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    La crisis y el señor Cayo

    17 MAR 2010 | Pascual Tamburri

    Hace tiempo decidimos ser un país moderno y nos avergonzamos de los santos inocentes

  • Se nos ha muerto Miguel Delibes, aunque no se nos ha ido. No podía irse, no nos ha dejado porque hemos crecido con él y él vive en nosotros. Se dice pronto, pero dos generaciones de bachilleres españoles ya han leído a Delibes como parte de su proceso de maduración. Altos y bajos, tontos y menos tontos, todos los que tenemos 45 años o menos sabemos quién es Daniel, el Mochuelo y por qué era importante el voto del señor Cayo. Dentro de un tiempo, cuando algún sesudo investigador, extranjero por supuesto, quiera analizar el imaginario colectivo de la España actual tendrá que echar mano de Delibes. Poco importará para eso que el Delibes carnal muriese en marzo de 2010, porque para muchas cosas importantes seguirá con nosotros.

     Con o sin crisis, hemos vivido una época orgullosa, pagada de sí, demasiado consciente de su propia importancia. ¿Realmente estamos seguros de que nuestras cuitas económicas importarán a nuestros deudos? ¿Parecerán tan trascendentales dentro de sólo un siglo las ambiciones, disputas y miserias de nuestros políticos? Creo que me apropio de Rafael García Serrano la idea de que lo más importante que nos da el bachiller es la perspectiva, la capacidad de ver las cosas a distancia y desde fuera. Quizás sea hora de ver España con los ojos que Delibes nos dejó y que aprendimos a usar en las aulas no hace tantos años.

     Muchos se han acordado estos días, con razón, de Miguel Delibes como hombre inseparable de su dimensión moral. En eso se jugó probablemente el Nobel, y no le importó perderlo. Igualmente cierto, pero menos dicho, es que una cierta España, una España rural y tradicional, se ha ido muriendo ante los ojos y en la pluma del escritor y casi sólo vive en sus obras. Para millones de españoles de 2010 una parte del país que fue sólo se puede ver desde la ventana que Delibes quiso abrir. Si nos queremos imaginar a nosotros mismos como un país de gente de campo, de cortijo, de páramo, de caserío o de masía, tenemos que calzarnos las botas de Delibes. Si queremos entender la España de mediados del siglo XX, y de antes, el cómo y el porqué de tantas cosas, nuestros ojos no nos bastan y seguimos necesitando los de Delibes, con la suerte de que siempre nos hará ver con su criterio sobre el presente y el pasado.
     ¿Cómo puede un país volver la espalda a tres cuartas partes de su superficie, de su riqueza y de sus municipios? Porque eso y no otra cosa es lo que España está haciendo casi desde que Delibes empezó a escribir, y a contarlo. Hace un tiempo, no sé cuánto, decidimos todos a una ser un país moderno, rico, industrial, urbano y europeo. Nos avergonzamos de nuestros santos inocentes, negamos que existiesen, fingimos no conocerlos cuando nos los encontrábamos. Y pretendimos ser tanto como los demás –como creíamos que los demás eran– que nos olvidamos un poco de ser nosotros mismos.
     Mucho antes de la democracia, cuando el franquismo estaba a punto de conjugar el verbo progresar, Delibes contó las cosas como las vio, y no le faltaron problemas por querer hacerlo. El camino que nos ha llevado a esta crisis es también el que nos hizo dar la espalda a una España de herreros y de queseros, de campesinos y de humildades. Quizás no había otro remedio, quizás ese camino era el que habríamos preferido de todos modos, pero tenemos que entender nuestra suerte. La España prepotente y progresista, hoy en crisis, es la misma que ha mirado con desdén al país que amó Miguel Delibes.
     No creo que haya ni una pizca de justicia en esto, y esta ruina colectiva que vivimos no es una venganza de la España del señor Cayo contra el falansterio politiquero en el que vivimos sumidos. Pero, si no es justicia, sí es una lección para salir de la crisis. ¿Podríamos esta vez reconstruir nuestra maltrecha modernidad teniendo presentes a todos los santos inocentes que han sido? ¿Tiene sentido acumular riqueza y fealdades mientras olvidamos que una casa sirve para vivir en ella y que una vaca da leche? Ahora que no somos tan ricos, ni tan estupendos, podemos al menos respetar la sabiduría de las generaciones que nos precedieron en este mismo solar, de las breñas al páramo, y que en pocos años ha sufrido el genocidio seco del olvido.
     España no tiene ya ni Ministerio de Agricultura. Seguimos comiendo, pero ni nos dicen ni preguntamos de dónde vienen los alimentos. Se sacrifican más animales que nunca, pero los mismos que chapotean en su grasa quieren prohibir las corridas de todos y la caza. Lo llaman progreso y han logrado que la España de Delibes sea casi tan remota para los más jóvenes como la del Lazarillo o la Celestina. Quizás nuestros políticos, cuando hayan terminado de repartirse las papeletas, quieran hacernos salir de la crisis por la misma puerta por la que salimos de nuestra identidad rural. Como diría Daniel, el Mochuelo, antes de emprender su camino: “Si esto era progreso, él, decididamente, no quería progresar”.

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