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    Disidencia y legitimidad

    09 MAR 2010 | Alberto Priego

    Fariñas y Zapata son dos ejemplos claros de la enfermedad que atraviesa el régimen

  • Aunque todavía no hemos terminado de celebrar el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín, todavía quedan algunos flecos pendientes como Cuba o Corea del Norte. Desde hace algunos años los cimientos del régimen cubano se tambalean a pesar de acólitos desinteresados que tratan de apuntalarlo a marchas forzadas. Los primeros síntomas de debilidad llegaron con la famosa visita del Papa Juan Pablo II y continuaron con medidas que permitieron la venta de ordenadores. Sin embargo, estos gestos –que bien podrían ser clasificados como aperturistas– denotan debilidad, quiebra de la legitimidad y posibilidades de cambio. No hay que olvidar que si ha habido aperturismo ha sido porque el coste de la represión era mayor que el de la liberalización, tal y como muestra la repercusión que está teniendo la huelga de hambre de los disidentes.

    La disciplina que estudia las transiciones políticas, la transitología, dice que cuando un régimen autoritario –Cuba hoy– comienza a perder legitimidad se compara con un edificio en ruinas al que se le puede tratar de tres formas diferentes. La primera es derribarlo por completo y construir uno nuevo. La segunda, la que pretenden llevar a cabo los aliados internacionales del clan Castro, es fortalecer el edificio sin llevar a cabo reforma alguna, opción que sólo retrasa algunos años el derrumbe. La tercera opción es la que llevamos a cabo en España entre 1975 y 1996. Sí, no me he equivocado, digo 1996. Esta opción suele ser la más acertada y duradera. Se trata de reformar el edificio inyectado hormigón en los cimientos para evitar que se venga a bajo como si de un castillo de naipes se tratara.

    Los casos de Fariñas y Zapata son dos ejemplos claros de la enfermedad que atraviesa el régimen cubano, que teme la llegada de otra, la de democratización, llegada que será mucho más fuerte que las olas que están arrasando el Malecón de la Habana, que amenazan con alcanzar al propio Palacio de la Revolución.

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