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Especial de esta semana en 'L'Express' sobre Brasil, un sueño de playas de arena blanca, edificios de diseño y cuerpos dorados. La nueva tierra prometida dirigida por Lula da Silva, un líder carismático tallado a imagen y semejanza del país que gobierna, optimista y sin complejos.
Según las previsiones, Brasil terminará 2010 con un crecimiento económico del 6,8%, la Bolsa de Sao Paulo es una de las más rentables del mundo y si bien es cierto que hay sectores industriales que tras años de crecimiento hoy lo están pasando mal, como la minería o la aeronáutica, otros, como los concesionarios de coches de lujo, el turismo o el inmobiliario, se están haciendo de oro. El rápido crecimiento económico y el petróleo, claro está -el último yacimiento localizado a 300 kilómetros de la costa brasileña podría contener unas reservas estimadas en unos 70 mil millones de barriles-, ha hecho posible que en 2006 Brasil hubiera devuelto al FMI la deuda contraída en préstamos en años anteriores. Lula, con sus defectos, ha sido el artífice.
El próximo mes de octubre, después de dos mandatos, Luiz Inácio da Silva dejará de ser presidente de Brasil, justo cuando su popularidad ya está en el 83%, no está mal en un país de 190 millones de habitantes. La Constitución brasileña no permite una tercera reelección y Lula ha dicho que no se quiere presentar, no intentará abrir un proceso de reforma constitucional -como hizo Chávez en Venezuela o intentó Uribe en Colombia- según él la presidencia es “halagadora, pero inhumana”. ¿Quién recuerda ahora los miedos de los grandes latifundistas brasileños cuando Lula llegó al Planalto, temerosos de perder sus plantaciones a manos de un sindicalista, del Diablo Rojo? Desde entonces, y paradójicamente, Lula ha sido el mecenas de la burguesía; unos 40 millones de brasileños han pasado a engrosar las filas de la clase media y entre 2003 y 2008 19,3 millones de brasileños salieron de la pobreza. Sin ir más lejos, en los próximos 10 años Brasil se convertirá en la quinta potencia mundial, o eso dice por lo menos la publicidad de la compañía aérea brasileña TAM.
Lula se ha convertido en una buena comparsa para todo líder mundial que se precie, las alfombras rojas se despliegan a su paso, Obama le recibe con los brazos abiertos en la Cumbre del G-20 y le llama “my man”, se abraza a los Castro en La Habana y a Chávez en Caracas, Gordon Brown encaja sin pestañear que la crisis económica la han provocado “los banqueros blancos, rubios con ojos azules” mientras que Mahmoud Ahmadineyad llega a Brasilia recibido con todos los honores. Pequeñas paradojas.
Al día siguiente de un gigantesco evento mundial, Lula se pone la camisa de lino blanco y se va a la Rocinha, la mayor favela de sudamérica, besa a los niños, escucha a las mujeres y da sonoros abrazos a los hombres, firma camisetas y guiña el ojo a las caras nuevas mientras levanta el dedo pulgar. No le hace falta agregado de prensa ni jefe de gabinete, el autocoronado Rey de Brasil sabe acercarse a su gente. Más todavía cuando llega la hora de hablar, se hace con el micrófono y con voz aguardentosa, que recuerda que su vida ha sido muy parecida a la de cualquiera de los que le escuchan, de calle, de trabajo duro y samba, se gana al auditorio. Lo primero es decir: “Nunca antes en la historia de este país...”, así recuerda a todos los presentes los progresos alcanzados durante su doble mandato, luego les halaga con mano izquierda, lanza algún chiste adulador -como cuando en una favela habla de delincuencia y afirma que él sabe de muchos bandidos que viven en las zonas de lujo de Ipanema- y ya está... todos gritan su nombre. La relación entre Lula y las clases más desfavorecidas de Brasil es, según Le Point, su fuerte, la clave del personaje y la fuente de su ambición.
Porque Lula también se deja llevar por el fulgor de los honores de su cargo. Según sus propias palabras, recogidas por el semanario francés: “Se tarda años en acostumbrarse al mono de trabajo y sólo dos días para la corbata y el coche oficial”. Lo sabe muy bien. De sus orígenes de hijo de madre soltera pobre de las favelas de Sao Paulo, donde sobrevivió vendiendo naranjas o arreglando zapatos, al Lula de hoy, de barba bien recortada, trajes a medida y corbatas caras median dos mundos, y hay hasta quien adivina en su cara rosada y plena alguna traza de botox.
En esencia, Lula es el mismo. En la residencia oficial de la Alvorada recibe a sus amigos de toda la vida, juegan al fútbol, ven alguna película en la sala de proyecciones y encargan la cena a su restaurante de siempre. Los fines de semana se va con Marisa, la primera dama, a su apartamento de Sao Bernardo, a las afueras de de Sao Paulo y sigue odiando leer los periódicos y desconfiando de los gringos. Cuentan que nunca toma notas, su inteligencia es intuitiva, es más astuto que culto. Seguramente su mayor virtud es saber rodearse de aquellos que conocen los temas y nunca de los de una sola opinión, las reuniones pueden durar muchas horas, todas las necesarias hasta que el presidente se vea capaz de tomar una decisión.
Ya no hay tiempo para mucho más, su presidencia termina inexorablemente este mes de octubre, quedará pendiente la reforma de la educación, de la salud o de la ley electoral -la que llevó a Lula al Gobierno por obra y gracia de una coalición de 21 partidos- , la corrupción metida hasta la médula del sistema o la violencia en las grandes ciudades. Su última medalla ha sido conseguir para Brasil las Olimpiadas de 2016, muestra final del empuje de un país joven frente a la decadente Europa.
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