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    Un grupo de activistas opositores del Kremlin, durante la manifestación del pasado sábado. Getty
    Esecenario inestable de cara las elecciones presidenciales de marzo

    Un Kremlin divido y la oposición en la calle, ¿condicionantes del cambio en Rusia?

    06 FEB 2012 | Raquel Céspedes.

    La multitudinaria concentración del sábado en contra de Putin y las sospechosas elecciones legislativas, sumada a las acontecidas el pasado 10 y 24 de diciembre, evidencian un turbado escenario en el que se desarrollarán las elecciones presidenciales del próximo 4 de marzo.

  • La gran manifestación que el sábado recorrió las calles de Moscú en contra de Vladimir Putin y los fraudulentos comicios parlamentarios de diciembre constata un hecho indefectible: la oposición ha tomado las calles y pretende quedarse.

    La multitudinaria concentración del sábado, sumada a las acontecidas el pasado 10 y 24 de diciembre, cuando por primera vez en la última década miles de personas salieron a la calle para gritar consignas contra el gobierno, dan muestras del turbado escenario en el que se desarrollarán las elecciones presidenciales previstas para el 4 de marzo.

    En esos comicios Putin vuelve a erigirse como candidato presidencial después de ceder en 2008 a su delfín Dimitri Medvedev la presidencia del país, tiempo en el que ha seguido llevando las riendas del Kremlin desde su posición de primer ministro. El enroque en la cúpula del poder ruso pretende perpetuar la hegemonía del partido gubernamental Rusia Unida. De acuerdo con la reforma constitucional introducida en 2008, a partir de las próximas elecciones los mandatos presidenciales serán de seis años, por lo que Putin podría mantenerse en el poder hasta 2024.

    Este trueque de puestos de poder unido a las cuestionadas elecciones legislativas de diciembre han actuado como revulsivo del ambiente revolucionario que recorre Moscú. Sin embargo, el líder de Rusia Unida prefiere no hacer autocrítica y ha preferido recurrir a la retórica antioccidental para justificar todos sus males. Para Putin la culpa de que su partido haya perdido la mayoría constitucional en la Duma (dos tercios de 450 diputados), al quedarse con 77 escaños menos con respecto a los anteriores comicios de 2007, la tiene EE UU. Tras las primeras manifestaciones a principios de diciembre, Putin dijo que la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, había alentado a "mercenarios" enemigos del Kremlin al criticar el desarrollo de las legislativas. Según el actual primer ministro ruso, naciones occidentales están “colocando mucho dinero” para fomentar el cambio político en Rusia.

    Conspiraciones aparte, los votantes expresaron en diciembre su descontento y sancionaron el sistema aplicado por Putin doce años atrás para conceder mayor terreno político a la oposición, principalmente al Partido Comunista (PC) que duplicó su porcentaje de votos con respecto a 2007.

    Pero el descontento y la división social no es sólo palpable en la calle, sino que Putin afronta una de las mayores crisis internas desde que asumió el poder hace más de una década. Cuando Putin llegó al poder heredó un país en desorden político, económicamente quebrado y amenazado por fuerzas internas y externas. A lo largo de los años, ha logrado constituir un gobierno alrededor de su figura como líder de un país consolidado económica y socialmente. Rusia le erigió en adalid y salvador, y él se lo ha creído hasta tal punto que ahora vuelve a postularse como valedor de la crisis actual.

    Las voces disonantes que crecen al fragor de la ola revolucionaria que ha descabezado y hecho tambalear varios gobiernos autoritarios se ha convertido en una nueva preocupación para Putin. Con la disidencia en la calle y una oposición en aumento es evidente que Rusia no puede sobrevivir indefinidamente bajo un solo gobernante.

    Choque de clanes Cuando Putin llegó al Kremlin ideó un equipo de gobierno formado por dos grupos: los siloviki y los civiliki. Los siloviki conforman el grupo dominante y está constituido por ex agentes de la KGB y la fuerzas de seguridad. Los civiliki, por su lado, son el grupo de economistas y tecnócratas que tienen una visión más realista y occidental en sus políticas. El sistema de clanes en el Kremlin tenía por objeto una confrontación entre ellos, de tal manera que no desafiarían directamente la autoridad de Putin. Pero las presiones relacionadas con un cambio en las políticas económicas, la inestabilidad y los conflictos de personalidad, contribuyeron a la ruptura masiva de ambos clanes. Putin tuvo que luchar para mantener su gobierno y para ello no dudó en aliarse con la izquierda, creando el partido Rusia Justa (tercer partido en representatividad) para recoger los votos del centro-izquierda.

    Esta ruptura ha dejado a Putin, sin un equipo sólido y centrado para ayudarle a manejar el nuevo turno político que comenzará en marzo, después de las elecciones presidenciales. El ministro de Finanzas, Alexei Kudrin, fue la primera víctima de dicha división interna. La nueva financiación del Ejército y sus frustradas aspiraciones para ser primer ministro debido a la ‘dedocracia’ alternante Putin-Medvedev motivaron su renuncia.

    Los grupos anti-Kremlin van ganando terreno y para muestra las tres últimas manifestaciones; el principal partido de la oposición, el Partido Comunista, ha conseguido constituirse en la segunda fuerza política del país; los disensos erosionan la estabilidad de un Kremlin forjado durante años por Putin. Condicionantes que hacen de estas elecciones presidenciales una oportunidad para el cambio o un escenario propicio para que el líder ruso se crezca ante las adversidades.

     

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