbulos
Muerto Roosevelt, su sucesor, Harry Truman, no pretendió despedir a Hoover pero sí marcar ciertas distancias. Ordenó que comunicará con la Casa Blanca bien a través del fiscal general, bien a través de su ayudante el general Harry Vaughan. Hoover decidió entonces involucrar a estas personas en el espionaje a otros miembros del Gobierno. Filtró el caso a la prensa y comprometió a Truman. Al presidente no le quedó más remedio que despachar directamente con el director del FBI.
Por esa época -finales de los 40-, Hoover también intervino en el Capitolio. Sacó del apuro a un congresista, Richard Nixon, que había conducido una pésima investigación parlamentaria sobre personas sospechosas de espiar al servicio de la URSS. No fue tan magnánimo con Joseph McCarthy: tras apoyarle sin reservas, le dejó caer de la noche a la mañana cuando supo que su causa ya no era popular.
Por elemental prudencia, Dwight Eisenhower le condecoró con la Medalla Nacional de Seguridad. De ahí que elección de John Kenendy levantara expectación sobre cómo serían las relaciones con Hoover. Más aún si se tiene en cuenta que su superior directo iba a ser Bob Kennedy, un hombre de fuertes impulsos éticos. No obstante, la abultada información que Hoover tenía sobre el clan disuadió a los hermanos de cualquier atrevimiento.
Hasta el día en que Hoover los alertó de que una amante de John también lo era del mafioso Sam Giancana. Hubo momentos de tensión: Hoover tal vez ignoraba que Giancana fue clave en el pucherazo que permitió la elección de Kennedy. Supo que había tocado un nervio y dio marcha atrás con sigilo.
En cambio, el director del FBI si logró manipular al famoso clan acerca de la intensa actividad de Martín Luther King en los prostíbulos. Era cierto, pero exageró su alcance para que dejase de ser bien visto en la Casa Blanca. Lo consiguió a medias. Dicho esto, Hoover empezó a dar signos de fatiga cuando pretendió reprimir como en los años 20 las revueltas urbanas de los 60. Este error de apreciación generó las primeras dudas sobre su idoneidad.
Sin embargo, Lyndon Johnson cambió la ley para mantenerle en su puesto más allá de los setenta años. Hoover seguía siendo Hoover. Y no sería Nixon, obviamente, el que le quitara del medio.
Como Hoover sabía lo que el californiano le debía, se permitió, en la primavera de 1972, hacer el siguiente comentario: “En la Casa Blanca, hay una panda de muchachos que pueden meter al presidente en una buena”. El 2 de mayo, Hoover murió, víctima de un ataque al corazón. Al mes siguiente, estallaba el caso Watergate. ¿Cómo hubieran transcurrido los acontecimientos de haber vivido Hoover?
Trailer de la película dirigida por Clinte Eastwood
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