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La ‘burbuja’ tecnológica tardó cinco años en reventar y tuvo su epicentro en Sillicon Valley, en California. La inmobiliaria se alargó algo más de siete años. En cambio, el pinchazo de la ‘burbuja Obama’ no ha tardado ni 20 meses en producirse.
Gabriel Calzada
En menos de dos años el que parecía ser el rey midas de la política norteamericana ha pasado a ser visto, a pesar de su carisma, como el gafe del partido demócrata. El martes se celebran elecciones para la renovación del Congreso y del Senado, los famosos midterm, y todo apunta a que asistiremos a un descalabro del apoyo que los estadounidenses dieron a este político y a su partido en 2008.
La elección de Barack Hussein Obama como 44 presidente de EE UU encandiló a medio mundo. A pocos pareció importar entonces que el candidato que defendía la austeridad organizara la ceremonia de investidura más cara de la historia del país. Como suele suceder con los políticos de masas, sus discursos destacaban tanto por lo deslumbrante de las formas como por la vaguedad y lo contradictorio de los contenidos. Durante la campaña electoral era capaz de defender en un mismo discurso el intervencionismo y el liberalismo, los principios políticos de Lincoln y los de los padres fundadores, los rescates de grandes empresas y la defensa de las economías familiares, la expansión del gasto público y la frugalidad de la Administración, las medidas que “necesariamente harán disparar los precios de la energía” y el fomento de la competitividad de la economía norteamericana. Quedaba por ver cuál de los dos era el verdadero Obama y muchos temíamos que fuera el segundo.
Obama, el icono social, surge de una debacle republicana y del comienzo de una crisis económica. A finales de 2008 la primera potencia mundial había entrado en recesión y Bush había provocado una enorme fractura en el electorado liberal conservador de su partido al abandonar las políticas en defensa del libre mercado y abrazar el intervencionismo de derechas. El electorado buscaba un nuevo político que transmitiera capacidad de aunar esfuerzos y buscar soluciones originales al tiempo que sensatas e inmunes a los intereses de los lobbies. Fue así como Obama obtuvo aquella gran mayoría. Su campaña no sólo movilizó al votante demócrata, sino que cambió el voto de muchos republicanos y obtuvo un gran apoyo por parte del votante independiente. El margen fue de siete puntos (53% a 46%). Desde que en 1964 Lyndon Johnson derrotara a Barry Goldwater con 23 puntos porcentuales de ventaja, los demócratas no lograban una victoria tan clara.
El nuevo presidente arrancó su mandato con una asombrosa popularidad. Según las encuestas, durante los primeros cuatro meses de mandato los norteamericanos que aprobaban su gestión no bajaban del 60% y los que la desaprobaban apenas llegaron a superar el 30%, moviéndose entre el 20 y el 31% en aquellos primeros compases.
El nuevo líder demócrata había descubierto a quienes podían apoyarle en su proyecto político. Ahora quedaba que los votantes, que cubrían un espectro ideológico muy variado, descubrieran a quién habían apoyado realmente. Obama fue consciente desde el primer minuto del amplio margen de maniobra formal que le daba el control de las dos Cámaras, pero no comprendió la verdadera situación política en la que se encontraba. Dentro de su gran coalición de votantes tenía dos núcleos diferenciados: los votantes izquierdistas y los que sin ser claramente de derechas habían confiado en sus mensajes moderados y liberales.
El presidente no llegó a entender la esencia de la oportunidad que tenía. Creyó que la crisis económica y social le otorgaba un cheque en blanco para implementar las políticas izquierdistas deseadas por él mismo y por sus bases más radicales. Pero la realidad se acercaba más bien a lo contrario. El mantenimiento de la gran coalición exigía el uso prudente del poder político, la implementación de medidas que podían no ser las más deseadas por sus bases más fieles, pero que ayudarían a consolidar la unión de votantes independientes y demócratas, la renuncia a la transformación forzada de un país en beneficio de un cambio lento en aquellos aspectos en los que podía encontrar puntos de unión entre sus votantes. Asuntos como las medidas contra la crisis enfocadas a apoyar al ciudadano en lugar de ayudar con el dinero del contribuyente a quienes hubiesen asumido demasiados riesgos, el alejamiento de los grupos de presión o la retirada de las tropas de Irak y Afganistán hubieran sido los pasos lógicos.
Sin embargo, él creyó que la crisis haría que los ciudadanos aceptaran cualquier tipo de cambio y que los principios del ciudadano medio cambiarían con el desarrollo de sus políticas. La crisis se convertía en la palanca para la transformación social con la que Obama llevaba años soñando, un cambio que, siguiendo la conocida formulación de Alfonso Guerra para el caso español, haría que a EE UU no la reconociera ni la madre que la parió; es decir, los padres fundadores y la importante base social que seguía creyendo profundamente en los valores con los que se constituyó esta gran nación. Con esta idea en mente Obama sacó adelante sus primeras medidas, en las que traicionaba la confianza que en él había depositado gran parte de su electorado. Se trataba de un gigantesco paquete de estímulo económico de 787.000 millones de dólares a los que se le iban sumando otros cientos de miles de millones en rescates de diversas corporaciones. Su solución a la crisis no consistía en proteger a las familias, sino en ampliar de forma drástica el tamaño y el poder del Estado mediante un espectacular incremento del gasto público, del déficit y de la deuda, salvando a las empresas que habían asumido grandes riesgos a costa del bolsillo del norteamericano medio. El ciudadano asistía atónito a una reedición de las medidas que habían hecho tan impopulares a Bush y a Paulson en el último año de su mandato. Las causas últimas de la crisis (la posibilidad de implementar políticas de dinero barato por parte del banco central y la obligatoriedad de conceder hipotecas y préstamos a clientes que el mercado no daría crédito) apenas se tocaban. Claro que todos debían haberlo imaginado desde el momento en el que Obama eligió a Timothy Geithner, miembro de la Reserva Federal de Nueva York y defensor de la reducción de requerimientos de capital para operar un banco, como nuevo secretario del Tesoro. Si su fracaso a la hora de evitar la burbuja era premiado con una gigantesca medalla política, no debería extrañar a nadie que el sucio fracaso de muchos tiburones financieros fuera a ser enjuagado con los ahorros de las familias.
El Gobierno de Obama logró sacar adelante estas políticas gracias a una didáctica campaña de comunicación que luego se le volvería en contra. Para convencer al ciudadano de la conveniencia de sus paquetes de estímulo y rescates empresariales -que chocaban frontalmente con la idea de la mayoría de que la crisis se debía a un exceso de gasto y endeudamiento- explicó de mil formas que si el Estado llevaba a cabo esta enorme expansión del gasto público el paro aumentaría hasta el 9%. En cambio, si se ponía en marcha la máquina de gastar, el desempleo se reduciría al 7% y la crisis se difuminaría con rapidez porque, en sus propias palabras, “había millones de empleos listos para ser creados” con ese dinero (lo que definió Obama como shovel-ready jobs).
Una vez aprobado su plan de estímulo económico, Obama se concentró en su anhelada reforma sanitaria a pesar de que las encuestas le mostraban que una gran mayoría de estadounidenses no la quería. Tardó 15 meses en aprobarla y tuvo que rebajar enormemente sus pretensiones iniciales. Su propio partido no quería la reforma y el líder demócrata tuvo que recurrir a la distorsión de las cifras para desacreditar al sector sanitario privado, la compra de votos con enormes partidas de gasto y hasta forzar las formas de la aprobación parlamentaria para sacarla adelante. La reforma, que finalmente firmó el 23 marzo de 2009, obliga a los ciudadanos a comprar un seguro privado, amplía a buena parte de la clase media con elevado poder adquisitivo la cobertura pública y prohíbe a las compañías de seguros tener en cuenta las condiciones de salud preexistentes del cliente a la hora de realizar el contrato. El ciudadano medio descubrió a un presidente ideologizado y dispuesto a contentar a sus seguidores más escorados hacia la izquierda. Temían además el empeoramiento y encarecimiento de unos servicios de salud que obtenían muy buenas calificaciones en las encuestas y el Gobierno no paró de repetir que se observaría todo lo contrario.
En poco menos de un año la gran coalición de votantes se rompía en pedazos. El empecinamiento de Obama con su reforma sanitaria le hizo perder al elector moderado y sus planes de rescate y gasto público generaban dudas incluso entre sus partidarios. A lo largo del proceso de aprobación de su reforma sanitaria Obama perdió por completo la elevada aprobación de la que había gozado en sus primeros meses de gobierno de tal modo que cuando la reforma fue firmada, el porcentaje de ciudadanos que desaprobaba la su gestión empataba a la de quienes la aprobaban en un 47%. En julio la desaprobación pasaba a ser mayoritaria después de que el 26 de junio los demócratas presentaran una propuesta de ley para racionar las emisiones de CO2. La tarde antes de la presentación los promotores de la norma ampliaron 300 páginas con sustanciales cambios y toda clase de beneficios particulares. La norma nunca llegó a pasar el senado, pero las sucias artimañas demócratas para sacar adelante unas medidas que Obama había reconocido que necesariamente dispararían los precios de la electricidad, enfureció a buena parte de la ciudadanía.
En las primarias, el establishment republicano pudo ver con asombro cómo los principales candidatos del partido eran desbancados por los candidatos que eran apoyados por el Tea Party, un movimiento que propone seguir el ejemplo de los padres fundadores. Blogs como Big Government, en el que se critica el intervencionismo político y la intromisión del estado en la vida de la gente corriente, multiplicaron su tráfico hasta convertirse en algunas de las páginas de información alternativa más populares de EE UU.
El presidente se ha equivocado en casi todo lo que ha hecho. Creyó que podía contentar a las bases más izquierdistas sin perder a los votantes moderados, pensó que gracias a la crisis podía endeudar a los ciudadanos para expandir el Estado sin encontrar resistencia y creyó que la oposición popular a su forma de gobernar sería pasajera. A medida que este movimiento crece, la gestión de Obama sigue perdiendo aceptación. A escasos días de las elecciones de mitad de su mandato ya se ha producido un vuelco en la aprobación de la forma de gobernar del presidente de tal modo que quienes la desaprueban superan a quienes la aprueban (46% a 44%). Obama perderá con toda probabilidad el control del Congreso. Endeudó a los americanos para evitar que el paro llegará al 9% y tras gastarse el oro y el moro, el desempleo rozó el 10% sin que la economía reaccionara significativamente. Para colmo, en las últimas semanas millones de norteamericanos reciben cartas de sus seguros médicos anunciando fuertes subidas de las primas que deberán pagar por el incremento de costes que supone la reforma sanitaria sin que eso se haya traducido en una mejora del servicio.
En su desesperación el martes no se le ocurrió otra cosa a Obama que dirigirse a los latinos y decirles “tienen que castigar a nuestro enemigo”. El que fuera hace dos años un carismático candidato no se da cuenta de que es ese radicalismo y ese ánimo de confrontación lo que le ha hecho perder tantos amigos y compañeros de viaje. Así, el presidente asiste hoy con asombro al estallido de su propia burbuja. n
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