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El padre del mandatario ya mató a 17.000 manifestantes en 1982.
Carlos Esteban.
Con la muerte a manos de las fuerzas de seguridad de decenas de manifestantes en la ciudad de Deraa, Siria tiene todas las papeletas para convertirse en el nuevo centro de las olas de revueltas que sacude el mundo árabe, si no de una nueva intervención humanitaria de las potencias occidentales partiendo de la misma doctrina de “responsabilidad de proteger” aplicada a Libia.
Pero si, como se ha venido diciendo hasta la saciedad estos días, Libia no es Irak, Siria tampoco es Libia, ni de lejos. Con una población cuatro veces mayor y unas fuerzas de seguridad bien pertrechadas y temibles, el régimen baasista de Bachar el Asad –su lema: “Dios, Siria, Bashar: eso basta”– tiene sobrada experiencia reprimiendo cualquier oposición interna.
De hecho, una de las razones por la que los opositores sirios se han mostrado reacios a imitar a sus hermanos de Egipto y Túnez es, además del fantasma de una guerra civil a lo libio, el recuerdo de las protestas de Hama de 1982, cuando Hafez el Asad, padre del actual líder, reprimió brutalmente la revuelta matando a 17.000 manifestantes. Por lo demás, la minoría religiosa alawi que gobierna el país –considerados heréticos por la mayoría suní– luchará hasta el último hombre antes de ceder un poder que es su única defensa contra la ira de las masas.
En un sentido, el régimen sirio vive días prestados desde 2003, año de la invasión norteamericana de Irak, cuando numerosos observadores daban por supuesto que Damasco sería la próxima pieza en caer. Después de todo, se trata de un régimen hermano del iraquí de Sadam –ambos gobernaban en nombre del mismo partido Baas–, tiránico, seculares en una zona cuya población favorece la influencia religiosa sobre la política y enemigo acérrimo de Israel –de hecho, el único vecino fronterizo del Estado judío que mantiene su hostilidad y un reivindicación territorial: los Altos del Golán–. Para colmo, ha instituido una monarquía encubierta, al heredar Bashar el liderazgo de su padre, y es un conocido patrocinador de grupos terroristas como Hezbolá. Asad ha salvado hasta ahora la cara mediante una sabia combinación de concesiones y represión en el interior y una prudente política exterior, iniciando acercamientos a su vecino israelí.
Pero lo que puede sellar el destino del régimen es que, como en el caso de Túnez, Egipto y Libia, los opositores han empezado a superar la barrera del miedo, al grito de “Dios, Siria y Libertad: con eso basta”. El Día de la Dignidad convocado este vierne, puede ser el principio del fin.
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