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El Reino de España carece de Gobierno. Está presidido por una persona sin cultura política y sin experiencia de gobierno. No obstante, lleva seis años en Moncloa.
Constituye un gran estímulo leer La democracia en América de Alexis de Tocqueville. Ése pensador –superdotado en el análisis político y sociológico- escribió: “Lo que más choca al europeo que recorre los Estados Unidos es la ausencia de lo que nosotros llamamos gobierno o administración. En América […] todo se mueve en torno a nosotros, mas por ningún lado descubrimos el motor. La mano que dirige la máquina social se oculta en todo instante”.
Tocqueville pensaba, como ilustrado con alma de gobernante, que la autoridad, necesaria en toda sociedad, debería enraizarse en una institución.
Su capacidad de análisis le hizo ver que los ciudadanos de los Estados Unidos no habían permitido que se sustrajera “a la sociedad algunos de sus derechos”, lo que hubiera implicado “paralizar sus esfuerzos”. Habían optado por “repartir el uso de sus poderes entre varias manos”. Cada instancia de gobierno -funcionario o institución- disponía de “todo el poder que requiriese para ejecutar aquello [solo aquello] que se le encomendase”.
El pensador normando concluía que una autoridad dividida es menos “arrolladora y peligrosa, pero no se destruye”. Contemplaba cómo “la revolución en los Estados Unidos era el fruto de un gusto maduro y reflexivo por la libertad”, y seguía “un camino de amor al orden y a la legalidad”.
Los ciudadanos de los Estados Unidos organizaron su sociedad política para que ésta pudiera ser gobernada –por un poder político limitado- y la sociedad civil permaneciera libre.
Alexis de Tocqueville vio que el poder residía fundamentalmente en los municipios. Por encima estaban los condados; pero su poder era limitado: solo eran competentes en asuntos relacionados con el condado. Los magistrados de los condados estaban obligados, en casos muy excepcionales, a comunicar al Gobierno del Estado los actos municipales que sobrepasaran sus competencias.
Entendió que, en los Estados Unidos, “la vida política surgió en el seno de los municipios”. En un principio “cada [municipio] era una nación”, y los municipios reunían dos ventajas: “la independencia y el poder”. Dos facultades que se ejercían en un ámbito limitado pero independiente. Los ciudadanos como eran libres exigían administrar sus corporaciones sin traba alguna.
El Reino de España carece de Gobierno. Está presidido por una persona sin cultura política y sin experiencia de gobierno. No obstante, lleve seis años en Moncloa. Desde hace dos años las propuestas de los ministros carecen de “unidad de gobierno”. Uno puede decir B, y otro no B. No tenemos Gobierno, no tenemos consejo de ministros, existe un “consejo de marmolillos [zotes]”. No hay política exterior, ni económica, ni energética, ni de relaciones laborales, ni una idea práctica de la integración de las competencias de las autonomías y del Estado. Carecemos de una política educativa para la enseñanza primaria, secundaria, formación profesional y bachillerato. Se intenta homogeneizar la enseñanza universitaria por medio del espacio común europeo diseñado por arbitristas docentes. El Gobierno de España es un gobierno epiléptico que trata los problemas políticos y económicos con sacudidas espasmódicas.
No obstante, esa situación constituye una gran oportunidad. Los retos son notables. La ocasión: maravillosa.
Desde los municipios –grandes o pequeños-, las federaciones de empresarios, las corporaciones profesionales, las universidades, las ONG, las empresas –colaborando trabajadores, cuadros y directivos-, los centros docentes, etc. urge crear una cultura del trabajo bien hecho, de la austeridad, del rendimiento empresarial e industrial, de la innovación a partir de pequeñas empresas, del esfuerzo para abrir mercados internacionales: Brasil, India, China,…
Hay que rehacer el Reino de España. Una España formada por miles de municipios, y diecisiete estados y dos ciudades estado. Rehacer una sociedad política exigiendo el buen uso de los impuestos a los ayuntamientos, comunidades autónomas y Gobierno central. Los políticos deben ser ejemplares en la gestión de sus patrimonios y en la administración del dinero que la sociedad pone en sus manos. Los partidos políticos y sus fundaciones, los sindicatos no pueden vivir de la mamandurria. Se impone la sobriedad, estudiar con rigor los problemas, una justicia independiente y diligente; se requieren políticas de integración y no de comarca, y menos ínfulas de política exterior en comunidades autónomas, que parecen no tener otro fin que derrochar en sus amigos.
No obstante, hace falta un gran proyecto de vida en común, una utopía razonable, que proyecte a España y a los españoles a una acción exterior realista con objetivos de entidad al servicio de la comunidad internacional. Ese proyecto está en nuestras manos.
Hoy podemos decir: el Gobierno ha muerto. ¡Viva la sociedad!
*Fernando de Meer. Historiador (Investigador en Historia del s. XX)
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