No le den más vueltas, los Balones de Oro en potencia dan el paseíllo esta tarde en Liechtenstein, por mucho que Mourinho enrede con Sneijder elevando a los altares su –sin duda– brillante resurrección en el Inter. O que alabemos como se merece el gran Forlán, el ¡u-ru-gua-yo! del Atlético y líder goleador de su país en un Mundial brillantísimo; o el estrellato del genial Messi, en los dos últimos años un peldaño por delante del físicamente más completo Cristiano, que ya ganó el trofeo con el Manchester. Sigamos la línea de Vicente del Bosque y afirmemos con esa sencillez que caracteriza al de Salamanca, que el galardón “debería recaer en un futbolista español, naturalmente...”.
Obsérvese la rotundidad de ese “naturalmente” del técnico campeón del mundo, sobre el que el debate debería estrellarse en el momento procesal oportuno. Porque nadie duda de que Messi es extraordinario, pero ¡ah amigo!, mucho menos en un Mundial con Argentina y sin tener al lado a Xavi e Iniesta. No se trata de clonar el infantil chauvinismo francés, pero la realidad es tozuda y los futbolistas españoles llevan dos años demostrando que son los mejores. Xavi ya se lo habría merecido porque él es el gestor del tiqui-taca de dos máquinas, España y el Barça, e Iniesta, por mucho que sea cierto que las lesiones torpedearon algunas semanas su temporada, ha dejado detalles inmensos de clase y decidió el primer Mundial para España.
Por no hablar de Iker, el mejor del mundo con paradas que deciden partidos, Eurocopas y Mundiales. Todo lo demás está bien, chau, chau, debates inevitables porque el fútbol es pasión, hay grises entre el blanco y el negro. Pero los campeones del mundo juegan hoy en Liechtenstein. Viernes de fiesta.
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