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    Israel ha obtenido más premios Nobel per cápita que cualquier otro país del planeta.

    Ese maldito Israel (y II)

    01 MAY 2010 | Marcos Aguinis

    Es la única nación en la Historia que ha logrado revivir una lengua que ya no se hablaba. Ha obtenido más premios Nobel per cápita que cualquier otro país del planeta.

  • El viceprimer ministro, Dan Meridor, acaba de formular una síntesis. Dijo: “Debemos estar muy satisfechos en este 62º aniversario de la independencia. En el desierto, en una tierra sin recursos naturales, construimos un Estado con gran fortaleza, vitalidad y excepcionales logros en ciencia, cultura, medicina, agricultura, economía y altas tecnologías. Afrontamos amenazas graves en una zona que siempre fue hostil. Nuestro Gobierno debe reflexionar con sentido común y actuar. Y no siempre a nivel militar”.

    El Estado ofrece, por ley, prestaciones de asistencia social, subsidios, servicios médicos, pensiones, educación, infraestructuras y demás beneficios sociales a los 250.000 palestinos que viven en la zona oriental de Jerusalén, los mismos de los que disfrutan los demás ciudadanos árabes del país.

    Es la única nación en la Historia de la Humanidad que ha logrado hacer revivir una lengua que no se hablaba. El hebreo bíblico, la lengua que se utilizó durante los dos primeros Estados judíos que existieron en ese territorio, se ha convertido en un instrumento que permite expresarse a poetas, novelistas, científicos, periodistas y políticos, con una riqueza que conjuga las maravillas del pasado con los desafíos del presente.

    Desde su independencia, ha obtenido más premios Nobel per cápita que cualquier otro país del planeta.

    Un fenómeno impresionante es la obsesión israelí por forestar su suelo. Desde mucho antes de la independencia, funcionaba un fondo destinado a plantar árboles. Por esa razón, cuando en el año 1947 las Naciones Unidas propusieron la partición de Palestina –por entonces dominada por los británicos– en un Estado árabe y otro judío, a este último le asignaron casi todas las zonas áridas. Israel planta árboles con una obsesión febril.

    Conmueve observar las alfombras verdes que se dilatan en colinas y planicies que habían carcomido la erosión y el abandono. En muchas partes, ahora existen frondosos bosques y hasta ha comenzado a modificarse el clima. Desde hace décadas, es tradición que los homenajes se traduzcan en plantación de árboles, no en monumentos. Allí, para mantener la memoria, por cada muerto se planta un árbol o un bosque.

    Israel creó el único sistema colectivista democrático de la Historia, por el cual se puede entrar y salir sin restricción alguna. Me refiero al kibutz.

    Se fundaron y prosperaron cientos de aldeas conforme a ese tipo de vida. La mayor parte de los padres fundadores del Estado nació, vivió o se formó en algún kibutz. Casi el 93% de los hogares en Israel utiliza la energía solar para calentar el agua. Es el porcentaje más alto del mundo, y se trabaja con entusiasmo en la creación de otras energías alternativas. La falta absoluta de petróleo y otros recursos naturales exige fortificar la imaginación. Golda Meir solía criticar a Moisés: “Habiendo tanto petróleo en la zona, ¿tuvo que encajarnos en el único rincón donde no existe una gota?”

    Desde hace décadas, Israel atrae una enorme cantidad de inversiones extranjeras. Son las más grandes del mundo, si se las mide per cápita: 30 veces más que Europa.

    Desde antes de la independencia, puso el acento en el campo de la cultura y el conocimiento. Así, en Jerusalén fundó una prestigiosa universidad, con el compromiso personal y apasionado de Albert Einstein. En Rejovot erigió el primer centro de investigaciones científicas de Medio Oriente y en la ciudad de Haifa, el imponente Tecnión. Ahora funcionan seis universidades de reconocidos méritos y se han formado cuatro Silicon Valleys

    Así como hubo ceguera ante el absurdo que publicitaba el nazismo sobre el carácter de “raza inferior” o “raza infecta” que constituían los judíos, hay ceguera respecto de las virtudes impresionantes de Israel.

    Como referencia final de este artículo, que podría alargarse con más datos, mencionaré los formidables movimientos por la paz que desarrollaron sus habitantes y dirigentes, muy superiores a los que se formaron (¿se formaron?) en todo el resto de Medio Oriente. Quedaría para otra ocasión analizar por qué se quedaron sin fuerzas.

    A ese “maldito Israel” lo pretenden borrar del mapa. Prometen que, sin su existencia, todo funcionaría mejor, así como los nazis prometieron que el mundo funcionaría mejor sin judíos. Es tan evidente el ridículo, que ni cabe perder el tiempo en una refutación.

    *Marcos Aguinis es escritor.

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