ETA ha vuelto a hacer lo que mejor sabe. No negociar, ni buscar una salida política, ni aspirar a llevar las riendas de un quimérica Euskadi liberada… sino apretar el gatillo. Con el asesinato anoche de un gendarme francés, padre de cuatro hijos, ha vuelto a demostrar su verdadero rostro, que no ha cambiado después de 40 años y más de 800 cadáveres. Más allá de la retórica de los posibilistas o de los abertzales que aspiran a cambiar el zulo y las bombas por la moqueta de una concejalía, saltándose a la torera la celda, el único lenguaje que habla y que entiende ETA es el de la violencia.
Esta sería la primera y principal conclusión que cabe extraer del tiroteo producido ayer cerca de París. Mientras quede un solo etarra suelto con una pistola en la mano, no tiene sentido decir, que están acabados o que éste es el final del terrorismo. La objetiva debilidad de la banda, varias veces descabezada, acorralada por las Fuerzas de Seguridad, privada parcialmente de apoyo político con el cambio de tercio en el País Vasco, con una fuerte división entre sus presos, no debe llevar a pensar que le quedan dos telediarios, como se está encargando de proclamar sutilmente la máquina de propaganda del Gobierno Zapatero, mientras pone en marcha un proceso de negociación bajo cuerda.
Y el luctuoso episodio de anoche confirma que, efectivamente, la banda está más desorientada que nunca. Llama la atención que los etarras abrieran fuego ante un control de policía, una actitud distinta del modus operandi habitual en territorio francés, donde generalmente se entregan sin recurrir a la violencia. Y que lo hicieran cerca de París, tan lejos del País Vasco francés. El tiroteo demuestra el grado de nerviosismo de los terroristas que no atentaban contra gendarmes desde hace nueve años (noviembre de 2001). El crimen de anoche recuerda también al de los dos guardias civiles en Capbreton (diciembre de 2007), una acción aislada y descoordinada, considerada internamente como una metedura de pata de los terroristas. La de París es aún mayor porque se trata de la primera vez que ETA asesina a un policía francés y porque Sarkozy no es Zapatero.
Los palos de ciego de una banda anémica serían una perita en dulce para un Gobierno decidido a acabar de una vez con 40 años de dolor y violencia, por el sencillo procedimiento de estrechar el cerco policial y judicial. Lamentablemente eso en la España de Zapatero es ciencia ficción. Como adelantó LA GACETA el presidente ha reactivado la negociación, buscando desesperadamente en una paz, por falsa que sea, el balón de oxígeno que le permita llegar a 2012. Los indicios se acumulan: desde el recorte de escoltas en el País Vasco hasta las reticencias del Gobierno a creer al juez Velasco cuando señala a una Venezuela que da cobijo y cargos a revientanucas; pasando por los intentos de echar tierra a la investigación del chivatazo de Faisán, pese a que han salido a la luz los nombres de los protagonistas de aquel capote a ETA, como saben muy bien los lectores de LA GACETA. Dada la deriva sin rumbo de la economía española, la crisis de prestigio de un país que ha devenido en el hazmerreir de dictadores bananeros, la inanidad de un Gobierno zombie, tan deteriorada está la situación que Zapatero no pierde nada por reeditar una tregua con ETA. Los que perdemos somos los españoles. Porque en lugar de dar la puntilla a los terroristas el líder socialista pretende hacerse la foto con una rama de olivo en el pico.
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