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Les ofrecemos el discurso del Presidente de la COMECE, Mons. Adrianus Van Luyn, obispo de Rotterdam en el 6 Encuentro con Líderes Religiosos europeos, que cerraba las ponencias de los católicos.
Como último ponente del grupo de participantes Católicos, me gustaría coger esta oportunidad para resumir todo lo que se ha dicho por mis estimados previos ponentes y llegar a una conclusión.
En la antropología Cristiana, los hombres y mujeres -sus esperanzas y miedos, sus expectativas y preocupaciones, talentos y debilidades, forman el punto de partida para toda acción y pensamiento. Esto se aplica en particular a todos los pobres que viven entre nosotros. Los políticos y las iglesias deben prestar una atención especial a esta gente y no tener miedo a la hora de ayudarles.
Cualquier lucha contra la pobreza que cuenta solo con medidas técnicas o administrativas probablemente fracasará en sus objetivos: Confiere al pobre el rol de 'objeto de bienestar'. Al contrario, lo que se necesita es una manera de ayudarles que les deje ser 'actores' en la lucha común con la sociedad contra la pobreza y la exclusión. Solo entonces veremos la fuerza completa de un principio indispensable y fundamental en la lucha contra la pobreza y la exclusión, y ese principio es la solidaridad. El principio de solidaridad asume que todos los hombres están a la misma altura. Para los cristianos, es el significado de 'amor activo', que no impone su punto de vist, sino que toma la "alternativa del otro“ en cuenta. Con el debido respeto a la autonomía del individuo (que en estos días es esgrimida como derecho absoluto), esto es "el otro“, que me inspira sentimientos de solidaridad y me hace abundantemente claro que la autonomía siempre se equilbra por una conciencia de mútua dependencia, o heteronomia. Como partede de una 'deuda activa', la solidaridad es el reflejo de la inagotable fuente que la sostiene: la devoción de Dios y el amor por todos que se extiende en los que la luz de su amor brilla para ayudar a sus hermanos, hombre sy mujeres. Parafraseando al apostol San Pablo: ''El Amor de Cristo nos obliga“. En otras palabras, no podemos comportarnos de otro modo.
Tomada como un todo, la solidaridad no se centra solo en el aquí y ahora: incluye el pasado, hace sitio para las experiencias e historias de otros pueblos, que pueden ser distintas de la nuestra, pero que no pueden ser disociadas, sin embargo, por la 'meta-historia' de este mundo singular.
Incluye a los que vendrán después de nosotros. ''Somos los herederos de generaciones anteriores y recogemos beneficios de los esfuerzos de nuestros contemporáneos; estamos obligados a todos los hombres. Así pues no podemos descartar el bienestar a los que vendrán después de nosotros para acrecentar la familia humana [Pablo VI en Populorum Progressio 17]. Debemos estar particularmente atentos a estas palabras cuando consideramos los esfuerzos a superar durante esta crisis económica y financiera: no podemos dejar que los pobres y más débiles se vuelvas las víctimas de esta crisis de nuevo, ni podemos hipotecar a las futuras generaciones con la tarea de enmendar nuestros errores cuando nosotros no hacemos nada.
Lo mismo se aplica a los factores humanos del cambio climático. Debemos tomar la descisión de lidiar con las consecuencias de nuestras acciones y garantizar una existencia digna a las generaciones por venir.
La solidaridad no excluye a nadie -ni siquera cuando pone a prueba los ''límites de lo que es humanamente posible''. Es por eso que nuestro esfuerzo debe ir más allá de los límites de la UE- A los países del este, sur y sureste de la UE. Debemos mirar especialmente a África. Hay un continente que ha sido la causa de una preocupación particular por nuestros padres fundadores: un continente colonizado y explotado por Europa durante siglos, hoy sus existencia se ve amenazada por gobiernos corruptos, guerras, sequías catastróficas y la plaga del Sida.
Cadadía hay noticias de refugiados que se han ahogado o han sido apresados intentando cruzar el Mediterráneo o el Atlántico, para llegar a Italia, España o las Islas Canarias en pateras. Pero esas noticias no nos impresionan -Y es sin embargo algo que ocurre cada día a cientos de personas. Nuestra respuesta no puede ser fortalecer la ''Fortaleza Europa“ o abrir sus puertas. Debe ser, más bien, que debemos dirigir nuestra solidaridad a cambiar las condiciones de vida de gente en sus países de origen: satisfaciendo sus necesidades humanas más básicas como asegurarse de que tienen bastante comida, agua potable, medicinas, acceso a la educación y condiciones económicas justas. Debemos protegerles y ofrecerles la oportunidad de cambiar sus vidas.
Los pasos concretos para reducir la pobreza global pueden verse en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, acordados por Naciones Unidas. Para 2015 - de acuerdo al plan – el número de pobres en el mundo debería reducirse al 50%. Sin embargo los objetivos para 2010 ya se han fallado.
Aunque necesitamos tener en mente que el fin solo (los Objetivos) nunca deben ser usados para justificar cualquier medio, y la suprema dignidad de los seres humanos debe ser un derecho inviolable, no debemos evadir la responsabilidad de unir fuerzas para llegar a esos objetivos. En su alocución a la 62 Asamblea de Naciones Unidas, el Arzobispo Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante Naciones Unidas insistió en este punto:
En el corazón de (…) los Objetivos de Desarrollo del Milenio, está el lograr un futuro mejor para todos. Más que conferencias y cumbres, los logros de este objetivo precisan compromiso y acción concreta. Nuestra lucha común contra la pobreza extrema, hambre, desalfabetización y enfermedades, no es meramente un acto de generosidad y altruismo. Es una conditio sine qua non para un futuro mejor y un mundo mejor adecuado a todos.
Este es un reto que todos - iglesias, comunidades religiosas y líderes políticos- debemos afrontar juntos.
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