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    Antonio Fontán

    17 ENE 2010 | Ramón Pi

    Siempre le consulté las decisiones importantes; me atendió como un maestro, como un padre

  • Los focos se han concentrado esta semana en un español insigne, Antonio Fontán Pérez, marqués de Guadalcanal, latinista, político, periodista, que supo derramar a manos llenas su magisterio en estas actividades a centenares, acaso miles, de contemporáneos. La razón de la atención pública sobre su figura ha sido su fallecimiento, a los 86 años de edad, tras una vida plena y fecunda.

    Tengo el orgullo de contarme entre sus discípulos en el periodismo. Conocí a don Antonio en 1959, cuando fui a estudiar a un instituto de periodismo que me habían dicho en mi Barcelona natal que se acababa de abrir en Pamplona. Yo quería ser periodista, pero en aquellos años únicamente se podía estudiar eso en una escuela oficial que no dependía del Ministerio de Educación, sino del de Información y Turismo, pura propaganda. Así que decidí buscar cualquier otra forma de adiestrarme en la profesión elegida. Tuve la fortuna de dar con el Estudio General de Navarra, embrión de lo que más tarde sería la prestigiosa Universidad del Opus Dei, y allí estaba don Antonio Fontán, pilotando un pequeño y brillante equipo de profesores: Ángel Benito, José Luis Martínez Albertos, Anton Wurster, José Javier Uranga…, más algunos profesores de Derecho, Historia y otras materias humanísticas. Cuando me gradué, Fontán quiso que le apease el tratamiento, pero me negué: “Don Antonio, usted es mi maestro universitario y profesional y si me lo permite, prefiero seguir llamándolo de usted para mantener presente esta relación discipular que me enorgullece”.

    Desde entonces siempre le consulté las decisiones importantes de mi vida profesional, y me atendió como un verdadero maestro, casi como un padre. A cambio, más de una vez me hizo partícipe de algunas reflexiones que me pudieran resultar de utilidad. Así, cuando Franco se moría, durante una tarde entera me habló de la España que el general dejaba, las principales urgencias para la nueva etapa, los riesgos más relevantes, las posibilidades reales de acertar o fracasar en el intento de abrir la puerta a un futuro colectivo prometedor. Ya unos años antes, cuando fue nombrado director del diario Madrid, tuvimos una larga conversación en la que me explicó cómo veía aquella etapa de su vida, y cómo concebía el periódico, sobre todo, como un ámbito de encuentro de todos los que aspiraban a una España democrática en la que se respetasen las libertades públicas.

    Años después, sonó el teléfono; era don Antonio, que tuvo la deferencia de contarme por adelantado que iba a postularse para la presidencia del Senado constituyente: “¿No te parece que doy un perfil bastante adecuado? No suscito recelos en la derecha por mi condición pública de católico; tampoco me rechaza la izquierda, porque fui represaliado por el franquismo. Me parece que a lo mejor me pueden elegir, y podré contribuir a que todos nos entendamos un poco mejor”.

    Moderación, diálogo, solvencia. Amor a la verdad de las cosas, firmeza en las convicciones propias, comprensión de las personas con otros ideales. Antonio Fontán se ha ido, y muchos nos sentimos huérfanos.

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