Delicada cuartilla sobre la Corona
19:59 (19-12-2009) | 168
La Corona sigue siendo, por ventura para todos, la institución más valorada del país.
La Corona sigue siendo, por ventura para todos, la institución más valorada del país. Dirán ustedes: claro, cuando el Gobierno es un auténtico desastre, el Tribunal Constitucional no dictamina, los jueces se pelean como verduleras de la antigüedad, los militares son utilizados como conserjes por el Ministerio de Defensa, los medios de comunicación permanecen silentes a la espera de las dádivas o las presiones del poder, el Parlamento es un patio de monipodio del que no sale ley alguna para la vida sino para la muerte, la Policía es un instrumento gubernamental que, incluso, se aguanta con chivatazos propios, los sindicatos están comprados y no verdaderamente por un todo a cien, de nuestro servicio exterior se pitorrean desde facciosos piratas somalíes a un rey moro que nos manda un problema para que nos infecte a todos, pasando, naturalmente, por esos asesinos de Al Qaeda, islamistas al fin, con el que nos íbamos a dar el morro en la estúpida Alianza de las Civilizaciones, ¿cómo –nos preguntamos todos– no seguir apreciando a la Corona viendo, como vemos, todo lo que tenemos por debajo?
En España, a la Monarquía se le ha disimulado todo: faltas pequeñas, que las tiene a raudales, como cualquier entidad humana, y largas, las menos, que hemos distraído, cuando las hemos sabido, para no zarandear a quien, por lo menos, es prácticamente nuestro único pegamento macional. Personalmente, mantengo esta teoría: el golpe de Estado de 1981 afianzó al Rey y demolió al Ejército. Desde aquel día infausto en el que se juntaron los anhelos salvapatrias de un par de espadones del peor XIX, un orate bigotudo, y siniestros personajes que luego se salvaron de la quema, los militares quedaron, a la vista de la democracia, como “elementos sospechosos”. La calificación ni es exagerada, ni vana porque, precisamente sobre esta categoría, se ha montado hasta hoy mismo un auténtico marasmo castrense destinado, primero, a desactivar cualquier síntoma de poder militar y, segundo, a someter a sus miembros incluso a las peores humillaciones. Una es muy reciente: ¿qué pensar de un jefe del Alto Estado Mayor de la Defensa que se aviene a comparecer en una conferencia de prensa como simple palmero de su ministra?
El comportamiento de la Corona
Pero vayamos, poetizaría el monárquico Pemán, al caso: el Rey resultó alzado tras aquella tremenda peripecia; es más, se convirtió, por él mismo y colaboración de todos, partidos y Prensa juntos, en la mayor defensa de la libertad. Y así ha sido durante todos estos años. Tan intangible ha sido la figura del propio Don Juan Carlos que en las escasas ocasiones en que por algún incidente de mayor o menos envergadura, se ha rozado al comportamiento de la Corona, ésta se ha sentido, por falta de costumbre, molesta, cuando no claramente enojada. Los Gobiernos de turno, en mayor o menor medida, se han servido de la Monarquía; alguno, el felipista del PSOE, poniendo al Rey tan alto, tan alto, que a veces ni siquiera se le veía. No se le divisó, por ejemplo, cuando la corrupción y los crímenes de Estado afectaron a la esencia misma del Estado. No obstante, es de común acuerdo que el Rey se sintió muy a gusto durante los mandatos de González. Puede decirse que el líder socialista de entonces, que le usó para menesteres bastante torticeros, dejó al albur del monarca cualquier decisión de vida privada o pública. Por eso, en la única ocasión en que la Casa de Su Majestad intentó llevar a la consideración de los españoles un mesurado mensaje de denuncia sobre lo que estaba pasando, González se negó absolutamente a autorizarlo.
El Gobierno actual ya no es que use del Rey, es que lo abarata, lo malgasta y lo maneja. Da la impresión que los controles y cautelas que antes se establecían para la relación entre Zarzuela y Moncloa o han desaparecido o sencillamente han sido, como tantas otras cosas de la vida nacional,sencillamente dinamitados. Alguna culpa tendrán los propios miembros de la Familia que han cometido el error –para mí, con todo el respeto, lo es– de vulgarizar la institución. Tenía toda la razón un enorme político español casi actual, cuando sentenciaba: “Cuando una Monarquía dice que es como nosotros, se llama de otra manera”. La Corona asegura, sobre todo, estas dos cosas: continuidad dinástica y eficacia. Sobre este último concepto, una apreciación: el recorte de competencias y atribuciones que nuestra Constitución otorga la Rey, le ata de pies y manos hasta para encarar las situaciones comprometidas. En definitiva, quiero que se entienda, nuestro Rey es más oficioso que oficial, actúa por debajo y no por arriba, lo que produce destiempos y malos entendidos rigurosamente indeseables. Esto es lo que ha venido a pasar con el caso Haidar: a Don Juan Carlos se le niega cualquier intervención pública, pero se le solicita de rondón, y clandestinamente, que actúe.
La objetividad de la Corona
Y eso, desde este Gobierno pendenciero y aprovechón que sufrimos, porque desde esa deleznable parte de la sociedad civil que son los titiriteros, artistas de la ceja y sindicalistas del pan bobo, se desprecia, como hizo miserablemente el líder, o así, de Izquierda Unida, Cayo Lara, a la Corona, y luego se le exige que se ponga a trabajar. ¿Para qué? Para que si salen bien las cosas, no se sepa que se ha mojado porque el Rey nunca lo dirá, pero si salen mal, ellos puedan decidir: “Este tío ya no nos vale ni para esto”. Pero la Casa Real y la del Rey, que a estos efectos actúan mancomunadamente, cometen otra equivocación: pensar que todos estos republicanos de pacotilla son reciclables como si de una botella de gaseosa se tratara y que, en consecuencia, hay que llevarlos al buen redil, mientras que los que desde siempre han mostrado lealtad, aunque sea crítica, a la Corona, no tienen por qué ser cuidados. Como diría un castizo de su propia familia: “A éstos no hace falta quererlos, son de los nuestros”. Llegado el momento, Dios no lo quiera, serán siempre los segundos los que estén en el andén en las tristes despedidas, los otros, como los chiquiliquatres de Cataluña que queman retratos, ya estarán ocupados gritando: “¡Muera el Borbón!”
En la Casa grande de la Monarquía están pasando, lo intuimos, cosas decisivas. Algunas preocupantes. Como no se explican, no las entendemos. Los nombramientos no son precisamente un tranxilium para los que creemos en la objetividad de la Corona. El proceso de renovación como el que ha comenzado parece poseer un alcance decisivo con el objetivo de preparar una transición que aún no nos atrevemos a describir. Los rumores, a los que de vez en vez hay que hacerles algún caso, apuntan alto. Las dos grandes preguntas son: ¿ha llegado ya el momento?; la segunda: ¿son los mimbres nuevos de la Casa del Rey quienes deben estar en la transición? Por parte del que suscribe, las dos respuestas responsables son las siguientes: no estaría mal, por tranquilidad histórica, ir pensando en el “momento”. Dos: el nombramiento de Iribarren y de los que pueden venir le produce más tranquilidad a Zapatero que al firmante.
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