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Los líderes de los dos grandes partidos deben oponerse entre sí, pero no deben odiarse.
Para el caso, estamos en campaña electoral; nada de precampaña. No me refiero a las inminentes elecciones regionales o municipales. Ésas me interesan menos. Aquí lo que se ventila es la incertidumbre de las elecciones generales, que están al caer. Se van a adelantar, se quiera o no, por imperativos económicos y políticos más allá de la voluntad o de las previsiones legales. Sencillamente, el Gobierno de Zapatero es el más ineficiente que hemos tenido en España desde Fernando VII, que ya es decir. Eso es algo que sospechan, incluso, los socialistas más preparados. De momento, el PP va delante en las encuestas por unos 10 puntos porcentuales. La verdad es que no es mucha la diferencia. Hay que tener en cuenta que, en este caso, el PP tendría que ganar por mayoría absoluta para poder gobernar. Es decir, la campaña para el PP no es fácil. Su oposición tampoco es que sea muy decidida.
La ocasión se presta a que repasemos las lecciones del pasado. Nada mejor que asomarnos a un libro reciente de mucha enjundia. Es el de José Luis Sanchís, Marcos Magaña y Aleix Sanmartín, Ganar el poder. Apuntes de 86 campañas electorales (Editorial Síntesis, 2010). Las lecciones de las campañas rememoradas por esos tres consultores pasan por analizar las peculiaridades de la pugna política que se nos avecina. No se trata simplemente de vender la imagen de unos u otros candidatos. Para que el PP pueda ganar, tiene que convencer a muchos descreídos para que acudan a votar.
Fundamentalmente, se trata de jóvenes, parados y jubilados. Esos tres grupos son potenciales víctimas de la política seguida por el Gobierno actual. Habrá que convencerlos de que el mal menor por venir es mejor que lo pésimo conocido. Hay que demostrar que ZP no es malo por ser socialista, sino porque no ha sido honradamente socialista. Con independencia del voto genético (= uno vota lo que siempre ha votado), la cuestión es dilucidar qué equipo nos va a sacar de la crisis económica. Se impone un voto racional.
Hay que recordar una tendencia curiosa. La derecha ha llegado al Gobierno después de severas crisis económicas: en 1977 y en 1996. La izquierda ha subido al poder después de algunos episodios de violencia política: en 1982 (después del 23-F) y en 2004 (después del 11-M). Ahora estamos ante la crisis económica más intensa de toda nuestra Historia y después de más de un año sin atentados terroristas en España.
Estas elecciones se van a decidir más que nunca en los medios de comunicación (incluyendo las redes sociales). En un ambiente de forzada austeridad, como es el que ahora se impone, el exceso de anuncios pagados puede tener un efecto negativo. Lo más inteligente y barato es la presencia de los candidatos más presentables en los medios. Un ejemplo: Vicente Pujalte, diputado del PP. No sé qué dirá en el Parlamento, pero en la televisión convence. En cambio, pueden restar votos a su partido los turiferarios del PSOE en los medios, excesivamente facundos y escasos de lecturas.
En el supuesto de que ganara el PP, tendría que ser con el compromiso previo de aliarse con el PSOE para reformar la Constitución o, al menos, el sistema electoral. Se trata de eliminar el privilegio electoral que han tenido hasta ahora los partidos nacionalistas. Es un resabio de los primeros momentos de la transición democrática, que ya no tiene sentido. El Gobierno de España debe ser por el PP o por el PSOE, pero con mayoría absoluta y contando con el otro partido nacional para las grandes decisiones. Desde luego, eso, que es tan necesario, no se puede hacer con ZP, que no escucha ni a sus ministros, y que por eso no pasan de secretarios. Así lo eran para Fernando VII. Es una paradoja, pero los líderes de los dos grandes partidos deben oponerse entre sí, pero no deben odiarse. En la política los adversarios no tienen por qué ser enemigos. No estaría mal que, para empezar, los dos grandes partidos acordaran la supresión del Tribunal Constitucional, de la Audiencia Nacional y de las diputaciones.
Es muy posible que ZP no sea el candidato socialista para las próximas elecciones. El mejor colocado es ahora Pepiño Blanco. Es otro apparatchik (=funcionario del partido), pero más habilidoso, no tan doctrinario como su mentor. Ninguno de los dos sabe nada de economía.
Sea quien sea el candidato socialista, su argumento electoral no contiene más que estos dos activos: (1) Llevamos más de un año sin atentados de la ETA en España. (2) Hay en marcha una reforma laboral y una reforma financiera que nos ayudarán a salir de la crisis.
Los contraargumentos del PP son sencillos: (1) La ETA ha conseguido su principal propósito, que es el de ser un sujeto político reconocido. (2) Las reformas en marcha han sido parciales, han venido impuestas y son insuficientes. Es más, la congelación de las pensiones ha supuesto un retroceso monumental en el Estado de bienestar.
*Amando de Miguel es catedrático de Sociología.
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