
La subsecretaria Vaticana del Pontificio Consejo para Justicia y Paz, Flaminia Giovanelli se ha dirigido hoy lunes a la asamblea de los obispos de la UE, la COMECE, cuyo 6 Encuentro con Líderes Religiosos europeos tiene lugar hoy y cuyo tema de discusión es la lucha contra la pobreza. La Gaceta de la Iglesia les ofrecerá también el discurso del Obispo de Rotterdam, Mons. Adrianus Van Luyn, Presidente de la COMECE.
La globalización que ha embestido al continente europeo como otras partes del planeta, ha amplificado la complejidad y multidimensionalidad del fenómeno « pobreza ». Efectivamente, la globalización ha puesto en marcha un mecanismo que, caracterizado por la competitividad, es muy eficaz en vista de la producción de nueva riqueza pero muestra todos sus defectos en la fase de redistribución de la misma entre los que han contribuido a crearla, puesto que tiende a remunerar dos bienes económicos particulares: los conocimientos y las capacidades tecnológicas.
Ahora bien, si es innegable que, en esta óptica, los países de la UE ocupan, en su conjunto, una situación privilegiada respecto a países de otros continentes, hay que reconocer que las desigualdades son aún demasiado grandes, y desgraciadamente van en aumento, en el interior de países miembros, como en los otros. Las estadísticas son conocidas y muestran no solo el alcance de la pobreza como tal (78 millones de personas, el 16%, viven debajo del umbral de la pobreza, 85 – 17% según los últimos datos) pero sobre todo, las dimensiones de la pobreza relativa de las personas (en 2005, 20% de los ciudadanos más ricos tenían ingresos cinco veces superiores al del 80% de la población), y entre los países (las personas consideradas pobres en Luxembugo y Bulgaria disponen de ingresos que no sobrepasan el 60% de ingresos medios de su país, que son respectivamente de 1.500 euros por mes y 132, sin hablar de las diferencias en servicios sociales de ambos países). Esta situación de desigualdad golpea especialmente a los que no son competitivos, los más vulnernables, los niños, los disminuídos físicos, los mayores, las mujeres, sobre todo de más de 65 años, los que sufren una dependencia, y los que han nacido en una familia pobre y no logran romper ese círculo de pobreza.
Estadísticas aparte, la pobreza relativa manifiesta la injusticia de un mundo donde viven codo con codo los ricos y los miserables, gente que no tiene nada, y que es privada de lo imprescindible, y personas que derrochan sin medida lo que otros necesitan desesperadamente.
La exigencia de la Ética en la vida de la economía globalizada se hace sentir, pues, de una manera aún más constrictiva, pues que si la vida económica precisa del 'contrato' para reglamentar las relaciones de intercambio, también precisa de leyes jutas y formas de redistribución guiadas por la política, y también de obras que sean marcadas, como afirma el Papa Benedicto XVI en su encíclica 'Caritas in Veritate', por el 'espiritu del don' (cf. n. 37).
Esto es cierto sobre todo a la hora de la crisis económica y financiera, una crisis que, engendrada técnicamente por la globalización, se revela ser una crisis estructural, una crisis de valores, una crisis de confianza. Lo que está en crisis no es solo la confianza necesaria para el uso correcto de la “balanza” financiera por parte de los operadores, sino la confianza necesaria para hacer frente al futuro, como lo prueba la baja demográfica que se manifiesta, por ejemplo, en la mayoría de países de la Unión.
Hay que reconocer que es dificil plantearse el futuro, sobre todo para las jóvenes generaciones, de cara al problema de falta de trabajo, causa primera de exclusión social, que alcanza proporciones intolerables. Intolerables no solo por el elevado número de parados que sigue creciendo (en el mes de mayo eran de 23,127 millones, 35.000 más respecto al mes anterior), sino también por el número de « trabajadores pobres » (8% de los trabajadores de la Unión, 15 millones de personas) que no disponen de unos ingresos que les permitan una vida digna para ellos y sus familias. Es por eso que el 1 de mayo del 2000, el Papa Juan Pablo II lanzaba « un llamamiento con ocasión del Jubileo de los trabajadores para una « coalición mundial en favor del trabajo digno », alentando la estrategia de la Organización Internacional del Trabajao (Caritas in veritate, 63).
Por esa misión, la Iglesia Católica debe estar al lado de los pobres, de convertirse en su voz y promover las iniciativas para contibuir a hacerles salir de esa situación. La obra de Caritas en general y la de Caritas Europea en particular, es bien conocida, así como las numerosas organziaciones al servicio de los pobres. Además, en la difícil coyuntura económica que vivimos, la Iglesia alienta y a veces ayuda a crear empresas que se situen en una amplia esfera intermediaria entre las empresas con ánimo de lucro (beneficio) las organizaciones sin ánimo de lucro (no-beneficio) y constituyan una « nueva realidad que toque lo público y lo privado y no excluya el beneficio, sino que lo considere como instrumento para realizar objetivos humanos y sociales » (Caritas in Veritate 46). En cuanto a la crisis de los sistemas de protección social que golpeoa hoy especialmente a los países de la Unión, la última encíclica del Papa solicita replantearse el estado del bienestar a partir de la fraternidad, es decir, en un sentido universalista y social.
En fin, más de 60 obispos de la Iglesia Católica, el día de los santos patronos de Europa, Cirilo y Metodio, han querido marcar su adesión al Año contra la Pobreza y la Exclusión social, y mostrar por ello su aprecio por esa iniciativa del Parlamento Europeo y de la Comisión con un gesto simbólico en sus diócesis, en signo de comunión con los pobres, entre ellos y con el Papa Benedicto XVI quien, ese día, visitando el Hogar de Cáritas en su diócesis, la de Roma, ha querido « alentar no solo a los católicos, sino a todos los hombres de buena voluntad, en particular a los que tienen responsabilidades en la administración pública et en distintas instituciones a vincularse a la construcción de un futuro digno para el Hombre, redescubriendo en la caridad la fuerza motriz para un auténtico desarrollo y por la realización de una sociedad más justa y fraternal.
Flaminia Giovanelli
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