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La verdad es que a mí la Expo de Shanghái no me ha interesado para nada.
Creo que el pabellón español ha llamado mucho la atención, lo cual me alegra, y nuestro presidente, siempre tan oportuno, se ha ido allí a celebrar el Día de España, con la que está cayendo aquí en este calentito mes de septiembre que comienza: anuncio de huelga general; el Gómez y la Jiménez a mamporros por Madrid; los presupuestos generales a la vuelta de la esquina y Patxi López a punto de que lo defenestren como siga manteniéndose en sus trece de defender la política nacional frente a la de partidos. Tres telediarios le quedan.
Pues con este panorama, mejor dicho, para huir de él, ZP ha decidido hacer esa visita y, mira por donde, es cuando yo he descubierto al monstruo que se llama Miguelín. No me extraña nada que la gente se quede boba mirándolo. No he visto en mi vida un niño más desproporcionado, feo, triste, gordo, fofo y repelente que éste. Los bebés españoles son achuchosos, lucidos, rositas y sonrientes. Nada de eso tiene este Miguelín que se ha sacado de la manga la cineasta Isabel Coixet. De sus películas no puedo decir nada, me he cuidado muy mucho de no verlas. A lo mejor, de ahora en adelante, en vez de decir que viene el ogro podremos decir que viene Miguelín. Algo es algo.
Lo que no acabo de entender –puede que yo no esté en la onda– es que en este país, antes llamado España, se dé toda clase de facilidades para el aborto, haya clínicas clandestinas, se aclame, casi como un héroe, a un señor que se supone conoce el código hipocrático, ese que dice salvar vidas no aniquilarlas; aquí vienen mujeres europeas a abortar, es más fácil. Sin embargo, nos llevamos como reclamo a China a un monstruo descomunal que representa a un bebé. ¿O el tamaño es por todos los que no se han dejado vivir en estos años? ¿O es un reclamo para que vengan a abortar? ¿Cuántas cosas pueden solucionarse con los millones que han pagado a la cineasta por este engendro?
*Marisa Garrido es periodista.
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