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    Ignacio Peyró

    La crisis de los treinta

    01 JUN 2011 | Ignacio Peyro

    Según cuenta en su Testamento, “en el trigésimo año de su edad”, el poeta medieval François Villon ya se había bebido todas sus miserias.

  • Ignacio Peyró
     

    También a los treinta años, Pitt el Joven llevaba seis en el cargo de primer ministro de Inglaterra y más de quince dedicado -por prescripción médica- a beber una botella de oporto cada día. Eran otros tiempos: el propio Pitt, a los treinta, llevaba más de veinte tratando con toda familiaridad a los clásicos de Grecia y Roma.

    Los sociólogos de hoy afirman que la crisis de los cuarenta es un mito del pasado. A los cuarenta, uno está instalado y subiendo. A los cincuenta, se vive la plenitud y, a partir de los sesenta, se llega al llamado “retiro activo”.

    Ahora la crisis toca a los treinta, en esa prolongación a perpetuidad de la adolescencia por la cual tantos y tantos están sin coche, sin casa, sin pareja, sin hijos, sin trabajo, aunque con carrera, con máster y -frecuentemente- con adicción a la Play. Villon, que moriría con aproximadamente treinta y dos años, ya comienza con los lamentos elegíacos a los treinta: se pregunta dónde están las nieves de antaño, afirma que es verdad que ha amado "et aimeraie volontiers": y que amaría de buen grado todavía.

    En la novelística clásica, los treinta años representan el final de la Bildung, de la formación: como en la vida misma, es el éxito o el fracaso del muchacho que viene de provincias a la capital, el redondeamiento definitivo del carácter como equipaje -más determinante que la inteligencia o el talento- para la vida. Es la entrada en lo que Anthony Powell llamó “el mundo de la aceptación”: como observa en su novela homónima, no todo el mundo madura al mismo tiempo. Cierto es que -según algunas teorías-, los hombres nunca terminamos de madurar.

    En sus Memorias de Ultratumba, Chateaubriand no define la vida como un camino. Más bien la ve como la ascensión a una cumbre nevada: al llegar al final de la escalada, podemos volver la vista atrás y ver a la perfección dónde se extraviaron nuestros pasos. Es una intuición melancólica para la propia vida. Villon echaría todas las culpas de sus males a un tal Thibault d’Assigny: valga como decir que nuestra vida está -en buena parte- en manos de los otros. Como fuere, de los treinta años -que uno tiene ahora-, quizá la solución más sabia sea el dar por bueno todo lo pasado. El sentimiento de la realidad -decía Simone Weil- ya es alegría.

     

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