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El mandatario ruso regresa a la primera línea, aunque nunca llegó a abandonarla. Tiene grandes planes para la madre Rusia y ya ha demostrado que no admite contratiempos.
La última década de Rusia está estrechamente ligada a la vida de una sola persona, Vladimir Vladimirovich Putin (San Petersburgo, 1952), el ex agente de la KGB que emergió en 1999 del caos postsoviético para embridar el país y situarlo en las vías del progreso. Avalado por los primeros años de su gestión, Putin decidió ir más allá de un simple mandato y se lanzó a una misión histórica: devolverle a Rusia la grandeza imperial que terminaron de enterrar los cascotes del Muro de Berlín. Y con esa coartada, ha ido ensanchando progresivamente sus poderes hasta convertir Rusia en una réplica de su intrigante personalidad. Después de tres años en la retaguardia de Dimitri Medvédev, Putin ha anunciado que volverá a optar a una nueva legislatura ampliable a otra adicional, el máximo que le permite la legislación rusa. Su horizonte es 2024. Y el único escollo para alcanzarlo son una elecciones a las que su partido, Rusia Unida, concurrirá el próximo marzo sin oposición política porque el propio Putin se ha encargado de aplastarla.
Pese a su largo historial de excesos, el mandatario ruso regresa con el índice de popularidad en niveles récord, algo que sería difícil en Occidente. Pero Rusia no es Occidente ni quiere serlo. “Putin salvó al país de la década de los noventa”, señala Alexander Rahr, investigador experto en Rusia del Consejo Alemán para las Relaciones Exteriores (DGAP en sus siglas en alemán). “Al menos, esa es la percepción más popular entre los rusos. A sus ojos, ha trabajado duro. Ha devuelto a Rusia su dignidad en el mundo después del colapso de la URSS. Y dirigió la reimplantación de una red de servicios sociales que había desaparecido”, explica Rahr. Daniel Vajdic, investigador del Instituto de Empresa Americano para la Investigación en Políticas Públicas (AEI, en inglés), apunta en este mismo sentido que el respaldo que tiene Putin es fruto de un pacto que suscribió con el pueblo. “Le dijo a los votantes ‘os daré estabilidad si aceptáis eliminar los avances democráticos de la era Yeltsin’. Y el electorado ruso aceptó el acuerdo”. Y lo sigue aceptando.
En realidad, la democracia nunca ha sido valorada por el pueblo ruso como un bien absoluto. La creencia generalizada es que la competición política es similar a una confrontación armada y, sus efectos, igualmente indeseables. La centralización del poder se considera una condición indispensable para poder gobernar una realidad que se antoja demasiado compleja como para dirigirla eficazmente si se apela al consenso. El caos que provocó la tibia implantación de la democracia en los noventa terminó de dinamitar, por un largo tiempo, cualquier posibilidad de éxito de los liberales.
En este contexto, a Putin no le costó alzarse como el nuevo mesías de la desorientada sociedad rusa y, de paso, envolverse en un manto de infalibilidad que le ha permitido ejercer el poder sin frenos ni contrapesos. No es el Kremlin quien detenta el poder ejecutivo, sino él mismo en persona. El breve mandato de Medvédev sólo ha sido una artimaña para burlar el límite legal de mandatos y teatralizar una falsa alternancia democrática.
Rahr apunta que, tras el colapso de la URSS, el país miró a sus orígenes para configurar una nueva réplica al pensamiento occidental. “La búsqueda de una identidad ha conducido a Rusia a su herencia bizantina. Desde el punto de vista ruso, Europa Occidental recibió el legado del derecho romano, pero Rusia tiene sus orígenes en el imperio bizantino”, explica el investigador del DGAP. “En Occidente es la ley escrita la que manda, mientras que Rusia pone énfasis en la Justicia. Y donde la ley está sin definir, no son los tribunales los que mandan, sino el zar”, concluye Rahr.
El zar es Putin y su modelo político (bautizado como putinismo o tandemocracia por el binomio Putin-Medvédev) un autoritarismo que estable cada vez más vínculos con el fascismo. En la Rusia actual no está prohibido el libre movimiento de ciudadanos por sus fronteras, no se censura la cultura, no se interviene en todos los ámbitos del mercado, ni tampoco se aspira a convertir en hegemónica una concepción particular del ser humano, como hacía el comunismo.
Putin es más sofisticado. Descubrió pronto que, para anular cualquier forma de disidencia, no es necesario intervenir en la esfera privada. Basta con controlar la esfera pública. El putinismo tolera las libertades de expresión o de empresa, pero sólo si colisionan con los intereses políticos o económicos del Kremlin, identificados, como en el fascismo, con los intereses del conjunto del pueblo, aunque en realidad sólo son los de unos pocos que están aprovechando la opacidad informativa y el poder absoluto del mandatario para esquilmar los recursos públicos. Si alguien desafía a la patria, es decir, el poder del Kremlin, las consecuencias suelen ser fatales.
Espionaje de Estado
Luke Harding, corresponsal de The Guardian en Moscú, sufrió en primera persona la concepción que el Kremlin tiene de la libertad de prensa. Acaba de publicar Estado mafioso, un libro sobre su paso por la capital rusa. “El título me lo brindó el fiscal español José Grinda González, que se refirió así a Rusia en un informe desvelado por Wikileaks”, cuenta Harding. Los problemas del periodista en Moscú empezaron cuando, en 2007, su diario entrevistó en Londres a Boris Berezovsky, el mayor opositor del régimen, exiliado en el Reino Unido desde 2001.
“A partir de ese momento, jóvenes funcionarios de la FSB [antigua KGB], con chaquetas de piel y espinillas en la cara comenzaron a sentarse junto a mí en los restaurantes. Me interrogaron en los cuarteles generales de los servicios secretos. Pero, lo peor”, sigue Harding, “fue que comenzaron a entrar en el piso en el que vivía con mi mujer y mi hijo pequeño. Nunca robaron nada, pero nos castigaron con una guerra psicológica que consistía en abrir las ventanas o apagar la calefacción en pleno invierno, cambiar el despertador para que sonara de madrugada o dejar libros de contenido sexual en la mesilla de noche, una larga lista de cosas invisibles que hacen tu vida miserable”.
A principios de este año, concluyó su pesadilla, aunque de forma involuntaria. Rusia rechazó su visado y Harding se convirtió en el primer corresponsal expulsado del país desde la guerra fría.
Su caso pudo ser más dramático porque, en la Rusia del putinismo, mueren activistas de derechos humanos y periodistas con absoluta impunidad, los rivales políticos y económicos son acosados y encarcelados y casi la totalidad de los medios de comunicación son dirigidos por el Gobierno. Desde el punto de vista oficial, los derechos humanos sólo son un incordio ideado por Occidente para entorpecer la glorificación de la madre patria. Y nada se interpone entre Putin y sus metas.
La propia biografía del mandatario es una historia de obstáculos rebasados. Cuentan que, en sus años de estudiante, era blanco recurrente de los insultos de sus compañeros. Hasta que un día decidió sobreponerse a los problemas de movilidad que sufre en el lado derecho de su cuerpo y aprender a boxear para defenderse. Le llevó un tiempo pero, cuando estuvo preparado, buscó a quienes le insultaban y los machacó hasta cerrarles la boca para siempre.
Su acceso a la KGB, la gran aspiración de su juventud, también encierra un episodio de superación personal. Putin terminó con nota sus estudios elementales para tener opciones de entrar en los servicios secretos. Pero, cuando cursó la petición, le respondieron que el organismo no admitía solicitudes. Era la KGB la que decidía los candidatos. Sin embargo, en vez de abandonar, Putin buscó convertirse en un candidato más apetecible y empezó a estudiar derecho. En último curso recibió la llamada que tanto esperaba. Superó las pruebas y entró.
Durante 16 años, formó parte de la sección de inteligencia exterior de la KGB. Sólo la abandonó en 1991, tras el fallido golpe contra Gorbachov liderado desde esa institución, aunque luego ha admitido que aún hoy comparte los propósitos de aquella intentona involucionista. No sorprende, porque su proyecto de regeneración nacional ha insistido en rehabilitar el periodo soviético. La propia duración de los mandatos de Putin y la intensidad de su poder no dejan de ser una remisión directa a los liderazgos de Stalin o Breznev, que gobernaron 31 y 18 años, respectivamente. Putin puede sumar 25.
El Putin actual sigue pensando como un espía: cree que si sucede algo malo es porque alguien lo ha provocado deliberadamente. Y actúa en consecuencia. Además, toda su camarilla política y empresarial se compone de ex miembros de la KGB. La burocracia del Estado la integran en estos momentos 6.000 silovikis, el término ruso con el que define a los ex agentes de inteligencia que han dado el salto a la Administración. El problema no es sólo que el nivel de corrupción se sitúe por encima del de países como Tajikistán o Laos, sino que los cohechos, prevaricaciones y tráficos de influencias emanan de la cúspide del poder.
Leon Aron, otro investigador experto en Rusia del AEI, aprecia que, bajo el mandato de Putin, se ha producido un trasvase sistemático de bienes desde una clase empresarial considerada hostil a otra oligarquía muy bien relacionada con el Kremlin, y para esconderlo se fabrican todos los casos judiciales que sean necesarios. Los directivos de la petrolera Yukos han sufrido con especial crudeza estas expropiaciones forzosas. Frente a la transparencia de Occidente, lo común en Rusia son los po ponyatiyam (acuerdos clandestinos) y, casualmente, sus beneficiarios siempre tienen algún vínculo con el Gobierno. Las cloacas del palacio presidencial son autopistas de 30 carriles señalizadas con neones.
Durante los primeros años del siglo, los parámetros económicos apuntalaron el liderazgo de Putin. Daniel Vajdic recuerda que “en 2004, el año en el que Putin afrontó sus últimas elecciones, la economía rusa crecía un 7% al año, la deuda pública caía y el Kremlin manejaba un holgado presupuesto, con el barril de petróleo a 40 dólares”. Sin embargo, la situación que afrontará el dirigente tras las elecciones de marzo será muy diferente. “Después de caer en 2009 un 8%, la economía rusa se ha vuelto aún más dependiente de sus exportaciones de petróleo. El barril está por encima de los 100 dólares, pero no es suficiente para equilibrar su presupuesto. Rusia necesitará más ingresos para poder financiar su programa de modernización de armamento y sus compromisos en política social”, asegura Vajdic.
Algunos expertos creen incluso que Rusia va camino de convertirse en un petro-Estado. Leon Aron subraya que en la última década el petróleo ha pasado de representar un tercio de los ingresos del estado a más de la mitad, con lo que ello provoca. “La corrupción es omnipresente, no existe movilidad social, ha decaído el progreso científico y se ha incrementado el control del Estado a través de sus monopolios”, expone Aron. El propio Medvédev ha admitido que, cada ejercicio, 22.000 millones de euros son robados del presupuesto estatal. “La educación en Rusia se ha deteriorado tanto que no hay una generación de científicos que reemplace a los que se están jubilando. Los satélites de Moscú se caen del cielo y se importan hasta los barcos de guerra”. Además, el envejecimiento de la población está disparando el gasto en pensiones y la inflación sobrepasa el 8%.
Pero ninguna de estas circunstancias parece minar la popularidad de Putin. El periodista Paul Starobin cree que la clave de su éxito es que personifica los mitos de la patria. “No es tan déspota como el zar Alejandro III, ni un paranoico como Stalin, ni tampoco un nacionalista religioso como Dostoievsky, pero es un poco de todos ellos, justo lo que los rusos quieren”, cuenta Starobin.
Exhibicionismo nervioso
El populismo con el que ejerce el poder hace el resto. En la última década, Putin ha aparecido en público cazando, cabalgando, pescando, esquiando, jugando al hockey, subido a una cosechadora, a los mandos de un cazabombardero, apagando los incendios que cercaron Moscú en el verano de 2010 o rescatando del fondo de un lago dos ánforas griegas colocadas ex profeso para que él luciera hazaña. Su hiperactividad colapsa los servidores de las agencias de fotografía. El gran líder absorbe cualquier noticia. Y si no existe, la fabrica o agita a sus seguidoras paseándose por el bosque con el torso desnudo, como si grabara un anuncio de colonia barata.
La propaganda también ha abducido al cine. Jorge Latorre, profesor de Cultura Visual de la Universidad de Navarra, relata que “el Kremlin está subvencionando películas comerciales con presupuestos tan astronómicos como los de Hollywood no en beneficio de valores democráticos acordes con los nuevos tiempos, sino más bien a favor de una nostalgia por viejos modos imperiales”.
Según Latorre, pese a su coste, el resultado de estas producciones es tan nefasto que casi ninguna se ha exhibido fuera de las fronteras rusas, y pone como ejemplos 1612 (estrenada en 2007), sobre los orígenes de la dinastía Romanov, o la última versión del héroe nacional ucraniano Taras Bulba (2009), donde se remarca la identidad profundamente ortodoxo-rusa y antipolaca del personaje. “Algunas cintas edulcoran incluso los duros años del estalinismo, que para muchos rusos fueron los del máximo esplendor del imperio”, remacha este experto.
Por ahora, la propaganda funciona. Sin embargo, el ya candidato a la presidencia va a tener que emprender profundas reformas para garantizar la sostenibilidad del país, aunque su regreso evoque lo contrario. Medvédev anunció cambios que conllevaban la ampliación de derechos y libertades, pero Putin no le dejó aplicarlos. Harding denuncia la pasividad de la comunidad internacional ante los excesos del dirigente. “Ha sido extremadamente listo a la hora de rentabilizar el potencial energético de Rusia.
Por un lado, gracias a Wikileaks sabemos que sobornó a Silvio Berlusconi; y Merkel defiende los derechos humanos, pero sólo con la boca pequeña, porque Alemania compra a Moscú un tercio de su energía y quiere buenas relaciones. Y, por otro lado, el Kremlin no ha cerrado acuerdos con Reino Unido o los países bálticos, con quienes tiene malas relaciones. El resultado es la división interna de la UE y la ausencia de interés para enfrentarse a Moscú”, concluye el periodista de The Guardian.
Su proyecto para recuperar el estatus de superpotencia pasa por la creación de un nuevo bloque de aliados. El Kremlin está reafirmando sus vínculos con las antiguas repúblicas soviéticas y con países como China, Irán o Venezuela, la forma más directa de desafiar la autoridad de EE UU y, al mismo tiempo, reforzar su propio ideario. El futuro es incierto pero, en el caso de que la conflictividad se dispare de nuevo, Putin ya ha demostrado que no sabe torcer su brazo.
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4 Comentarios
Excelente articulo. Esclarecedor y preocupante lo que se comenta.
Personalmente confirma mis sospechas de un nuevo frente neo comunista con aliados como Venezuela o China que pueden y quieren hacer mucha pupa(al menos en lo referente a Venezuela y el odio de Chaves hacia España( aunque sea mera propaganda)sin olvidar como la mayoría de grupos terroristas se entienden a las mil maravillas con este indigno dirigente venezolano.
Lo dicho, excelente articulo y preocupante a medida que EEUU y la vieja Europa pierden su liderazgo resurgen los viejos fantasmas comunistas.
es que si solo una persona en todo el globo terrestre, llego a pensar que "esta persona"!!!, dejo en algún momento de gobernar y controlar todo!!!, y al decir todo, quiero decir todo!!!, es que estaba loco de remate!!!.
Ahora que casi nos habíamos aprendido el nombre de dimitri medeved (o lo que sea como se escriba), va y vuelve putin. ¡pues si que...!
este tipo, es similar a nuestro doctor alfredo pérez.
viene de la kgb.
con eso, queda todo dicho.
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