Según Frank Rich, cronista de The New York Times, Sarah Palin es la marca americana más importante después de Barack Obama, aunque quizá sólo sea cuestión de tiempo. De momento, todo lo que toca lo convierte en oro. Cada vez que aparece por televisión revienta los audiómetros, tiene más de 1.200.000 fans en Facebook y ha vendido de su libro de memorias más ejemplares en Estados Unidos que el último Harry Potter. De hecho, su gira promocional del libro por todo el país en noviembre se convirtió en un fenómeno social. En cada ciudad que visitaba el revuelo era total, miles de personas se agolpaban para ver a su ídolo y siempre había quien a pesar de las gélidas temperaturas dormía con un saco y un termo delante de la librería. La verdad es que su libro de memorias no tiene nada que envidiar a cualquier novelón: Miss Alaska 1984, madre de cinco hijos, el menor con síndrome de Down y otra embarazada a los 17, gobernadora del Estado que la vio nacer, pescadora de salmón, cazadora de caribú... “un pitbull con los labios pintados de rojo”.
Y ahora, convertida en superestrella, se está vengando de sus enemigos. Los más mordaces, dentro del propio equipo de McCain, la acusaron de ser una ignorante que no sabe diferenciar Vietnam del Norte y del Sur, de ser una diva capaz de gastarse 150.000 dólares en ropa, de preconizar la abstinencia de los jóvenes mientras su hija adolescente se quedaba embarazada, de tener una cuñada ladrona... Pero el peor fue precisamente Levi Johnson, el padre del inesperado nieto, que en la revista Vanity Fair la puso de frívola para arriba que tenía abandonados a sus hijos, sobre todo al “retrasado” cómo dice Levi que llama al pequeño de sus hijos, de no leer un libro jamás, de ser adicta a los programas de telerrealidad y de no hablarse con su marido, de quien duerme separada desde hace tiempo. Además, siempre según el simpático adolescente, Sarah -a pesar de presumir de ser una consumada cocinera- no sabe ni freír un huevo y sólo le preocupan Gucci y Prada. Tampoco es que sea Johnson una fuente de lo más fiable: mientras su madre era arrestada de nuevo por tráfico de drogas, él posaba desnudo para Playgirl.
Periodistas e ideólogos progresistas también vieron en la Palin a una política insustancial, capaz de reclamar para sí ciertas competencias en política internacional por la cercanía del estado que gobernaba con Rusia. La acusaron de ser el ídolo de la América blanca, profunda y frustrada de los conservadores religiosos, de los descontentos con Obama y de los que -como la propia Palin- reniegan del cambio climático.
Pero Sarah Palin ha dejado claro que, a pesar de la tradición, hay vida después de una derrota electoral. En julio de 2009 dimitió de su cargo como gobernadora de Alaska, 18 meses antes de que finalizara el mandato, para embarcarse en una fulgurante carrera mediática. Para The Weekly Standard, durante la campaña electoral del año pasado, a sus 46 años, Sarah descubrió un poder aún mayor que el político, el poder de la fama. Desde entonces, decidió poner en marcha una potente campaña de imagen en varios frentes; ahora gana 71.000 euros por conferencia y ha ingresado en su cuenta corriente millones con sus memorias y con un supercontrato con la cadena Fox que le ha convertido en una de sus comentaristas políticas estrella.
Otros se preguntan si este giro mediático de Sarah Palin no está encaminado a forjarse una brillante carrera que después le facilite el acceso a la Casa Blanca. Empezando por sus memorias, ya se sabe que todo candidato presidencial debe tener una buena biografía en las librerías, así que qué mejor que una escrita por la propia interesada, y continuando por su trabajo en la Fox, donde cada vez que aparece se dedica a disparar -dialécticamente, claro- contra Obama. Lo malo es que dentro del mismo partido republicano siguen el ascenso de Palin con el rabillo del ojo, no se acaban de fiar de ella y de su miniprograma electoral resumido en el escueto “menos Estado, menos impuestos”. De hecho, Palin se ha convertido ahora en musa del Tea Party, un movimiento conservador que ha celebrado esta semana su primera convención anual y que ya impone al partido republicano sus candidatos. Eso ha sido lo que ha ocurrido en Nueva York, donde el Tea Party apoyó y logró alzar a su candidato, más radical, a las elecciones al Senado -con la inestimable ayuda de la Palin- frente al candidato oficial republicano, que volvió a su casa con el rabo entre las piernas.
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