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El indio Juan Diego subió al cerro y allí oyó una voz que le llamaba: “Juanito, Juan Dieguito”. Con esa sencilla frase, la Virgen de Guadalupe, la Madrecita compasiva, comenzaba una historia de amor con todos los que viven en México: una historia que comenzó en 1531 y que nada, ni maledicencias ni atentados, ha conseguido romper.
La Gaceta de la Iglesia / José Antonio Fúster (Semanario ALBA). El automóvil se estropeó donde los automóviles suelen estropearse: en el peor de los lugares posibles, en un camino perdido de un páramo desolado a una hora al norte de Chihuahua. A la vista: nada. Tras una colina, otro camino aún peor y un ranchito con una casa imposible en la que los muros se mantenían de pie en desafío de varias leyes físicas. La dueña de la casa, pobre y amable, me indicó dónde podía encontrar una vieja lata para llenar de agua: “En el patio, junto a la Madrecita, y tenga cuidado con los cochinos, señor”. ¿La Madrecita? Aquel lugar olvidado era gris y marrón, el suelo del patio era más marrón, los cerdos, dos, eran marrones... todo en aquel lugar era ocre, sucio, triste y te obligaba a arrugar la nariz. No todo. Una pared al fondo, junto a la cochiquera, estaba encalada como una casita de pueblo menorquín. En medio de aquel muro blanco e inmaculado se alzaba la imagen de la Virgen de Guadalupe, que miraba al suelo ocre con sus ojos dulces y buenos. Y sí, allí estaba el cubo. Como había dicho aquella mujer: junto a la Madrecita.
El que habla con el águila
Dos días después, en el despacho de un hombre de negocios mexicano, en un piso fabuloso del Distrito Federal, en el barrio de Polanco, no había otro cuadro en el despacho que la imagen de la Virgen de Guadalupe. Al comentarle lo que había pasado en el ranchito de Chihuahua, el ejecutivo se encogió de hombros sin darle la más mínima importancia: “Nuestra Madrecita se merece el mejor de los lugares. No puede haber un mexicano de bien que arrumbe a Nuestra Señora de Guadalupe. No se olvide de que es la Reina de México”.
Y Emperatriz de las Américas desde que la coronara Pío XII en 1945, más de 400 años después de que un indio de Nueva España llamado Cuauhtlatoatzin o “El que habla con un águila” y bautizado como cristiano entre 1525 y 1530 con el nombre de “Juan Diego” viera y hablara con la Virgen María en cuatro apariciones ocurridas del 9 al 12 de diciembre de 1531 en un cerro llamado Tepeyac, al norte de la ciudad de México.
Era sábado, y según narra el libro conocido como Nican Mopohua (“Aquí se cuenta”, que es una forma muy común para el comienzo de cualquier relato en lengua náhuatl), era muy de madrugada cuando el indio Juan Diego, un hombre de edad avanzada para la época: 57 años y viudo reciente, caminaba por el cerro en dirección a la ciudad de Tlatelolco, hoy unas ruinas de la capital mexicana. Amanecía cuando Juan Diego oyó cantos en el cerro, semejantes a los de los pájaros, “pero más hermosos”. Antes de que pudiera ir al encuentro de quien cantaba, se hizo el silencio y muy poco después oyó una voz que le reclamaba: “Juanito, Juan Dieguito”. El indio subió al cerro y se encontró con la aparición terrenal de María, de “sobrehumana grandeza” que le preguntó: “Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿dónde vas?”.
“Hijo mío, el más pequeño”
La Virgen y Juan Diego comenzaron un diálogo que el Nican Mopohua relata con ternura y en el que María pidió al indio que fuera a visitar al obispo de México y le contara que Ella quería que se construyera en ese cerro un templo. El obispo, Juan de Zumárraga, como es natural, no creyó al converso y el indio volvió para contarle a la Virgen el fracaso de su misión y para pedirle que le relevara en el encargo porque no se sentía capaz de tamaña empresa. La Virgen le confió que no podía ser nadie más que él, “el hijo mío, el más pequeño”, quien llevara su mensaje. Al día siguiente, domingo, Zumárraga volvió a despedir a Juan Diego sin creerle, y le advirtió de que haría falta una señal o prueba de su relato. De inmediato volvió el indio al lado de María, y ésta le emplazó para el día siguiente, lunes. Pero Juan Diego no fue a la hora acordada. La noche anterior, al llegar a casa, supo que un tío suyo había contraído la peste y que se moría. El pariente, llamado Juan Bernardino, también cristiano, pidió a Juan Diego que le trajera un sacerdote y éste marchó de nuevo a Tlatelolco, pero procuró pasar rápido por el cerro, rodeando el lugar donde se le aparecía la Virgen, para que la Señora no le viera y llegar pronto a por el cura. Pero María salió a su encuentro, y le reconvino que se preocupara por cosa alguna: “Que nada te apene o te inquiete”, dijo la Virgen, y Juan Bernardino sanó en aquel momento de la peste. Entonces, María le dijo a Juan Diego que subiera al cerro y recogiera las flores que allí tenía que haber. El indio subió y se maravilló al encontrar rosas de Castilla “llenas de rocío como perlas” en pleno mes de diciembre. Las cortó, las juntó en su ayate (una tela basta que usan los campesinos para recoger frutos) y bajó al palacio del obispo. Allí, el indio relató cómo había encontrado rosas de Castilla en un cerro en el que sólo hay espinos en diciembre y cómo la Virgen las había metido con su propia mano en su ayate campesino. Entonces, Juan Diego soltó la tela y las flores cayeron al suelo. El obispo y los que allí estaban vieron con sus ojos que en el ayate se había pintado una imagen preciosa de la Virgen, no una fotografía, sino el retrato entero de una Señora hermosa y dulce, de rostro ovalado y rasgos indígenas, virginal, en gesto de oración y embarazada.
Poco más se cuenta en el Nican Mopohua. Tras el milagro, que se refuerza con la visita al obispo Zumárraga del tío de Juan Diego para dar cuenta de su curación milagrosa y de la última aparición de la Virgen (en la que Ella revela su nombre: “Siempre Virgen Santa María de Guadalupe”), se narra que el prelado ordenó el traslado del ayate con la imagen de la Señora hasta la Iglesia Mayor para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen.
El siglo del silencio
El relato de lo que “Aquí se cuenta” se atribuye a Antonio Valeriano, un indio discípulo de fray Bernardino de Sahagún, que habría recogido los hechos de boca del propio Juan Diego antes de su muerte, ocurrida en mayo de 1548. Sin embargo, este texto no se publica hasta cien años después de la muerte del vidente. Ese siglo que transcurre sin que se tengan noticias documentadas (ni siquiera alguna anotación del obispo Zumárraga) de la aparición. Ese tiempo es conocido entre los expertos como “el siglo del silencio” y es la principal causa de que haya quien niegue las apariciones marianas y las atribuya a un intento de la Iglesia del siglo XVII de terminar con los cultos paganos que todavía los descendientes de los aztecas practicaban casi siglo y medio después del comienzo de la evangelización de América.
Franciscanos y dominicos combatieron con especial ahínco el culto a Guadalupe, ya que creían, incluido Bernardino de Sahagún, que era una forma de adoración encubierta a la diosa azteca Tonantzin, “la madre de los dioses”. Interpretaciones modernas aseguran que “el siglo del silencio” se debió a una forma premeditada de racismo por parte de los españoles, que no aceptaban, y por tanto condenaban al silencio, la idea de que la Madre de Dios se pudiera aparecer “al menor de mis hijos”, a un indio converso.
Sea como fuere, casi 500 años después de las apariciones, no queda rastro de culto alguno a Tonantzin. Todos los años, casi 16 millones de personas visitan la basílica que guarda el ayate del indio san Juan Diego, tejido con fibras de la planta conocida como magüey (una tela que en condiciones normales se destruye en poco menos de quince años y en la que no se puede pintar una imagen tan perfecta) y que no ha padecido deterioro alguno desde hace cinco siglos, ni siquiera por el efecto de atentados con bomba como el que sufrió en 1921 a manos de un anarquista español y que destrozó todo lo que estaba a su alrededor sin que llegara a dañar la imagen de la Virgen.
Vencida Tonantzin, las maledicencias y los prejuicios, todos los años, en lo que es la peregrinación más populosa de los templos marianos del mundo, 16 millones de personas llegan a la basílica para que la Virgen María les ofrezca lo que prometió a Juan Diego, canonizado en 2002 por el Papa Juan Pablo II, en aquella primera aparición: “Entregaré a las gentes todo mi amor, mi mirada compasiva, mi ayuda, mi protección. Porque en verdad yo soy vuestra Madrecita compasiva, tuya y de todos los hombres que vivís juntos en esta tierra y también de todas las demás gentes, las que me amen, me llamen, me busquen y confíen en mí. Allí en verdad oiré su llanto, su pesar, así yo enderezaré, remediaré todas sus necesidades, sus miserias y sus pesares”.
Así habló la madrecita compasiva, la defensora de la vida contra el crimen del aborto, Patrona de la Evangelización de América; la que está presente a diario en la vida de millones de mexicanos, desde la mujer que cuida de sus cerdos en un patio ocre de un ranchito en Chihuahua hasta el hombre de negocios que cuida de sus bienes en su despacho en un edificio exclusivo en el barrio de Polanco.
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